Flipante Dios

Noviembre 3, 2006

La canción del agua

Guardado en: LoVi — Lovi @ 8:13 am

         Hace ya unos días que han comenzado las lluvias. No sé por qué exactamente, pero tenía muchas ganas de que llegaran. Hasta ahora ha habido alguna que otra tormenta con gran cantidad de agua, aisladas, no este llover continuo de ahora. No sé si es nostalgia de lo que no viví pero soñé en el cine o reportajes de televisión, en la literatura hispanoamericana, o en mi propia imaginación, añoraba este caer agua incansable que por momentos redobla o triplica sus fuerzas, anega las calles convirtiéndolas en ríos, transforma las cuestas en torrentes y  quebradas, deja lagos y pozas en los cráteres que impiden el tráfico en las calles y dignifica los cauces que impetuosos y poderosos se alegran y avanzan orgullosos por sus cuencas. Si en algún momento luce el sol toda la naturaleza se muestra exuberante y magnífica en el verdor brillante y portentoso de los árboles y arbustos, en la limpieza del aire, en el resplandor del cielo azul, luminoso.
         En la celebración de la eucaristía en el sector parroquial de la Peña por bajo, escuchaba la canción del agua. El agua golpea en distintos ritmos y secuencias las planchas de zinc del tejado del pequeño templo construido con maderas pintadas de color blanco crudo y malva, los bordes de las canaletas de las planchas dejan caer recias madejas de agua que persisten en el interior del alero en gruesas gotas que finalmente se estampan contra el suelo de tierra y arena que rodea la iglesia, el agua se descuelga del cielo en breves bramidos aplaudiendo sobre los charcos y la hierba destinada a agostarse que recupera súbitamente su verdor, los hilos de agua llovida acariciaos por los dedos del viento interpreta su melodía en esta peculiar arpa. Desde casa escucho silbar el aire entre la lluvia y caer decididamente golpeando la plancha termoacústica (así llaman aquí a una especie de onduline) del tejado e introduciéndose en el patio a través de la gran reja que llena de luz el pasillo y, en el atardecer, de luz dorada.
         Para mí escuchar la lluvia es como escuchar una canción, me pregunto cómo lo escucharán mis vecinos cuya vivienda, si así se puede llamar, son unas maderas y unas chapas de barriles alisados y trozos de metal o cartones; cómo para aquellos a los que deja incomunicados durante días en las comunidades que visitábamos días atrás; cómo a los que tienen que hacer resurgir sus casas de entre el lodo de un derrumbamiento a causa de las lluvias; cómo a los que en esta época del año todavía recuerdan con pavor el Mitch que nunca han podido ni podrán olvidar; cómo a los que se han asentado en las riveras de los ríos y rezarán, en medio de la noche, para que en la mañana su nivel no haya subido demasiado y todavía se encuentren donde están ahora y no llevados por la corriente.
         El sonido es el mismo, pero qué distinta suena la canción del agua.

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