Flipante Dios

Junio 16, 2011

LO QUE AHORA PARECE UN VUELO (TODO, TODO, TODO, TODO).

Guardado en: LoVi — Lovi @ 1:23 am

El pasado viernes, día tres de junio, hubo una asamblea más en la Puerta del Sol de Madrid. No tenía conocimiento de ella, pero quiso la casualidad, la providencia, o como quieran llamarlo, que yo “pasaba por ahí”, como el amigo Luis Eduardo. Mi sorpresa fue que no era una asamblea como otras en las que he participado, siempre como oyente, en que se informa a la asamblea general acerca de lo tratado en las distintas comisiones, proponiendo a votación las conclusiones, para ser aprobadas. Era una reunión de portavoces de los distintos lugares de España donde se está acampando como parte del movimiento 15M.

Ha sido impresionante: Cuenca, Murcia, Córdoba, Granada, Sagunto, Teruel, Castellón,… lo que más me impactó es que no venían sólo de capitales de provincia, sino también de distintas comarcas; cada uno de ellos y ellas aportaban su experiencia, agradecían la fuerza que estaba tomando todo el movimiento, la iniciativa de Madrid, y proclamaban su disponibilidad a continuar luchando por hacerse escuchar y llevar a cabo acciones que promuevan el diálogo participativo y la reforma del régimen pre democrático en el que vivimos actualmente para llegar a conseguir un verdadero sistema democrático.

Indignaos, reaccionad, intervenid, solidarizaos, comprometeos, mejorad, superaos, subid, elevaos, llegad más alto, más arriba, ascended. Estad por encima de esta realidad burda y vulgar, atreveos a soñar y a ser lo que realmente sois, lo que realmente somos. No nos toca a nosotros discutir ahora sobre candidatos y partidos -¿por qué partidos? ¡queremos enteros!-, sobre escaños y concejalías y número de votos conseguidos, porque se hagan como se hagan las cuentas, todo seguirá igual; ha llegado el momento de saltar y buscar un cambio real que haga posible que cada persona sea ciudadano, y viceversa, y sea considerado como tal; ha llegado el momento de que busquemos un sistema de gobierno en el cual la voz de cada ser humano tenga valor, para que la política, la vida de la polis, no se convierta en una compraventa de votos y de concesiones entre partidos y de apaños y mañas para alcanzar el poder de las instituciones de gobierno, que es equivalente a conseguir el dinero público para beneficiarse, directa o indirectamente, de su administración, cuando no de su malversación.

Ha llegado la hora, y ya está aquí, de que nos elevemos por encima de esta miseria y de esta trama de corrupciones donde nadie reconoce sus errores, sino que busca el modo de acusar al oponente de una porquería mayor a la suya que, con su hedor, camufle el tufo que hay bajo su asiento.

Por eso ha sido hermoso, apasionante, celebrar el domingo pasado la solemnidad de la Ascensión. Cristo, resucitado, asciende al Padre, cierra su ciclo, termina su misión y regresa a Aquel de donde provenía antes de su encarnación; sin embargo no se desentiende de la humanidad, nos encarga ser sujetos de nuestra historia, nos insta a tomar parte en la vida para continuar haciendo realidad cada día su plan de Salvación: que todos los hombres y mujeres sean felices y conozcan la verdad de sí mismos, de los otros y del mundo que los rodea, que se hagan conscientes de que son corresponsables con Dios de la Creación para su propia realización como seres humanos, como personas libres y responsables, capaces de amar y ser amados y por consiguiente de lograr la justicia y la misericordia -hacerse cargo de la realidad sufriente, encargarse y cargar con ella-.

En esta tarea Jesús no nos ha dejado solos, Él permanece con nosotros siempre (todos los días), en el amor, para que hagamos su enseñanza completa (todo lo que yo os he mandado) parte de nuestro propio ser y así entremos en la comunión de vida de la trinidad asumiendo nuestro propio destino. Somos parte insustituible e “ineliminable” del ser de Dios, formamos parte de Él y asumimos el compromiso personal y responsable de serlo verdaderamente. Y toda la humanidad (todas las gentes) está llamada a formar parte de este ser sin ningún tipo de distinción, ni de marginación o rechazo, por ningún motivo. Es Él quien nos otorga la autoridad que ha recibido del Padre (todo poder) que no es una prerrogativa, un privilegio peyorativamente entendido, es la capacidad moral que nace de la opción por vivir en servicio y entrega total a nuestros semejantes.

Así nos lo dice el texto del evangelio de Mateo que hemos proclamado en la celebración litúrgica:

“28,16Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
17Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.
18Jesús se acercó a ellos y les habló así:
‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.
19Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
20y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.
Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’”
(Mt 28, 16-20).

Soy consciente de que entre todos los que reconocemos a Jesús como Señor, como parte no sólo importante sino primordial en nuestras vidas, hay muchos que dudan, que dudamos, que nos preguntamos, con auténtico deseo de conocer la verdad, que nos cuestionamos a nosotros mismos y a los demás y, del mismo modo, cuestionamos nuestra comunidad y nuestra Iglesia, no porque deseemos juicios sumarísimos, sino porque entendemos que lo que Jesús nos ha encargado debería seguir otros derroteros que las avenidas por las que ahora transita. Sentimos -tenemos la sensación- como certeza que la opción por el Evangelio no se puede asumir de otro modo que al lado de los más desposeídos y empobrecidos de la tierra; y también dudamos, incluso desde nuestra seguridad, si tenemos la capacidad de entregarnos radicalmente a esta lucha.

Por eso me admira la capacidad de quien se ha echado a la calle y ha acampado en las plazas, ya que yo no he dejado mi casa ni mi cama y sigo escribiendo sentado en mi silla, delante de mi ordenador, en mi habitación (tranquilo, majete, en tu sillón).

No sé si es suficiente o no, no sé si es lo óptimo, pero quiero concederme siempre el beneficio de la duda, para no sentirme plenamente satisfecho, para dejar que Jesús me siga cuestionando e indicando hacia dónde tengo que ir, como Él, sin desentenderme del mundo en el que vivo, sin mirar hacia otro lado, con la consciencia plena de que me ha sido dada la capacidad y la oportunidad para transformarlo.

“No, yo no dejo la tierra.
No. Yo no olvido a los hombres.
Aquí yo he dejado la guerra;
Arriba, están vuestros nombres.

¿Qué hacéis mirando al cielo,
varones, sin alegría?
Lo que ahora parece un vuelo
Ya es vuelta y es cercanía.

(Himno de la Liturgia de las Horas).

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