a,e,i,o,u.

a, e, i, o, u.
 

         Aaaaa, eeeee, iiiii, ooooo, uuuuu. Las voces de los niños de una de las aulas de la Santa Teresa de Jesús, en la Nueva Capital, resuenan con estruendo en medio del patio de tierra de la escuela,  adornado con plantas, entre las que destacan como llamaradas las flores rojas de ibiscus.
 

-         ¡Buenos dias!
-         ¡Buenos díiiaaas!
-         ¿Están bién?
-         ¡Muuuy biiieeén, graaaciiaas a Diiooos!
 

Algo se me atraviesa en la garganta y a mis ojos aflora el brillo de las lágrimas, no puedo contener la emoción, y no sé por qué es, una sensación de sorpresa, mezclada con un mucho de admiración y otro tanto de agradecimiento. Hoy hemos vuelto a subir a la Santa Teresa Patricio, Lilian, Luis Vázquez, un amigo de La Coruña, Patricia, la directora de Sta. Clara, y yo, con unos cuantos cipotes (muchachos, chavales) en la paila. Venimos desde la Santa Clara dónde también hoy hemos contemplado el comienzo del día de escuela con los cantos, las oraciones y el desfile desde el patio central a las aulas de los alumnos acompañados por sus maestros y maestras. Realmente sorprende el espectáculo, no por el hecho en sí, ya saben que yo soy cualquier cosa menos amigo de lo marcial o todo lo que huela a uniformidad, pero es por el lugar donde esto ocurre, por el entorno que rodea estos que  denominé “milagros” hace unos días.
A nuestra llegada se amontonan un grupo de niños y niñas de la colonia, de los que no han tenido acceso a matrícula y nos acompañan a todas partes, cohorte de bienvenida al padre Patricio que saca del carro unas bolsas de confites para repartir entre todos ellos. Los sentimientos, las emociones, los pensamientos se amontonan y son muy difíciles de digerir, de asumir, de asimilar, de colocar en los estantes de la mente y el corazón, porque todo es pura voluptuosidad, todo exageración de lo mínimo, de lo sencillo, de lo aparentemente inútil o desechable, de lo que trataríamos de ocultar, manifestándose en un alarde de libertad y dignidad cautivador.
Y sólo me da para pensar: quiero vivir aquí, quiero estar aquí, porque nunca nadie les había creído merecedores de nada, porque han sido el excremento del mundo, lo que sobra, lo que estorba, lo que no vale para nada más que para ocultarlo o avergonzarse. Y aquí, ahora, se les da la oportunidad de ser, sencillamente.
Llega a mi corazón con fuerza el potente resonar del testamento de mi padre, las letras que me escribió con rotulador sobre una vasija del alfar Luis del Castillo el día de mi rito de admisión a las sagradas órdenes, a la salida de la catedral de Cuenca: QUE EL SANTO CURA DE ARS TE AYUDE A SER HOMBRE, NADA MÁS Y NADA MENOS.
Aquí estoy, para ser hombre.

 

 

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