Descubra Honduras
Descubra Honduras.
Doña Claudia Rodríguez, en su afán por mostrar las maravillas de Honduras -parece contratada como guía para el programa turístico VIVE HONDURAS que adorna con gallardetes toda Tegucigalpa-, se esmeró en animarme para acompañarla a visitar La Nora.
Así escrito y leído, o escuchado, parece el nombre de un parque nacional o similar ¿verdad?
Nada más lejos de la realidad. La Nora es un asentamiento junto al río Choluteca (justamente debajo del edificio del Tribunal Superior de Justicia, algunas de cuyas ventanas, desde las que este asentamiento se podría observar, están curiosamente selladas), de aguas nada cristalinas, más bien todo lo contrario, donde mal viven unas cuantas familias con tropecientos niños.
Hace un tiempo, no sé cuanto, alguien se acercó por allí y comenzó a reunir a los niños para formar una especie de escuelita con ellos; hubo suerte y dejaron una casita, construida con ladrillo y cemento (las aledañas son de tablas, cartón y chapa y dos de adobe sin cocer), para este fin; se consiguieron una donación de leche y algunos útiles, y con eso y algo más se echó a andar.
Al cabo de un tiempo el dueño de la casa retiró el préstamo, con lo que los niños que habían encontrado un lugar donde comenzar a ser atendidos dos días a la semana, aprendiendo a leer y escribir a la par que tomar un vaso de leche, se quedaron a la luna de Tegucigalpa. Creo que no hay que explicar, una vez más, que aquí los niños no pueden ir a la escuela pública si no tienen el uniforme, los zapatos y el material necesario; éstos, evidentemente, no lo tienen. Sin embargo la sabiduría divina no tiene límites: una vecina decidió acoger a los niños en su casa, y así en su patio, por llamarle de alguna manera, junto a dos de las madres de las criaturas, bajo un toldo hecho con unos listones y dos telas, reúne a los cipotes y los atiende dos días en semana.
Doña Claudia, ha continuado siempre interesada en el problema de La Nora, por lo que yo la llamo “la coordinadora” de la escuelita. Visto el interés de esta vecina y el apoyo de las madres, se estudió la posibilidad de atender de una manera más efectiva el proceso iniciado, contemplando la posibilidad de comprar la casita que se nos dejó durante un tiempo, para poder instalar de un modo definitivo la escuela. Después de visitar el lugar y ver a los muchachos aprender a escribir en aquellas condiciones dudé si involucrarme en el asunto y cómo. El caso es que la necesidad estaba delante de nuestros ojos y comprar la casa era cuestión de novecientos euros que yo tenía a mi disposición.
Una de las compañeras de España que comparten largas temporadas con nosotros, Elena, había solicitado ayuda a varios amigos, y estaba cerca de conseguirlo; pero yo ya lo tenía y no había por qué esperar más. Finalmente decidí entregar mil quinientos dólares del dinero que había traído de España y que vosotros me habíais entregado. Ya se ha comprado la casa y se está acondicionando, se ha comprado también algo del material escolar (útiles) que no había en el contenedor donde se guarda todo lo que se envía desde España y Canadá, y así se ha comenzado a andar.
Ya sabéis que en La Nora, junto al río Choluteca, en Tegucigalpa, una parte de los donativos que me entregasteis comienza a generar futuro.