¿Y para que quiero seguirte?

Lc 4, 14-20, Is 61, 1ss.

 

 

 

 

 

 

 

 

Lc 3,21-22.

Mt 10.

Jn 13, 1-20.

Descendió a los infienos… (Credo apostólico).

Jn 20, 1-18.

Lc 24, 13-35

Jn 21, 1-14.

¿Y para qué quiero seguirte?

Para ser feliz.
Para vivir la Comunión.
Para nacer de nuevo.

Para anunciar
la Buena Nueva a los pobres,
la libertad a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para poner en libertad a los oprimidos,
para proclamar el año de gracia del Señor.

Para ayudar a recuperar su dignidad
a quien la ha perdido,
porque se la negaron
o nunca la tuvo.
 
Para cuestionar,
desde el núcleo del Evangelio,
la realidad que me toca vivir,
una vez la haya asumido como propia,
dejándome afectar por ella.
 
Para continuar configurándome contigo,
para ser heraldo de Salvación,
para ser vida,
para compartir desde mi indigencia
lo que soy,
lo que me has dado,
para anunciar tu Redención,
tu entrega y tu generosidad
en mi esfuerzo por darme.

Para hacer realidad

en medio de tu pueblo
tu presencia sanadora,
para ser bálsamo y cicatrizante,
ni opio, ni dormidera,
para llevar tu paz,
que exige violencia.
 
Para afirmar
que lo que Tú quieres
es misericordia y no sacrificios,
para ser misericordioso,
para aprehender y dar compasión.
 
Para lavar los pies,
en tu nombre,
para que tengan parte contigo.
 
Para desclavar a tantos cristos sufrientes
de la humillación y la perversión del cadalso,
para permanecer al pie de la cruz,
proclamando que si Tú nos has liberado
no podemos seguir siendo esclavos,
ni dejarnos esclavizar,
ni esclavizar a otros,
ni oprimir,
ni apresar,
ni negar los derechos fundamentales,
ni escatimar la vida.
 
Para descender a la realidad
de quien sufre injustamente,
y emerger,
y vivir el necesario proceso liberador juntos,
desde abajo;
no desde arriba
y con pinzas y guantes.

Para, al amanecer,
encontrarme contigo Resucitado
e ir a comunicarlo
a mis hermanos.
 
Para caminar hacia Emaús
con mis hermanos
dolidos, desconcertados,
para que arda nuestro corazón con tu Palabra,
con tu aparente ausencia,
con tu presencia luminosa y alentadora.

Para descansar al caer de la tarde,
después de la jornada,
para sentarnos a la mesa
que es el mundo,
dispuesto a escuchar,
acoger,
aceptar,
recibir.

Para sentarme
y que se sienten conmigo,
a la orilla del mundo,
para ser uno de ellos,
sin ser de ellos,
para hacerme de los suyos,
para ser testigo del Enmanuel,
para hacerme carne de su carne
y sangre de su sangre,
sin dejar de ser quien soy
y lo que soy.

Para abrir el corazón

de par en par,
sentado a la puerta,
sentado a la mesa
y al borde del camino,
dejando entrar en mi.

Para decir,
con mi vida,
lo flipante que es Dios.

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