Seres radiantes.

Hay personas de todo tipo, más o menos alegres, conformistas, delicadas, extravagantes, aburridas, desquiciadas, amargadas; las hay serviles, indiferentes, apáticas, estúpidas, escépticas, burlonas, inflexibles, abusivas,  categóricas, sin juicio; hay personas abiertas, agradables, locuaces, amigables, amables, respetuosas, complacientes.

Existen personas inteligentes, brillantes, excepcionales, trabajadoras, comprometidas, amistosas, entregadas, generosas, gráciles, positivas, inquietas, capaces, abnegadas, fértiles, …

Y hay seres que están por encima de todas estas categorías.

Por doquiera que pasan dejan su rastro de luz, un modelo a seguir, son espíritus libres, ángeles caídos que vagan por el mundo sembrando amor.

No se contienen en sí mismos, se escapan de todos los tamaños, modelos, y formatos; practican la justicia al lado de los pobres, haciendo suyo su camino, despliegan sus alas y en el susurro mecido de su batir despiden el aroma de la felicidad impregnándolo todo de pasión y dicha.

Son intransigentes con el dolor y no se doblegan ante la vaciedad o el sinsentido, son buscadores extremos de la comunión plena, de la donación sin límites: Bienaventurados.

Fue a quién primero conocí nada más aterrizar en Honduras, por primera vez, el cinco de julio del año dos mil cuatro; aquí he encontrado muchas más (Susana, Rosita, Mariona,…), similares, sin hablar de los propios hondureños, que son caso aparte, pero ninguna como ella.

El próximo día quince de agosto regresa a España, pero nunca se irá de nuestro lado, por que la huella que ha provocado en nuestro corazón es tan profunda, que nada ni nadie logrará hacerla cicatrizar.

Elena, te vas, pero no nos dejas; nos has colocado en tu nido, en la más alta cima de la Amistad.

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