Pobre Hombre Rico
Hay demasiadas cosas que contar y a medida que suceden intento pensar de qué modo plasmarlas en estas páginas.
Hace una semana escasa comenzaba contando mis primeras impresiones y apenas si hice una mera descripción de algunas situaciones, aunque creo que lo más importante es que sepan que soy muy feliz, que me siento muy dichoso de haber venido, y que, aunque huelo las dificultades y los posibles conflictos a medida que vaya aumentando mi implicación, no me pesa en absoluto.
De momento apenas estoy aterrizando, empezando a enterarme un poquito de por donde van los tiros, comenzando a fraguar lo que serán mis compromisos y responsabilidades.
Pero en medio de este proceso de adaptación a una nueva realidad, surgen experiencias que son definitivas, que me dan idea de lo adecuado de mi decisión y cómo Dios está ahí presente, providente, empujando mi historia personal.
Todos los viernes por la tarde celebramos la Eucaristía con los muchachos de la Populorum más cercana a nuestra casa, los jóvenes del CCJ, voluntarios y cooperadores hondureños y españoles. Ayer, en esa celebración, me hacía consciente una vez más de lo afortunado que soy, de cómo el Señor me regala constantemente oportunidades para mi crecimiento y desarrollo personal, crecimiento que debo poner al servicio de los demás; me sentía muy afortunado de poder compartir mi vida con tantas personas maravillosas, todos con nuestros defectos, pero todos dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos para transformar la realidad de nuestro mundo en esta parcela en que nos toca, o hemos elegido, vivir sabiendo que nuestra fuerza está en el mensaje del Evangelio, en nuestra capacidad para vivirlo y hacerlo realidad cada día.
Pensaba que, si bien he dejado muchas cosas en España, sigo teniendo mucho más que la mayoría de los que viven a mi alrededor. Es cierto que procuramos con nuestro trabajo mejorar la vida de aquellos a quienes tenemos posibilidad de ayudar, pero yo siempre siento que tengo demasiado. Vivir esta tensión, darme cuenta de lo que sucede a mi vera sin cerrar los ojos para no ver o los oídos para no escuchar, considero que es también un regalo permanente de Dios; ser consciente de todo lo que tengo y de todo lo que todavía tengo que abandonar para ser pobre.
Para colmo anoche comencé a releer uno de los pocos libros que traje en mis dos maletas “Vicarios de Cristo” de González Faus, editado por Trotta (os lo recomiendo), es una antología de textos sobre los pobres a lo largo de toda la historia de la Iglesia, empezando por los Padres griegos. Los primeros textos son dos homilías de San Basilio, ¿adivinan sobre qué textos del Evangelio? La parábola del rico que tuvo una gran cosecha y no sabía que hacer con sus silos llenos, y el pasaje del joven rico que marchó triste cuando Jesús le pidió vender sus posesiones; sendos textos a los que hice referencia en el compartir del siete de enero en Uclés, que han llamado poderosamente la atención en mi vida y que siempre me han cuestionado e interpelado.
Así, por si la realidad no fuese suficiente, el Señor me regala sustanciosas lecturas para que no pueda cerrar los ojos y viva la dicha de saberme especialmente amado por Él y necesitado de su misericordia para continuar caminando a pesar de mi pobreza y con mis riquezas.