Síndrome de Estocolmo

2  al 14 de julio de 2008.
  Para que me recupere de la tremenda contusión en mi pierna, agravada por no hacer el reposo necesario desde el primer momento (las necesidades obligan), complicada con una infección interna, me han traído como secuestrado a Casa San José, en Valle de Ángeles, una casa de retiro que cuidan las hermanas religiosas Oblatas al Divino Amor.
Aquí es donde todos los martes que podemos venimos a hacer unas horas de retiro y descanso Patricio, Ramón, Concepción, Francisco y yo; reflexionamos las lecturas del domingo siguiente, las comentamos, sirviéndonos esto para las capacitaciones de los jueves y la homilía de las misas del fin de semana, almorzamos con las hermanas, descansamos, y oramos, compartimos nuestra experiencia a lo largo de la semana, intentamos ayudarnos, y después de un café o un pequeño refrigerio, regresamos a Tegucigalpa.
 

El miércoles pasado, Laura Sánchez, amiga que dirige Casa Zulema (proyecto que atiende a personas con VIH), avisada por Ramón, pasó a recogerme por la casa cural de la Monterrey  para traerme aquí con el fin de que hiciese el necesario y conveniente reposo absoluto que necesita mi pierna para restablecerse totalmente.
 Después de los casi dos meses en que Patricio ha andado de gira por España, la verdad es que el cansancio y el agotamiento se notan bastante. Así, obligado para poder recuperar la salud y evitar males mayores, el Señor me está regalando estos días de descanso. 
 

Ha sido muy provechoso, por la paz que aquí se respira, el silencio a veces casi absoluto, no hay buses, ni carros, ni gritos, no hay gente llamando constantemente a la puerta, ni siquiera hay gallos o perros que alboroten por las noches. El canto de los pájaros y los grillos es lo único que rompe el aire, aunque en las noches del fin de semana llegan los rescoldos del reguetón de la aldea cercana.  
El reposo ha significado estar en cama con la pierna en alto, sin moverme excepto para ir al baño, lo que ha dado lugar a un extenso tiempo para dedicar a la lectura: ya concluí el “Diario de Monseñor Romero”, que comencé hace unos días, y prosigo con “Vicarios de Cristo” de González Faus, una lectura que voy haciendo poco a poco y de cuando en cuando pues hay que asimilarla, pero que en esta ocasión he terminado, aunque tengo el firme propósito de seguir estudiándola. Continuaré con “Las ínsulas extrañas” de Ernesto Cardenal, segunda entrega de sus memorias, su experiencia en Solentiname. También me han traído algunas películas que veo por la noche en la computadora, y lo mejor es que tengo tiempo para escribir.
 La comunidad está formada por cinco religiosas, sor Evangelina y sor Carla de El Salvador, sor Norma y sor María Auxiliadora de Honduras y sor Cheli (Adelaida) de Méjico.  Su cuidado es exquisito: sus constantes atenciones, su cariño, su deseo de agradar, su ternura; yo siempre les digo que me consienten demasiado, pero ahora están llegando a unos límites insospechados. Además de los tres tiempos de comida, a media mañana y a media tarde cafecito con pan dulce, o fresco o una fruta, se llevan la camiseta que visto cada día para traerla lavada y planchada, si vienen a visitarme algunos amigos los cuidan igual de bien, siempre una atención y una acogida impecables. También utilizan todos los medios a su alcance para cuidar mi salud: baños de barro (que trajeron de Copán) en la zona inflamada de la pierna, que sor Norma va embebiendo con manzanilla, compresas impregnadas en infusión de Chichipince, una hierba que sólo se encuentra en El Salvador que cocina sor Evangelina; trajeron a  una doctora que pasó aquí el fin de semana y me vino a visitar cada día, asegurándome la mejoría y lo acertado del tratamiento. Y con todo esto su tiempo para compartir conmigo recuerdos, experiencias, para contarles mis impresiones de lo que voy leyendo, para bromear y reírnos. No contentas con todo esto, hasta han traído una cama articulada para mi total comodidad. Lo mejor de todo es que todas las tardes me traen la comunión. Una completa delicia.
 

Las visitas también ayudan, y mucho, Emerson ha venido varios días y pasamos buenos ratos juntos, Yessenia llegó con catorce voluntarios españoles con los que estuvimos platicando sobre su colaboración en el proyecto Populorum y explicándoles las características de cada una de las casas y el perfil de los muchachos, la familia de Claudia Rodríguez, Laura Sánchez. Y también mis compañeros Concepción, Ramón y Patricio con dos amigas, Mari Carmen y Elena. Yessenia regresó con Javier, Patricia y José Ángel una noche para acompañarme viendo una película, y otra con Jonathan y Jaime, y también ha venido Porfirio.
 Tiempo y espacio no sólo para descansar y desconectar, para ser cuidado y querido, un tiempo para reflexionar y orar, para centrarme, pensar, recolocar las cosas en el lugar adecuado, replantear mi trabajo y mi vida desde la objetividad que aportan  la distancia y la serenidad.
 

Siento que estos días son un regalo del Señor, que me ha traído aquí para enamorarme una vez más, para decirme lo mucho que me ama y me cuida, lo preocupado que está porque yo esté bien, lo importante que soy para Él.
  “Yo conduciré a Israel, mi esposa infiel, al desierto y le hablaré al corazón. Ella me responderá allá como cuando era joven, como el día en que salió de Egipto. (…) Israel, yo te desposaré conmigo para siempre. Nos uniremos en la justicia y la rectitud, en el amor constante y  la ternura; yo te desposaré en la fidelidad y entonces tú conocerás al Señor” (Os 2, 16.21-22).
 

Me ha apartado del bullicio y el revuelo y el ir y venir cotidiano para darme sosiego y respiro, para consentirme y darme las fuerzas que necesito recuperar para continuar la tarea siempre dichosa de construir su Reino.
  “Vengan a mi todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 28-30).
 

Por eso experimento a las hermanas, que me están cuidando con tanto esmero, como un verdadero y auténtico sacramento del amor de Dios. Por eso estoy cada día más enamorado de Él, enamorado de mi raptor.
 
 

 

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