THE SOUND OF MUSIC
(EL SONIDO DE LA MÚSICA).
Ayer por la mañana, unas quince personas (voluntarios españoles y canadienses, jóvenes del proyecto Populorum y colaboradores de la Monterrey), nos acercábamos al Conservatorio Nacional de Música para asistir al concierto programado por alumnos y profesores de este centro en el que participaba como intérprete Daniel Mezza.
Daniel, apodado por algunos de sus compañeros de las casas Populorum “Mozart”, o “el pianista” por otros, pasa gran parte de las tardes en la segunda planta de la Monterrey ensayando en el piano electrónico que adquirió Patricio para fomentar la educación musical de los jóvenes. Al acabar el curso ofrecían este concierto para demostrar sus habilidades, los conocimientos adquiridos, e ir afrontando el aparecer ante un público y perder el miedo escénico.
El conservatorio está en el centro de Tegucigalpa, cerca de la iglesia de los Dolores, un poco más arriba, al iniciar la subida al barrio de la Leona, una zona de casas decimonónicas de estilo neo colonial envejecidas y abandonadas, nostálgicas de un presunto pasado de esplendor y magnificencia. Decir que el aspecto del edificio es decadente es un eufemismo, un antiguo edificio de piedra rosada de sillar almohadillado tosco, con los dinteles de las puertas en arco de medio punto y un soportal de entrada amplio y luminoso en la mañana fría y soleada. Un palo de mango cubre prácticamente todo el edificio de la vista desde la calle y ofrece el refresco de su sombra bajo la que cobijarse el los calurosos días tegucigalpeños. Un patio semi pavimentado rodea el edificio, nada más entrar se percibe el abandono y el desastre, sillas rotas, paneles de madera carcomida y tablones y listones de distintos tamaños para dividir las aulas, paredes sin pintar desde hace años, techos desvencijados, cristales rotos en las ventanas, ninguna persona que indique dónde o cómo es el concierto. Un barracón de madera con techo de plancha de zinc o uralita dónde sobre los dinteles de las puertas rezan los nombres de distintos instrumentos: flauta, violín, oboe, clarinete, no se sabe si son aulas o almacenes, mas sospecho lo primero. Desolación. Comienzo a tomar fotos y un perspicaz joven sentado en un poyo de piedra me llama y me indica que si quiero hacer una buena foto que pase a la sala de conciertos, dudo por instante y él me indica el espacio: un patio interior de acesso a los aseos y algún aula en el que sobre unas vigas de madera unas chapas metálicas hacen las veces de techumbre, en la esquina del fondo un piano de pared Yamaha es acariciado con suavidad por las manos de un joven que resultará ser profesor de piano y presentador del evento.
Guitarra, piano, violín, flauta travesera, y finalmente también batería y bajo, van desgranando el pequeño y familiar concierto que concluye con la interpretación, por parte de los profesores, de “Días de vino y rosas”, algo similar a una pieza de swing o jazz, o ambos mezclados, no sé muy bien, pero que suena muy agradable, apacible y reconfortante.
En medio de aquel espacio que en cualquier casa de España no se utilizaría más que como corral o, a lo sumo, para resguardar el carro de las inclemencias del tiempo, Daniel nos ha ofrecido su primer concierto a algunos de los que, tarde a tarde, nos sentamos en el sofá de la segunda a escucharle ensayar mientras, a veces charlamos, consultamos, o alguien lee o estudia; él permanece impávido frente a la pared concentrado en su tarea que va dando fruto, desgranando las notas de su instrumento de estudio.
Daniel ama la música y, a pesar de que su obsesiva dedicación no le deja tiempo para apenas nada más, apoyamos su opción y le animamos a que continúe en el camino que ha elegido y en el que se le ve tan ilusionado y satisfecho. Ver a Daniel y la falta de recursos de todo tipo que cualquier joven (que no pertenezca a una familia adinerada) encuentra aquí para estudiar y formarse me traslada a las “charlas” que en Landete, Frederic, Belén, Jorge y yo, teníamos con Olivia, mi sobrina de doce años, cuando no hacía el esfuerzo por estudiar con su violín un rato cada día para reforzar las clases que cada sábado recibe en una escuela privada en Valencia.
No son dos mundos distintos, no son dos sociedades, es uno y el mismo injusto y desigual que entre todos propiciamos si no lo combatimos.
Y tú, Señor, templa mis cuerdas, afíname, se tú el interprete y yo tu instrumento, para que mi vida sea el sonido de la música.