Verifique su Porte

Hoy, seis de febrero, ha comenzado el curso escolar en la Santa Clara y la Santa Teresa. Mientras en el país todavía parece discutirse si el anuncio del nuevo presidente de la nación, Mel Zelaya, de matrícula gratuita en toda la primaria (novedosa decisión cuando en la Constitución dice que la educación primaria ha de ser gratuita y obligatoria), la escuela Santa Clara a las siete de la mañana tenía a sus alumnos formados en el patio, con sus maestros y maestras al frente, y la directora Patricia recordando a los padres y madres de los alumnos que este es un proyecto educativo comunitario en el que todos nos debemos implicar. Lo mismo o similar sucedería a la misma hora en la Santa Teresa, pero de eso yo no he sido testigo.

Pero esto era sólo el comienzo del día, la jornada nos deparaba más sorpresas. Habíamos quedado con Ricardo para ir al Ministerio de Educción a recoger unos libros que, por indicación del mismo Ricardo, había solicitado P. Patricio al ministro entrante; allí estábamos algo más tarde de lo previsto, pero no más tarde que quienes nos esperaban, pues había que ir a las bodegas de los militares a por los libros. Así, siguiendo al carro del ministerio en el nuestro, anduvimos por caminos que yo nunca había transitado, la cuesta de Chile, Cerro Grande, para agarrar la carretera de San Pedro Sula y llegar hasta Támara, más allá de Ciudad España, en total una hora de camino. No deben ser demasiados kilómetros, pero para quien no conozca Honduras hay que aclarar que las carreteras aquí son distintas y el modo de conducir también, como casi todo es distinto. Al llegar a la zona vallada por los militares y después de pasar el primer control, sorprende la limpieza del paisaje, lo cuidado del campo y la belleza de lo que nos rodea sin el pintoresquismo de las casitas salpicadas aquí o allá, pura naturaleza vallada. Comienzan a aparecer los mensajes y las arengas militares por doquier, y después del segundo control aparecen los primeros edificios diseminados en amplios espacios salpicados de vegetación y adornados con escudos y consignas y estatuas policromadas de soldados, panteras y generales, consignas de las distintas brigadas “tesón”, “error cero” y la bandera de Honduras.

Las representantes de la Secretaría de Educación que nos acompañan preguntan por el comandante, que al parecer no está; al cabo de un rato aparece otro militar que de un modo un tanto agrio pregunta en la oficina con voz marcial: ¿Quién me busca?, no es el comandante sino el mayor, que nos hace pasar a un despacho y nos ofrece asiento. Casualmente hemos dado con la persona indicada. Durante la espera me han explicado que el gobierno anterior encomendó a los militares la distribución de los libros de texto a las escuelas de todo el país porque eran los que disponían de un mejor dispositivo logístico y estratégico para el reparto.

Parece que la cosa empieza a clarear, ahora nos indican la nave a donde nos tenemos que dirigir y después de atravesar una gran explanada que parece un helipuerto, llegamos a la puerta indicada donde leemos “comedor de tropa”, pero somos los únicos que estamos allí y sólo apreciamos el movimiento de un soldado a pie, arriba y abajo, con papeles en la mano, que suponemos son los que entregamos al mayor, que finalmente llega en otro carro acompañado de dos soldados más. Buscan llaves, atravesamos el comedor y las cocinas y llegamos a una puerta…, que no logran abrir; hemos de dar la vuelta al edificio con los carros para colocarlos junto a la salida de la bodega (la despensa o almacén) de las cocinas. Cuando al fin, después de otra prolongada espera, abren la puerta y entramos, el espectáculo es sorprendente: miles de cajas con distintos códigos numéricos apiladas en ordenados bloques hasta el techo.

Por mucho que sea consciente de que estoy en Honduras, y Honduras no es España, no deja de sorprenderme que sea el ejercito quien custodie los libros de texto de las escuelas de un país; sin embargo parece, según continuamos analizando la situación, que es el único modo de que los libros lleguen a sus destinatarios, los alumnos de las escuelas públicas, y no queden en el camino, tal y como, cuentan, ha sucedido en las ocasiones en que se han confiado a los organismos departamentales; aquí el amiguismo, el soborno y la compra y venta de todo está a la orden del día, no en todos los casos ni todas las personas o instituciones, pero sabemos que en estas situaciones, un solo caso de corrupción es demasiado; aquí parece que todo es demasiado.

Con todo esto que cuento no pretendo, ni mucho menos, ultrajar a un país, su gobierno o sus dirigentes e instituciones, ni demonizar su situación, tan sólo me hago consciente de lo que percibo y esto es lo que cuento; como dicen en el sur “lo que e’, e’”.

Cuando por fin contabilizamos los libros, los separamos y los cargamos en las dos pailas que hemos traído, descubrimos que no caben todos y hemos de volver al día siguiente con un vehículo donde quepa el resto.

Y si hasta el momento habíamos esperado poco, alrededor de una hora, para conseguir que abriesen la bodega y poder colocar los libros en los carros, ahora nos tocaba esperar casi dos más para que el mayor nos hiciese el recibo que justificase la entrega de los libros.

En esta prolongada espera (que más que consecuencia de una densa burocracia refleja cierta ineptitud) en que ejercitamos la santa virtud de la paciencia, pudimos comentar numerosos detalles que nos regalaba la vista en todo lo que nos rodeaba. Tal vez el más llamativo, en el porche de las oficinas, un espejo de algo más de metro sesenta de alto con un cartel impreso en computadora y pegado sobre el vidrio con la leyenda: “Verifique su porte”.

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