PAPAYA, ZAPOTE Y MANGO
Fue en casa de Ricardo, sí, el mismo con quien fuimos a Támara a recoger los libros de texto para los alumnos de la Santa Clara y la Santa Teresa, como os conté en “Verifique su porte”; allí en su casa.
Nos había invitado a cenar, no piensen que aquí sólo nos dedicamos a sufrir y padecer, también nos cuidamos un poquito, sobre todo porque tenemos amigos estupendos que nos cuidan.
Había preparado una cena deliciosa, ya saben que me gusta el buen yantar, los sabores, los olores, el cuidado en la preparación, la mesa, la casa abierta, los invitados, la amistad, el vino, compartir, charlar, comentar las cosas y situaciones de la vida, los entrantes: paté de aceitunas, guacamol, ensalada de pepino y yogurt, los acontecimientos presentes y pasados, las anécdotas, el plato fuerte: pechugas de pollo con salsa de mango, los chistes, las bromas, las indirectas, las frases agudas con doble sentido, la fina ironía, el postre: papaya, zapote y mango, la sobremesa, la intimidad, profundizar en los sentimientos, desvelarse, perder el pudor, quién lo tenga, más vino, recordar la infancia, las situaciones duras y difíciles de la vida, cómo se fueron superando, abrir el corazón, confiar.
Y sentir que vivimos lo mismo desde distintos lugares y situaciones, la Honduras y la España que nos duelen: la que ha perdido el norte alcanzando el desarrollo y situarse entre los grandes, superficial, vanal, y la que escribe su historia con una lágrima; pero el hombre, y la mujer, la persona, es siempre una y la misma, provenga de donde provenga; el afán de ser, de realizarse, de construir un proyecto sólido, de trabajar por los demás, de encontrarse en el otro, vivir en plenitud lo más que nos dejen, amar, dar la vida.
Alrededor de una mesa, todos somos iguales seamos de España o de Honduras, compartimos lo que nos pesa y nos duele, la injusticia, el hambre, la desigualdad, la brutalidad de quien tiene y no repara en el Lázaro siempre a la puerta, como el Señor, esperando que se le abra para entrar, nosotros quisiéramos abrir todas las puertas, eliminar las fronteras y las barreras; nosotros que tenemos una mesa vestida y la capacidad de preparar platos sabrosos, amigos preparados a quien invitar con quien tener una conversación elevada, nosotros que cerramos nuestra puerta con llave, nosotros que tememos que nos asalten y ponemos pinchos en lo alto de los muros y candados y cadenas en los portones. Nosotros, ustedes, ellos.
Pero en eso estamos, en trabajar para eliminar obstáculos, en sentar a todos a la mesa, en invitar cada día a más personas a un plato de comida, a una beca, a un programa de estudios, en construir una casa para una familia, o entregar un colchón, simplemente, para el anciano que no lo tiene, o en llevar la energía eléctrica a una comunidad que carece de ella, o el agua potable, o una escuelita, o un comedor, o dar la oportunidad a un joven para dejar la calle y el resistol.
Así, junto a los amigos que nos cuidan y nos ayudan y con los que podemos compartir inquietudes, esperanzas, ilusiones, proyectos, incluso sueños, trabajando juntos lo podremos lograr.
Y llegará el día en que todos celebremos una sola Eucaristía, en una única mesa, compartiendo el pan y el vino.
Y preparando para los postres papaya, zapote y mango.