Ahora la realidad
27 de junio de 2008.
Ahora que estoy obligándome a hacer reposo por una contusión en la pierna derecha en la descarga de un contenedor proveniente de Canadá, aprovecho para leer un poco más. Entre otras cosas leo el diario de monseñor Romero, regalo de Concepción y sus hermanos que anduvieron estos días pasados por San Salvador. Veo lo importante que es escribir, o grabar como monseñor hacía, cada noche un poquito de lo vivido a lo largo de la jornada. La verdad es que muchos días ni tiempo ni ganas me quedan de escribir, sin embargo, en otras ocasiones, lo que impide escribir es la falta de asimilación de lo vivido. Tengo mucho tiempo, más de dos o tres meses de querer expresar muchos de los sentimientos, emociones, vivencias, pero me siento incapaz de expresar con precisión todo esto sin llevar alarma a quienes compartís estos escritos. Me siento responsable ante vosotros de dar una imagen distorsionada o tendenciosa de lo que pasa por aquí, y eso me paraliza; también el no tener todos los datos necesarios y ser consciente de que debería investigar más antes de caer en vaguedades u obviedades.
La realidad es que las cosas están mal, a todos los niveles y en todos los campos, y eso afecta mucho a todo el trabajo que realizamos porque afecta a las personas. Hay un grito, un clamor sordo que en algún momento se ha hecho oír, pero que después se ha frenado, cuando debiera haber continuado como una proclama multitudinaria y valerosa para defender los derechos de una población permanentemente maltratada y ofendida por las actitudes de la inmensa mayoría de sus dirigentes políticos. La huelga de hambre de siete fiscales, a los que luego se unieron más personas, protestando contra la corrupción del fiscal general del estado, que duró treinta y ocho días, fue como una bocanada de esperanza de que debajo del conformismo había un pueblo en marcha dispuesto a trabajar y dejarse la voz y la piel por evitar que los continúen pisoteando. La marcha por la vida del P. Tamayo también nos animaba a seguir unidos en la lucha por conseguir la defensa de los bosques evitando la destrucción de éstos por las grandes compañías madereras extranjeras. También hace más tiempo, ya el año pasado, las protestas contra la ley de minería actual y el proceso de renovación de dicha ley. Sin embargo, a la larga, pareciera que todo queda en nada.
La realidad de cada día es que los precios de los productos básicos continúan subiendo imparables y que la población en muchos casos, cada vez más numerosos y extendidos no tienen qué comer. ¿Cómo se puede luchar y contra qué o contra quiénes cuando no se tiene lo imprescindible para vivir?, ¿de dónde se sacan las fuerzas para luchar sino hay ni para moverse?, ¿cómo no va a haber violencia si la población juvenil (y la adulta en muchos casos) está destinada al desamparo social y familiar, el desempleo y la inactividad?, ¿cómo se va a organizar la población si no hay líderes con las ideas claras y parece que unos y otros se movieran por intereses oscuros?, ¿que hacer cuando un niño de catorce años te confiesa fríamente que ya ha asaltado a más de diez personas con arma blanca porque está harto de ver la miseria que hay en su casa?.
Por su parte la Iglesia Católica lleva entre manos una campaña a nivel nacional contra la violencia, pero en la prédica parece que se analiza insuficientemente la realidad y que se quieren solucionar las consecuencias sin atender a las causas, porque la paz es fruto de la justicia, necesitamos luchar contra la injusticia para lograr la paz, no conformarnos con gritar:¡ no matarás!. No es que la jerarquía de la Iglesia no tenga esto claro, no me quejo de los obispos, pero la actitud general de la Iglesia hondureña, al menos de los sectores parroquiales en los que yo me muevo y en la actitud de los sacerdotes en general, no parece de denuncia de la cruda realidad y de la situación de pobreza extrema que lleva a la tremenda violencia que existe en la sociedad hondureña, consecuencia de la actitud irresponsable de los políticos corruptos y de la reducida oligarquía nacional, insensibles ante el tremendo sufrimiento de este pueblo empobrecido que parece callado y conformista. Dios sabe cuántas humillaciones y abusos han sufrido a lo largo de los siglos, y continúan sufriendo, por parte de unos y otros.
No es que hasta ahora desde que llegué a Honduras hace dos años y medio, haya estado con los ojos vendados o vendidos, pero la dureza de la vida de los empobrecidos se me aparece ahora con mayor crudeza y desgarro, tanto que parece insoportable. No sé si estoy más cansado y estresado por el trabajo, o que me siento con menos fuerzas, o que, como sospecho, es que la realidad es más sangrante cada día.
En medio de esta crudeza y de este dolor sólo la confianza en el Señor me da ánimos para seguir. Realmente esto no cambia si los que tienen los medios y los instrumentos para hacerlo no lo hacen, y ellos, evidentemente, no quieren hacerlo.
Danos, dame, Señor, la fuerza para poder ser capaz cada día de lograr poner el parche que me toca, como los de morfina para los enfermos terminales, para paliar en lo posible tanto dolor, tanto sufrimiento y tanta desesperación. Sé que no es suficiente, pero creo que es lo poco que yo puedo hacer. Cuantos más seamos los que trabajamos poniendo parches, si además lo hacemos de manera coordinada y conjunta, tal vez el remiendo nos dé para un vestido nuevo que vista de fiesta a esta Honduras que tanto amamos y tanto nos duele.