Domingo de Ramos
Este año, como el pasado, he subido a celebrar el domingo de ramos a la Nueva Capital. Mientras manejaba el carro de Patricio por el anillo periférico pensaba en qué consiste la encarnación; eso que también llamamos inculturación, lo meditaba repasando mentalmente la segunda lectura de la misa: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos,…,SE ANONADÓ”.
Lo que reflexionaba es lo que me falta a mi para anonadarme, para hacerme nada a fin de ser uno de aquellos a quienes pretendo servir, de este pueblo hondureño que es ya parte de mi vida. Meditaba las diferencias abismales que nos separan y cómo es imposible que nunca sea uno de ellos. Pero Jesús sí se hizo uno de los nuestros, se anonadó.
Cuánto falta para alcanzar esta cima, para descender hasta alcanzar lo imposible, para ser lo que quisiera pero que siento que no puedo lograr, por mis privilegios económicos, sociales, políticos, religiosos…Aunque me fuese a vivir a la Nueva Capital en una casita de madera viviendo como ellos lo hacen, con todas sus carencias, nunca sería uno de ellos por mi educación, mi formación y todo lo que yo ya he recibido antes de llegar aquí. Por eso me cuesta tanto hablar a estas gentes, porque siento que no soy digno. Sí, estamos compartiendo desde la fe y yo hago todo lo que puedo (¿?) por trabajar y vivir a su servicio, pero ellos son los que me dan lección a mi, me averguenza hablarles de compartir, porque por mucho que comparta yo siempre voy a tener la vida solucionada y ellos no, ellos van a continuar sufriendo la miseria y el desamparo mientras yo escribo en mi blog y me comunico por internet; yo puedo ir una vez al año a España a ver a mi familia y a mis amigos, y ellos quizá no tengan para agarrar el bus. Y así, seguir y contar y no acabar.
No obstante me he reunido con ellos y hemos cantado acompañando al Señor en su entrada triunfal en Jerusalén, y hemos celebrado la Eucaristía en una capilla llena de niños, de color y de ramos de coyol agitados con alegría durante la procesión, y hemos proclamado la Pasión según San Lucas, y hemos partido y compartido el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
He regresado a casa con una alegría profunda que ellos trasmiten sin saber como ni por que. Así este año será mi segunda semana santa en Honduras, atrás han quedado todos los preparativos en las parroquias, los amigos que llegaban a celebrar y tantas cosas más. Queda ese huequito que producen tantas cosas vividas años atrás: la añoranza y la nostalgia, que son malas consejeras.
Vivir, vivir el presente de cada día sin echar la vista atrás, y seguir, seguir haciendo camino al andar. Llegaremos a la Pascua un año más y seguiremos caminando allá donde el Señor nos haya llamado para laborar, en cualquier parcela y a cualquier hora, pero para Él.
Quiza sea imposible que me anonade, como siento que quisiera; sin embargo permíteme al menos, Señor, no dejarme vencer por mis debilidades y, teniendo en ti mi fuerza, seguir caminando a tu lado de la mano de aquellos a los que me has traido.