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Siguiendo adelante vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado ante el banco de los impuestos. Le dice: Sígueme.
Se levantó y lo siguió.
Mt 9, 9.
Gen 3,9.
Gen 4,9.
Gen 6, 14.
Gen 12, 1.
Ex 3, 10.
I Sam 3, 4.
Rey 17, 3.
Lc 1, 31.
Ex 3, 7-9.
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Me has llamado,
como a Mateo,
a dejar mi mesa y mis quehaceres,
para seguirte a Tí,
el único Divino.
Me llamas como a Adán:
¿Dónde estás?;
como a Caín:
¿Dónde está tu hermano?;
como a Noé:
¡Construye un arca!;
como a Abrán:
¡Sal de tu tierra!;
como a Moisés:
¡Ve a faraón!;
como a Samuel,
como a Elías,
como a María.
Y yo, a pesar de mi pobreza,
consciente de mi absoluta debilidad,
quiero responder afirmativamente a tu llamada,
y seguirte.
He escuchado tu llamada
en el clamor de todos mis hermanos;
mas si te he escuchado
es porque has puesto en mí,
me has regalado,
la capacidad de atender,
la sensibilidad para detectar y descubrir
el dolor y la angustia
de quién padece injusticia,
de quien sufre amargamente,
elevando a ti los esperanzados ojos,
volviendo a ti
su mirada confiada.
Tus hijos, Señor,
mis hermanos,
llaman a mi corazón acomplejado,
que Tú has dispuesto a la apertura;
Tú has modelado mi corazón
dotándolo de vista y de oídos,
de inconformismo
ante el mal que les aqueja.
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