SAN ISIDRO CAMPESINO

El pasado lunes quince de mayo, como todos los años fui a celebrar la fiesta de san Isidro Labrador; sólo que este año no había procesión con la imagen del santo, ni bendición de campos. En Cuenca lo pude celebrar tanto en el de arriba como en el de abajo, aunque recuerdo con mayor ternura el de arriba, porque bendecir los campos desde lo alto de la hoz del Júcar, junto a la ermita, contemplando la belleza esmeralda del río y la ciudad desperezarse y estirarse y prolongarse a lo largo de la vega de sus dos ríos, tiene mayor encanto para quien ha nacido y crecido en ella. Después fue en las parroquias que asistí, en unas con más fiesta que en otras, pero en todas celebrado con el mismo entusiasmo y agradecimiento al Señor por el don de la vida y el fruto de la tierra. En Buciegas, Olmeda de la Cuesta y Gascueña no lo celebré, pues no coincidí en la fecha, pero sí en Huete, Verdelpino, Saceda del Río, Moncalvillo, donde por primera vez contemplé a los labradores y más las labradoras, emocionados arrojando puñados de grano a la imagen pasando por las calles en procesión al tiempo que echaban vivas al santo; La Perpleja y Villanueva de Guadamejud, luego Buendía, Garcinarro, donde se celebraba como fiesta patronal con la consiguiente presencia de banda de música y pasacalles y verbena en la noche, y Jabalera a donde subíamos a la ermita de Santiago, comiendo después en los alrededores todos juntos, tan entrañable como todos los festejos de todo el pueblo reunido; por último en Almendros y Torrubia del Campo, y Tarancón no lo puedo decir aunque quisiera, porque allí nunca lo celebré; eso sí todos los domingos recogía a Andrea en la puerta de su casa, en la calle san Isidro, para ir a las parroquias, al final de la calle se encuentra la ermita del santo.

Aquí en Tegucigalpa, en Comayaguela, lo celebramos en San Isidro, uno de los catorce sectores de la parroquia, muy cercano a casa, un poco más arriba de la Monterrey, pasando La Peña, junto a Calpules. Hubo cohetes y máscaras (parece que algo de nueva creación), pero apenas campo, ni las extensiones de cereal mecido por el viento, ni las amapolas y los lirios, las lilas y los gamones.
Aquí no se cultiva el cereal, el cultivo básico es el maíz, lo que más se consume junto a los frijoles y el arroz.
Aquí, la gente que trabaja el campo no se llaman labradores, sino campesinos, trabajadores de tierra ajena, con pocos, por no decir ningún medio tecnificado, pero no sólo eso, tampoco sistemas de regadío, apenas dos represas en un país donde el agua de lluvia es abundantísima en unos meses, pero que luego sufre impasible la época seca el resto del año, escasez de agua que en muchas comunidades provoca muertes por hambruna.

El párroco, Antonio Salinas, al invitarme a hablar en la homilía me pedía que insistiese en la dignidad del campesino, de quien trabaja la tierra con mucho esfuerzo, con sudor. Y yo hablé de todo eso y de que los sacos de harina de maíz no vienen ya así de ninguna parte, sino que hay que trabajar duro, y del don que es la tierra y de la necesidad del agua, pues esta primera quincena de mayo ha sido de un calor terrible. Y también hablé de la tradición de San Isidro, asalariado de Juan Vargas en su hacienda a las orillas del Manzanares, y de su esposa Santa María de la Cabeza, y de cómo bendecimos los campos en los pueblos de España.

San Isidro Campesino nos ha traído las lluvias, el tiempo es más fresco aunque algunos mediodías hace algo de bochorno. Dicen que este año visitarán Honduras veinticinco huracanes.

San Isidro Campesino, ruega por nosotros.

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