Ya era hora.

YA ERA HORA.
 

Magdalena es una joven de diecinueve años, despierta y pizpireta, espontánea y alegre, de una naturalidad y frescura cautivadoras. Hace cosa de dos meses o algo más llegó desde su comunidad, Agua Caliente - del municipio de Copán Ruinas, al oeste de Honduras, en la misma frontera con Guatemala-, acompañada por Susana (colaboradora española, de Vitoria, que lleva ya tres años por acá, ocupándose entre otras muchas cosas del proyecto Maestro en casa), porque tiene un problema de vista y necesitaba ir al Hospital del Ojo, aquí en Tegucigalpa, a una revisión. Susana la dejó alojada en la casa de jóvenes estudiantes que residen en la Escuela Santa Clara hasta conseguir la cita oportuna en el centro médico. Magdalena salía en esta ocasión por primera vez de su comunidad, no había conocido a otra gente que los que se acercasen a su aldea; supongo que por eso el impacto de la Santa Clara debió ser en ella mayúsculo: los niños, la algarabía, el ir y venir, los juegos, las lecciones a coro, la gimnasia en el patio, los maestros y maestras, los cantos, y sus compañeros de casa, el estudiar, comer, asear, orar todos juntos la sedujo y comentó a Susana que ella se quería quedar.
Magdalena sólo fue a la escuela hasta segundo de primaria, pues, debido a su problema ocular, la maestra le impidió continuar asistiendo a clase. Hacía más de doce años que no leía ni escribía, pero nada más llegar se puso con sus compañeros a practicar la escritura y en pocos días había copiado unos cuantos capítulos del evangelio de Mateo.
Magdalena es la quinta de nueve hermanos y de estar en su casa trabajando y ayudando a sus padres en las tareas cotidianas ha pasado a estudiar tercer y cuarto grado de primaria en la nocturna, en la misma escuela Santa Clara, y colaborar en la cercana guardería Nuestra Señora de Montserrat, además de todo lo que conlleva convivir con otros veintinueve compañeros, veintiún chicos y ocho chicas.
 Ellos, los de la Santa Clara, con los treinta y seis de La Peña, más los siete de El Álamo y los cuatro de la Monterrey, son los jóvenes que, en Tegucigalpa, participan del proyecto Populorum Progressio; a los que hay que sumar veinte de la casa San Francisco de Asís, de Texiguat, y los siete, de momento, de Ostumán. Ciento cuatro jóvenes a los que preferentemente dedico mis fuerzas, mi energía y mi cariño, acompañándolos en su proceso educativo.
 Si habéis entrado en la página de Acoes, además de leer las últimas noticias, habréis visto que hay numerosos proyectos en los que trabajamos: becas, escuelas, guarderías, comedores, niños y jóvenes de la calle, prevención, etc., todos enfocados a una tarea educativa.
Uno de éstos es Populorum Progressio.
Está destinado a jóvenes de escasos recursos que viven en aldeas y comunidades indígenas, alejadas de los centros de estudio y que han perdido ya varios cursos por no poder acceder a la educación pública; se les facilita vivienda, manutención, material escolar y todo lo necesario a fin de que recuperen los niveles de estudios perdidos y lleguen a culminar grados superiores, debiendo pasar de curso con una media de setenta sobre cien para poder continuar participando el año siguiente;  además colaboran en el resto de proyectos de ayuda de modo que vayan construyendo su educación sobre cimientos de solidaridad, compromiso y servicio a los más necesitados.
Los participantes en este proyecto han sido elegidos o apoyados por su comunidad de origen, recomendados por los líderes o delegados de la Palabra, y se constituyen en responsables de las ayudas y programas de desarrollo que podamos ofrecerles. Por eso acompaño a su seguimiento el visitar sus aldeas conociendo de primera mano la realidad de que provienen y los proyectos que ya se han puesto en marcha gracias a su intervención y colaboración, contemplando también la posibilidad de iniciar otros nuevos.
¼br /> Intentamos formar casas o comunidades con un estilo de vida basado en el  evangelio, donde se respeten, colaboren y participen tanto en las tareas de la casa y la organización, como en el estudio, el trabajo y la oración.
 

Después de todo lo que os he ido comentando, semana a semana, desde hace casi tres meses que llegué a Honduras, ya era hora de que os contase  más detalladamente a qué me dedico y en qué me voy a emplear, además, por supuesto, de colaborar en la Parroquia San José Obrero en todo lo necesario.
  ¡Ah! Magdalena tiene como aficiones cocinar, costurar y bordar, y desea capacitarse en corte y confección para poder transmitir a sus compañeros lo que ella ha aprendido.

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