Todos los acontecimientos que tienen al mundo con la soga al cuello continúan tal cual. Japón trata de sobreponerse y levantarse, pero las entrañas de la tierra continúan sacudiéndolo, como si la tierra, la Madre Naturaleza, nos quisiera decir: “si piensas reconstruir para seguir por el mismo camino que ibas antes, mejor, déjalo estar”; además resulta imposible, o así parece, controlar la carga tóxica de la central nuclear que finalmente arrojará su vómito en el mar.
Libia continúa siendo bombardeada por unos y por otros y, como suele suceder, siempre pagan los mismos. Antes los bombardeaba Gadafi, ahora también la OTAN y los países aliados de Oriente Próximo, Arabia y África que claramente no saben qué hacer; mientras tanto siguen lanzando bombas. Los rebeldes piden armas para continuar su lucha y, mucho me temo, mal que me pese, que finalmente les serán concedidas. La industria es la industria.
La Guerra civil/sucesoria de Costa de Marfil abre una herida más en el Golfo de Guinea, que continúa haciendo manar la sangre de nuestro continente vecino como en su día en Congo, Ruanda y todas las contiendas que pretendemos ignorar salvo cuando nos salpican.
En Honduras continúa el desmadre de las huelgas y protestas de los docentes magisteriales en primaria y secundaria, problema que nunca se soluciona y que unos presidentes a otros van dejando como parte de la herencia de ausencia de compromiso, despreocupación por la educación de calidad (y del resto de los servicios básicos: salud, vivienda, trabajo digno y justamente remunerado) en el país, corrupción generalizada y desastre total.
Para colmo, en la civilizada Europa, centro del universo, los eurodiputados, que instan a toda la población de sus países a apretarse el cinturón en tiempos de crisis económica, no renuncian, sean del país que sean o del partido político al que pertenezcan, a viajar en first class. Europa entera parece haberse convertido en una república bananera dependiente de la única metrópoli que existe en el mundo que es el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional: El Capital.
Lo de España me parece caso aparte; no es sólo indignante, es repelente, vomitivo, espeluznante, y así vamos a estar, un mes entero de campaña electoral, escuchando lindezas de unos y de otros para despellejarse mutuamente en una guerra de poder entre partidos y dentro de los mismos partidos, donde da la real impresión de que lo que menos interesa son los ciudadanos o sus necesidades. “El bien común, ¡ja!, ¿el bien común?, ¿qué es eso?”.
En medio de esta destrucción generalizada, yo quiero proclamar la fe en la Vida.
Sí, ya sé que todo apunta a que no hay hacia donde mirar, sin embargo creer en Jesús, que es la Resurrección y la Vida, lejos de hipnotizarme, dormirme o aletargarme, me espabila y me llama a filas para tomar cartas en el asunto y trabajar cada día con tesón por construir algo distinto, algo mejor.
No sé si hay todavía gente para la que la religión es un opio, supongo que sí; para mi hoy el opio del pueblo pueden ser el futbol, o la trama de la corrupción política, o la indigesta televisión, pero no la religión. Creer en Jesús, en su Evangelio, me despierta cada mañana animándome a ser mejor y a mejorar en todo lo que pueda la vida de los demás. Creer en Jesús, en su Vida, me da alas para volar por encima de la fatalidad y, sin escapar de este mundo, construir, en todo lo que está al alcance de mi mano, el amor que recibo de Él.
Esto se concreta en salir de la crispación generalizada, tratando de mantener la calma y vivir en paz, para poder transmitir paz a quien está a mi alrededor. La fe en Jesús, en quien creo, me fortalece y me anima a seguir adelante a pesar de la adversidad.
Este quinto domingo de cuaresma el Señor nos regala, en la liturgia de la Iglesia, el texto que conocemos como “la resurrección de Lázaro” (Jn 11, 1-46).
Cuando Jesús recibe el aviso de la enfermedad de su amigo Lázaro no se inquieta ni se conmueve, sino que, con una seguridad que nos deja pasmados, advierte: “Esta enfermedad no ha de acabar en la muerte; es para Gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (11, 4). Y posteriormente, cuando decide ir a Judea, a pesar del peligro que puede correr, confirma: “Y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis” (15).
Nosotros, a la hora de afrontar la enfermedad, o cualquier otra adversidad en la vida, pocas veces nos planteamos que el resultado, una vez se supere la prueba, puede ser beneficioso para nosotros, para nuestra salud interior, para nuestra confianza, para ser testigos de sucesos o vivencias que, de otro modo, no hubiéramos experimentado. Nos aferramos de tal modo a nuestras mezquinas seguridades y certezas que cualquier contratiempo nos parece el comienzo de una destrucción irrevocable. Sin embargo cuando confiamos en el Señor y nos sabemos abandonar en Él, cuando nos dejamos guiar por su cauce, sin querer ser siempre nosotros los que marquemos la ruta, cuando dejamos que sea Él quien dirija la nave de nuestra existencia y nos dejamos sorprender por su amor y su ternura, podemos vivir en la confianza de que, lo que suceda, siempre será lo más beneficioso para nosotros.
Marta y María, que reclaman a Jesús con las mismas palabras “Si hubieras estado aquí, Señor, no habría muerto mi hermano” (21/32), no alcanzan a entender que Él, aún conociendo la enfermedad de Lázaro decide esperar, porque lo que viene después fortalecerá su fe, su esperanza y su caridad.
Cuando nos hacemos más conscientes de nuestra debilidad y nuestra limitación, somos más sensibles a las debilidades y a las necesidades de los otros, y esto genera en nosotros una actitud de escucha, de atención, que nos engrandece y enriquece como personas. Si, por el contrario, todo sigue el curso de nuestra perfecta planificación, nos solemos acomodar y nos despreocupamos de nuestros congéneres.
Vivir la vida expuestos, sin calcular todo fríamente, nos aporta libertad y la capacidad de aceptar los nuevos retos como posibilidad de crecimiento y mejora. Vivir no es una cadena interminable de rutinas preestablecidas que nos llevan a ignorar todo aquello que nosotros no hemos predeterminado, vivir es aceptar cada día la sorpresa de lo que sucede a nuestro alrededor, conscientes de que cada situación es una llamada de Dios a construir el bien común, la solidaridad y la fraternidad, respetando el entorno que nos ofrece la naturaleza para progresar en equilibrio y autenticidad.
Jesús le dice a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mi, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre ¿Lo crees?” (25-26). La vida que Jesús nos ofrece no es solamente una promesa ulterior, no es la promesa de una inmortalidad después de la muerte sin más; la vida de Jesús es ya, es aquí y ahora, el Reino de Dios lo construimos, o dejamos de hacerlo, en el presente, en el ahora de cada jornada. Vivir como Jesús es responder a la llamada que Él nos hace a través de la realidad cotidiana para sembrar y hacer germinar, en nosotros y en los otros, semillas de esperanza, de pequeñas acciones que hacen posible creer que otra sociedad, que otra Iglesia es no sólo posible sino necesaria.
Jesús, no obstante, decide rescatar a Lázaro de su limitación y su postración, va prolongar sus días y encarga “Retirad la piedra” (39). También yo tengo que quitar de mi vida las losas, las piedras, que me impiden salir de la caverna que he convertido en mi sepulcro; mi existencia oscurecida, cercana al sinsentido, quiere ser revitalizada por Jesús. “Le dice Marta, la hermana del difunto: ‘Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días muerto’. Le contesta Jesús: ‘¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios?’” (39-40). Es verdad, hay muchas cosas a nuestro alrededor, en nuestro mundo, en nuestra existencia cotidiana, que huelen mal, que atufan, que hieden, en demasiadas situaciones huele a muerto, pero no toca desesperarse, no toca pensar que todo está perdido, no es momento de desilusionarse y dejarse dominar, es momento de indignarse, de resistir y de vencer. ¿Cuántas veces te ha dicho el Señor que te ama, que te quiere, que cuenta contigo, que valora tu trabajo y que te necesita para seguir adelante? ¿Cuántas veces te ha confirmado su amor incondicional, no sólo a pesar de tus debilidades, sino precisamente por estar plagado de flaquezas? Tanto tú, como yo, recibimos el amor, el respeto y la confianza que Dios nos tiene en el aprecio, el cariño y la atención de las personas que conviven con nosotros, y necesitamos responder a esa ternura que Dios nos regala superándonos a nosotros mismos en más amor, en más atención, en más sensibilidad hacia aquellos que nos necesitan.
Como a Lázaro Jesús nos grita, nos provoca, “Lázaro, sal fuera” (43). Ven, sal de ahí, de esa caverna donde estás metido y ya huele mal, sal a la luz, sal a la vida, sal a la libertad. “Desatadlo y dejadlo ir”(44), permite que quien te da la oportunidad y se ofrece para ayudarte te desate, te libere de todo lo que te amarra, deja que sea el Señor quien te libere de todo lo que te impide ser persona, de todo lo que te distancia de la felicidad de ser tú.
Señor Jesús, aunque haya tanta corrupción y tanta inestabilidad, aunque la losa que cierra el sepulcro, en que muchas veces consiento que se convierta mi vida, sea pesada y difícil de levantar, dame tu confianza en mí, tu presencia que todo lo llena, dame tu palabra que es verdad y libertad, dame tu fuerza para superar los obstáculos, las barreras aparentemente infranqueables, sin provocaciones estériles, sin enfrentamientos inútiles. Ayúdame a hacer presente, en mí y entre mis hermanos, la gracia del Espíritu que me libera de todas las cadenas que me impiden ser como tú quieres que sea, como yo sé que debo ser, como sé que soy, aunque a veces no me atreva a serlo. Señor, dame de tu Vida.