Alfredo López Benítez
Han sido muchas horas de viaje por caminos difíciles, con tramos de puro lodo donde los carros se embarrancaban, se deslizaban saliendo a la cuneta, teniendo que halarlos con cuerdas en más de una ocasión. Lo más duro fue desde Santa Elena hasta Azacualpa, su comunidad, aunque también hubo algún tramo digno de respeto en el trayecto entre Marcala y Santa Elena. A la vuelta, además, una pequeña complicación a la entrada de la nueva casa Populorum, en construcción, de Marcala y finalmente una llanta punchada cerca de La Paz, en el carro en que yo viajaba, el de Santa Mónica, que manejaba Javier.
Con dolor en el corazón y también una serenidad grande regresábamos del viaje que había comenzado el día anterior.
Tegucigalpa se preparaba para amanecer triste y gris. Alrededor de quince para las cuatro, por la ventana del cuarto me despertaba la voz de uno de los muchachos:
-¡Padre, padre!
Carlos Navarrete e Isaías me avisaban que Alfredo agonizaba, había llamado una amiga de la familia. Rápidamente me vestí y avisé a Patricio de que me iba al hospital. Hacía dieciocho días que lo habían ingresado en el Hospital Escuela cuando había ido a realizarse unas pruebas por una supuesta anemia que finalmente diagnosticaron como leucemia. Con la ayuda del doctor Diego Sánchez, voluntario español, intentamos todo lo posible, hasta el planteamiento de enviarlo a Baltimore para un posible trasplante de médula si de sus hermanas alguna era compatible. Todos sus compañeros de las distintas casas Populorum de Tegucigalpa se pusieron manos a la obra para cuidarlo y atenderlo en todo lo necesario en la habitación en que estaba ingresado, y en la donación de sangre que se utilizaría para transfusiones.
Agarramos el primer carro disponible y al llegar a planta sobre la cama encontramos su cuerpo envuelto en un plástico blanco. Alfredo López Benítez. Edad 22 años. Expediente 2045503. Ingreso 23- 08-2006. Procedencia Col. Monterrey. Fallecimiento: 9-9-2006. 4:00 a.m.
Lo esperábamos, pero no me podía creer que no hubiésemos llegado a tiempo. Lo acompañaban su papá y su mamá y Meimy, una de sus compañeras de La Peña donde Alfredo residía este año. Los dos anteriores que participó del proyecto habitó en las casas que fueron de La Vega y Sinaí.
Alfredo, que participaba del proyecto Populorum Progressio desde hacía tres años, trabajaba como responsable de Becas Comunidades, alrededor de tres mil niños becados de distintos departamentos de Honduras eran los beneficiarios de su trabajo y del de todo su equipo (todos jóvenes Populorum) que camina codo con codo con Becas Tegucigalpa.
Estudiaba tercer curso de Bachillerato en Computación y Ciencias y Letras y se graduaba este año, una de sus grandes ilusiones; por eso estaba muy preocupado antes de su ingreso en el hospital, pues esos días eran los exámenes, y no quería quedarse en ninguna asignatura. Muy responsable en todo lo que hacía, se desvivía y daba todo de si en el trabajo, en el colegio, en la casa.
Fue un duro golpe no poder mirarle más, aquel plástico me daba sensación de frío y malestar, su padre intentaba agarrarle la mano y en vano se aferraba a la bolsa blanca que se escurría entre sus manos vacías, él, como la mamá lloraban en silencio.
La espera para que preparasen los certificados y papeles necesarios para su traslado duró varias horas, mientras tanto valoramos todo lo demás: dónde llevarlo, qué hacer, cómo; me ayudaron mucho tanto Isaías, como Meimy y Carlos, el compañero que lo acompañó al médico de casa Belén para ir después con él al hospital, el que estuvo pendiente de todos los detalles y del seguimiento médico desde que Alfredo ingresó, lo acompañaba también cuando lo único que se podía hacer era rodearlo de amor, de un amor que él ya percibía desde otra dimensión.
Sabíamos que el viaje era largo y que, posiblemente, se tardaría más de un día en darle sepultura, por lo que hubo que contratar una funeraria que nos indicó uno de los trabajadores de la morgue del hospital, desde donde lo llevamos hasta otro lugar donde arreglaron su cuerpo, de allí ya lo pudimos dejar en la casa de La Peña. Al llegar nos esperaban los compañeros de las cuatro casa de Tegucigalpa, más muchos de los voluntarios hondureños y españoles con los que trabajamos día a día, más compañeros y amigos del colegio junto con algunos profesores, quizá también algún vecino. Celebramos la Eucaristía que presidió Patricio y concelebramos Ramón Calero y yo, y al terminar partimos hacia su comunidad.
Sabía que querrían ir algunos de sus compañeros, pero finalmente salimos tres carros con las pailas llenas de gente, después se incorporaron el camión de las escuelas y el carro del proyecto Santa Mónica, nos precedía la pailita blanca que llevaba a los papás y el cuerpo de Alfredo custodiado por siete de sus compañeros de La Peña y Santa Clara, detrás todos los demás. Calculo que seríamos unos sesenta.
Cuando llegaron los problemas ya era oscuro, después de algún tramo peligroso, finalmente, el dos punto ocho viejo se deslizó hasta la cuneta, un momento antes comentaban quienes conocían el camino: ahora llega la cuesta en curva. Nos costó, pero entre todos y con la ayuda de los vecinos de la comunidad de Alfredo y algunas otras cercanas que habían salido a esperarnos al camino en Santa Elena, logramos sacarlo de allí. Entonces era otro de los carros el que no caminaba, el camión y Santa Mónica los dejaron parqueados, aunque aún quedaba un buen trecho por recorrer; sólo el pailita, manejado por Jaime, se adelantó y llegó de un solo hasta la casa de los papás.
Los que habíamos bajado de los carros y no anduvimos listos tuvimos que continuar caminando. Llovía, el piso de la calle era puro lodo y la luna a pesar de que era llena no nos mostraba su resplandor, pues la ocultaban las nubes. Así, agarrados unos a otros hicimos el camino, a oscuras, deslizándonos sobre el barro y apoyados unos en otros sin saber muy bien el camino, divisando algunas luces al margen que nos podían despistar. Cuando los últimos llegamos a la casa ya estaba abarrotada de gente y el delegado de la Palabra había comenzado la oración. El cajón que contenía su cuerpo estaba colocado sobre una mesa vestida de blanco, como las paredes y el techo, adornado con flores, campánulas rosadas colgaban de arriba como flecos de un dosel y en las paredes prendidas calas blancas (mi flor preferida en la preparación de los adornos para la celebración de la Pascua) con hojas verdes de distintos tipos y tamaños. Después de terminar su rezo los delegados, celebramos la Eucaristía dominical acompañados también por el padre Ramón Calero que venía con nosotros desde Tegucigalpa; el Señor se hacía presente en medio de nosotros junto al cuerpo de nuestro hermano y querido compañero Alfredo, también con su Cuerpo, pero éste resucitado, como transmitiendo la Vida.
Mientras caminábamos para llegar hasta la casa entendía que eso que estábamos haciendo era la vida: caminar abrazados, apoyándonos unos en otros, sujetándonos cuando peligrábamos caer, impidiendo perdernos siguiendo a aquellos que conocían el camino mejor que nosotros, sin desviarnos, en el camino algunos no podían más y el Señor los había chineado para que no padecieran más y eso era lo que el Señor había hecho con Alfredo, la enfermedad lo había deteriorado rápidamente y Dios lo elevo sobre sus hombros, y ahí caminaba a nuestro lado; a oscuras sin ver apenas, a ciegas, soportando el cansancio y la incertidumbre de saber qué más podía pasar todavía caminábamos, pero unidos, sin dejar que nadie se extraviara.
Y a pesar del dolor por la muerte del amigo, del hijo, me sentía feliz por que sé que estoy aquí para caminar a la par de este pueblo, de estos jóvenes, de estos muchachos y muchachas que saben dejarlo todo para trabajar y luchar, para acompañar en el dolor y liberar.
Después de intentar velar su cuerpo durante la noche, a pesar de las numerosas y prolongadas cabezadas, con cantos y más cantos y un poco de café, en la oración silenciosa, en medio de un paraje formidable, que ahora comenzábamos a vislumbrar, amanecía suavemente.
Nos despedimos de Alfredo en una última oración, y de sus padres con un abrazo cálido y sincero, y regresamos hacia Tegucigalpa, para continuar caminando.
Gracias, Señor, por Alfredo, gracias por toda su vida llena de amor y generosidad para las gentes de las comunidades rurales de Honduras y de cariño para todos nosotros, gracias por el don de la vida; pero no sólo por esta de aquí, sino por toda completa, por esa a la que Alfredo amanece para la eternidad.