Y van diecinueve.
Hoy, hace diecinueve años, fui ordenado sacerdote.
Me he levantado un poquito más temprano que estos días de retiro forzado para ducharme, afeitarme y estar listo a las 7,30 a.m., hora en qué quedé con las hermanas para celebrar la Eucaristía dando gracias a Dios por estos diecinueve años de vida sacerdotal.
He presidido sentado, con mi pierna enferma apoyada en una silla, para no permanecer de pie demasiado tiempo. La celebración ha sido sencilla, intima, muy enriquecedora con un evangelio del día muy apropiado “Rogad al dueño de la mies que envíe operarios a su mies”.
Después de desayunar con las hermanas en su comedor he regresado a mi cuarto donde he continuado en resto del día en cama y con la pierna en alto.
Pasado el mediodía han llegado Patricio, Ramón y Concepción con Mari Carmen y Elena, dos amigas también españolas; no han podido llegar antes porque unos resistoleros se han metido en la casa cural y no lograban sacarlos de allí (por lo visto iban dispuestos a saquear la bodega del contenedor) y hasta que no los han echado, entregándoles alguna cosa, no se han podido venir hacia acá.
Después que ellos han tenido su tiempo de orar y compartir en la capilla, mientras yo seguía con mi pierna estirada, las hermanas han preparado el café de costumbre, pero no en el comedor, como hacen usualmente, sino en la puerta del cuarto que yo ocupo, debajo del porche.
Entonces han aparecido las hermanas con una tarta decorada con las letras “FELICIDADES PADRE ANTONIO” de merengue blanco con adornos en color azul celeste. Después de la misa ya me habían cantado las mañanitas, sin embargo apareció de nuevo sor María Auxiliadora con la guitarra y entonando “Que detalle Señor has tenido conmigo”. Estas monjas son tremendas.
Diecinueve años, como quien no quiere la cosa. Uffff, me da escalofríos pensarlo. No sé cómo has hecho conmigo, Señor, pero lo tengo claro: has sido Tú. Es cierto que yo me he dejado conducir, llevar, guiar por ti. Tal vez no siempre he sido lo dócil que se esperaba de mi, pero Tú sabes que en mi corazón siempre he querido vivir un total abandono en ti, ese abandono de que habla aquella oración de Charles de Foucauld que ya aprendí en el grupo de Renovación Carismática de la parroquia Santa Ana de Cuenca, mi ciudad natal, y que luego continué profundizando en el seminario “Padre, me pongo en tus manos, haz de mi lo que quieras (…).”
Así, mi vida no ha sido exactamente lo que yo quería, ni lo que yo pensaba o pretendía, pero me he ido dejando seducir por ti, como me quiero seguir dejando seducir y conducir ahora.
En estos tiempos de tribulación en los que mejor es no hacer mudanza. En estos tiempos en los que “quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”. En estos tiempos en que “muero porque no muero”. En estos tiempos, como los de siempre, en los que el deseo de luchar por trabajar y construir una realidad distinta de la que me toca vivir está vivo, fresco, palpitante, como un corazón todavía prendido al resto de los órganos del cuerpo de que es motor, como un pez recién pescado tomando tierra, rabiando por regresar de nuevo al agua de que lo sacaron. Sigo sintiendo los mismos deseos de revolucionar, de re evolucionar hacía el corazón, hacia lo que siento y pienso en ese hilo invisible que une mi cerebro y mi corazón. Con esta fama de irreflexivo e impulsivo que tengo porque doy el golpe sin avisar, aunque haya estado meses, incluso años esperando que se dieran las condiciones que yo estimaba oportunas para lograrlo. Y pretendo continuar teniendo ese punto de adolescente locuelo, de enfant terrible, aunque quizá ya no lo soy, tan sólo en mi imaginación.
No puedo evitar mi disgusto con este mundo al que no pertenezco, en el que experimento un desarraigo radical, valga la redundancia, como no me siento de esta Iglesia, en la que me encuentro desubicado, con la que tantas veces, en especial la oficial, no me siento en comunión; pero no sólo con la jerárquica, de la que por el hecho de ser sacerdote formo parte, sino con la iglesia común de los fieles con la que trabajé en España en las distintas parroquias en las que participé, como de la de Honduras, siempre conforme, esclavizada por el consumismo y el formalismo, siempre triunfalista, poco evangélica, aferrada a lo tradicional, a lo ritual y cultual, muy poco dispuesta a creer en el Evangelio de Jesucristo, en la Salvación anunciada a los pobres, pero permanentemente dispuesta a manifestarse para defender sus privilegios, y renuente a defender la dignidad de las personas marginadas y olvidadas por la sociedad en la que esa iglesia vive.
Por eso experimento casi milagroso el continuar siendo sacerdote y continuar trabajando en medio de tanta frustración, pero con tanta esperanza de que las cosas, al menos en el ámbito en el que yo me muevo, pueda cambiar, llegando a estar más cerca de lo que muchos todavía soñamos. No sé muy bien si sigo trabajando y viviendo con ilusión o con resignación, tal y como está la situación sólo nos queda aquello de “ya que no puedo cambiar el mundo trataré de que el mundo no me cambie a mi”; yo lo refiero también a la Iglesia, ya que no la puedo cambiar, trataré firmemente de que ella no me cambie a mi.