EN TORNO A APARECIDA
Casa San José, Valle de Ángeles, 13 de abril de 2007.
Después de los días de Semana Santa, he venido unos días a Casa San José, de las Religiosas Oblatas al Divino Amor, para descansar, leer y orar.
Quiero referirme a la próxima Conferencia de CELAM en Aparecida; mi reflexión surge de la meditación del evangelio del miércoles, la aparición de Jesús resucitado a los de Emaús, de la lectura de la Exhortación apostólica post sinodal Sacramentum Caritatis, que nos regaló el Cardenal el jueves santo en la Misa Crismal, y de unas conferencias del P. Arrupe en el Congreso Eucarístico de Filadelfia en 1976.
Meditando el texto del Evangelio constato, una vez más, que al Señor Resucitado se le reconoce en la fracción del pan, entendida esta no sólo como la celebración eucarística, sino como el compromiso que de esta surge para los cristianos de vivir el compartir de los bienes materiales y espirituales: Jesús acompaña en el camino, anima, explica, fortalece, enseña, reprende, advierte, alegra, suscita la hospitalidad y celebra compartiendo, por último, la mesa, agradece, bendice, parte, da.
En las reflexiones del P. Arrupe aparece de un modo claro, limpio, transparente, la inquietud de una voz profética hace más de treinta años, corroborando tristemente que la situación, ciertamente, ha empeorado (pienso además que no sólo a nivel mundial en el mundo de la política y la socioeconomía, sino también a nivel eclesial); esto me resulta más doloroso cuando leyendo la exhortación papal descubro que el énfasis en lo social al hacer una reflexión sobre la Eucaristía es ínfimo, superlativizando el carácter litúrgico y celebrativo.
Ante la próxima Conferencia de Aparecida siento una gran inquietud, pues pienso que sería triste que el lema de dicha conferencia “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan Vida”, quedase reducido a simples cuestiones metodológicas acerca de la catequesis y la evangelización, perdiendo de vista el carácter caritativo que todo ello entraña. Nuestros pueblos de América necesitan ante todo eso: Vida, una vida plena en dignidad para todos los hombres y mujeres de la que ahora una inmensa multitud está privada. La vida que Jesús nos ofrece comienza por el mismo don de la existencia y somos absolutamente consciente de qué situación viven nuestros pueblos, sumidos en la corrupción, el hambre, la miseria, la violencia social y doméstica, la falta de una vivienda digna, de acceso a la educación y a la salud, a la formación laboral básica; un pueblo explotado y empobrecido que mira impasible cómo se suceden los gobiernos que prometen y prometen pero nunca cumplen su palabra. Siento profundamente que en esta situación, y desde esta Conferencia, la Iglesia tenemos la oportunidad, una vez más, de alzar la voz y revalidar nuestra dimensión profética denunciando alto y claro la injusticia que sufre nuestro pueblo, la desigualdad, la sumisión y el oprobio de que son objeto. Pero, además, siento que sería adecuado, casi me atrevo a decir indispensable, que la Iglesia no se quede sólo en palabras, sino que haga un gesto diáfano de que no está dispuesta a continuar consintiendo tanta injusticia.
Hasta ahora creo que se ha mirado hacia afuera, buscando en la cooperación y en la condonación la respuesta a nuestros problemas estructurales; por eso pienso que el llamado de la Iglesia de América debe ser también hacia el interior de nuestros propios países donde los que más tienen ocultan su rostro ante la situación de marginación que padece el resto de sus compatriotas. Del mismo modo que pedimos que nuestra iglesia sea misionera dentro de sí misma, sin esperar que vengan de fuera, del mismo modo el aprovechamiento de los recursos naturales, industriales, sociales, intelectuales y culturales que nos pertenecen.
Intensifico mi oración, y así invitaré a todas las persona a las que tengo acceso, a hacerlo para que sea la voz de los sin voz en medio de esta “guerra fría” olvidada porque no existen conflictos abiertos conocidos, pero donde la mayor y más dura violencia proviene de el peor enemigo de la dignidad del hombre: la pobreza, en el más amplio sentido del término. Aparecida debe dar continuidad a Medellín y Puebla, debemos continuar reflexionando y retomando lo que allí se propuso como camino de liberación para nuestro pueblo, centrando nuestra labor pastoral (que incluye la tarea social que debemos desempeñar y no la excluye, ni justifica su incumplimiento pues lo nuestro es dedicarnos a lo “espiritual”) en la atención prioritaria a los más pobres, que siguen siendo (como siempre han sido y seguirán siendo) los predilectos de Dios, a quienes nosotros debemos hacer el centro de nuestra vida y dedicación, es decir hacer que ellos sean para nosotros lo que son para Dios.
Es impensable hablar del amor de Dios y del amor a Dios sin hablar del amor al hombre, y no se puede hablar de amor al hombre transigiendo con la injusticia que lo incapacita, le niega su dignidad, lo anula socialmente y lo convierte en la víctima necesaria para que una pequeña porción de los habitantes del planeta vivan en el despilfarro continuo y la exacerbación del hedonismo innecesario, disfrazándolo de desarrollo y calidad de vida.
Sean nuestros obispos y nuestros teólogos hoy en Aparecida los profetas que América necesita, su voz será escuchada y secundada por el pueblo pobre de Dios que necesita guías y pastores que les encaminen a la consecución de la Paz, que es fruto de la Justicia.
Pero los profetas necesitan acompañar sus palabras de gestos significativos, la palabra hay que encarnarla, hay que hacerla vida; es por esto que suplico al Señor que inspire en los participantes de esta V Conferencia del CELAM verdaderos y auténticos gestos proféticos que comprometan la palabra dicha y nos inviten a todos a imitarlos: gestos de renuncia a los privilegios, gestos de compartir, gestos de aceptación de la realidad compleja de América Latina que signifique el aporte de soluciones reales y susceptibles de ser realizables, gestos concretos y específicos, para que Aparecida no sea sólo un cúmulo de buenas intenciones y se convierta en el faro que nos guíe hacia un horizonte de esperanza en nuestro continente y en nuestro mundo.