CADA DÍA
CADA DÍA.
Hay quien me pregunta qué hago todos los días.
Imposible responder a esa pregunta porque cada día es distinto.
Hoy es martes, veinticinco de abril, y estoy en Ostumán, Copán Ruinas, visitando a los jóvenes que viven en esta casa Populorum, me he propuesto visitar una vez al mes a los jóvenes que participan en este proyecto en las casas lejos de Tegucigalpa, aquí en Ostumán y en Texiguat. Nos hemos levantado a eso de las cinco y media de la mañana para rezar laudes a las seis menos cuarto, aunque algunos de ellos llevaban levantados desde las cuatro, pues están en periodo de exámenes y tienen que apretar. Rezamos y desayunamos, ellos y ellas se fueron alistando (preparando) para ir al colegio y yo esperé a que todos ellos acabasen para ducharme con tranquilidad y recoger el baño que se encharca con facilidad; después Dimas y yo hablamos un rato, ya que el va a clase por la tarde, y mientras él hacía sus tareas yo ordenaba un poco la biblioteca; después leí un rato y ya llegaron los muchachos de sus clases; almorzamos lo que nos había preparado Dimas (hoy martes le tocaba a él) y después de hablar de asuntos varios pendientes como justificaciones, informes, presupuestos, y lavar los trastes, cada uno ha vuelto a su estudio y sus tareas, y yo me he dispuesto a escribirles a ustedes.
Les pregunto a los muchachos si les puedo echar una mano en algo de lo que están estudiando, pero les puede la pena (vergüenza) y yo prefiero dejarlos a su aire; no es de extrañar que tengan vergüenza, ya que apenas me conocen pues esta es la tercera vez que vengo a visitarlos y de las anteriores sólo una estuve yo solo con ellos en la casa. El día de ayer lo pasé casi íntegro en bus para llegar a Copán desde Tegucigalpa, pasando por San Pedro Sula con dos horas de espera por cambio de bus. Pero poco a poco iré perfeccionando mis viajes, ahora tengo que pagar las novatadas.
Aquí no hay el ajetreo de Tegu, y todo es más tranquilo; para mi gusto demasiado tranquilo, pero he de dejar que poco vayan agarrando confianza conmigo y no me vean como un intruso, así es como yo me siento a veces. Me pueden esos silencios largos cuando están delante de mi y esos ojos bajos, mirando la infinitud del plato en las comidas, o en la oración que se supone es compartida, o en las reuniones; les siento con ese deseo de escapar para buscar su espacio que todos hemos tenido cuando nos sentimos incómodos delante de alguien que nos es ajeno. Menos mal que Dimas me da un poco de conversación y también Benedicto, Enma va participando algo más, pero no demasiado, aunque al menos cuando me mira se sonríe. Sé que poco a poco esto irá cambiando y mejorando, pero despacio, no en vano todavía no llevo en Honduras ni cuatro meses.
Cada día en un lugar, con unos compromisos distintos, sin embargo trato de imponerme cierto orden, lo podíamos llamar horario, o más bien un orden de apariciones: los miércoles aparezco en la Santa Teresa en la mañana y en la tarde en la santa Clara donde paso la noche con los muchachos de Populorum, el jueves en la mañana aparezco en la Monterrey en la capacitación del CCJ, en la tarde aparezco en la Peña, los lunes en el Álamo, los sábados alterno las cuatro casas populorum en la revisión de vida semanal, los domingos en la tarde nos reunimos todos los Populorum de Tegucigalpa, bien en Santa Clara, bien en La Peña, las dos casas más grandes. Todo esto siempre y cuando no se ve alterado por viajes, imprevistos o urgencias insalvables. Cada día un ir y venir, sin parar; de tal modo que cuando paso una mañana, o una tarde, entera en la casa me siento como con complejo de culpabilidad por estar tan tranquilo.
Pero quizá lo que más temo son los lunes cuando desde las siete de la mañana comienza la reunión de la Junta de Responsables; desde esa hora hasta la una del mediodía son una cascada de problemas, inconvenientes, situaciones irresolubles una detrás de otra, hay ocasiones en que creo que mi cabeza no va a dar más de sí.
Por eso tal vez el mayor desahogo llega los viernes, cuando Patricio, Ramón y yo nos vamos a Valle de Ángeles a Casa San José donde comemos con las religiosas Oblatas que regentan esa casa de ejercicios y retiro y, después de una saludable siesta, nos reunimos los tres en la capilla para orar y reflexionar y comentar las lecturas del domingo siguiente. Al volver a Tegucigalpa celebramos la Eucaristía en la Peña con algunos de los muchachos que no están en clase y pueden asistir, los colaboradores y voluntarios hondureños y españoles o de otras nacionalidades, que de todo hay. De vez en cuando, con algunos de los amigos que nos visitan, hacemos algo de turismo para visitar los proyectos de fuera de la capital y así nos paseamos un poco.
También hemos tenido unos días de descanso después de la Semana Santa, muy provechosos por todo lo que ha sido compartir experiencias, situaciones vividas, y sobre todo por poder profundizar en qué nos motiva para estar aquí y cómo pensamos que debemos estar, cómo, a pesar de nuestras muchas debilidades, podemos seguir ayudando, dando la vida por los más pobres.
P.D.: finalmente me atreví a pasar un día más en Ostumán y no regresé el miércoles como pensaba, sino el jueves, y creo que ese día más fue provechoso, me relajé yo y les sentí también a ellos menos tensos. Es de agradecer.
He vuelto la semana siguiente, pero esta vez en carro, veáse la foto, y la relación con ellos mejora considerablemente.