
Archive for Noviembre, 2006
THE SOUND OF MUSIC
(EL SONIDO DE LA MÚSICA).
Ayer por la mañana, unas quince personas (voluntarios españoles y canadienses, jóvenes del proyecto Populorum y colaboradores de la Monterrey), nos acercábamos al Conservatorio Nacional de Música para asistir al concierto programado por alumnos y profesores de este centro en el que participaba como intérprete Daniel Mezza.
Daniel, apodado por algunos de sus compañeros de las casas Populorum “Mozart”, o “el pianista” por otros, pasa gran parte de las tardes en la segunda planta de la Monterrey ensayando en el piano electrónico que adquirió Patricio para fomentar la educación musical de los jóvenes. Al acabar el curso ofrecían este concierto para demostrar sus habilidades, los conocimientos adquiridos, e ir afrontando el aparecer ante un público y perder el miedo escénico.
El conservatorio está en el centro de Tegucigalpa, cerca de la iglesia de los Dolores, un poco más arriba, al iniciar la subida al barrio de la Leona, una zona de casas decimonónicas de estilo neo colonial envejecidas y abandonadas, nostálgicas de un presunto pasado de esplendor y magnificencia. Decir que el aspecto del edificio es decadente es un eufemismo, un antiguo edificio de piedra rosada de sillar almohadillado tosco, con los dinteles de las puertas en arco de medio punto y un soportal de entrada amplio y luminoso en la mañana fría y soleada. Un palo de mango cubre prácticamente todo el edificio de la vista desde la calle y ofrece el refresco de su sombra bajo la que cobijarse el los calurosos días tegucigalpeños. Un patio semi pavimentado rodea el edificio, nada más entrar se percibe el abandono y el desastre, sillas rotas, paneles de madera carcomida y tablones y listones de distintos tamaños para dividir las aulas, paredes sin pintar desde hace años, techos desvencijados, cristales rotos en las ventanas, ninguna persona que indique dónde o cómo es el concierto. Un barracón de madera con techo de plancha de zinc o uralita dónde sobre los dinteles de las puertas rezan los nombres de distintos instrumentos: flauta, violín, oboe, clarinete, no se sabe si son aulas o almacenes, mas sospecho lo primero. Desolación. Comienzo a tomar fotos y un perspicaz joven sentado en un poyo de piedra me llama y me indica que si quiero hacer una buena foto que pase a la sala de conciertos, dudo por instante y él me indica el espacio: un patio interior de acesso a los aseos y algún aula en el que sobre unas vigas de madera unas chapas metálicas hacen las veces de techumbre, en la esquina del fondo un piano de pared Yamaha es acariciado con suavidad por las manos de un joven que resultará ser profesor de piano y presentador del evento.
Guitarra, piano, violín, flauta travesera, y finalmente también batería y bajo, van desgranando el pequeño y familiar concierto que concluye con la interpretación, por parte de los profesores, de “Días de vino y rosas”, algo similar a una pieza de swing o jazz, o ambos mezclados, no sé muy bien, pero que suena muy agradable, apacible y reconfortante.
En medio de aquel espacio que en cualquier casa de España no se utilizaría más que como corral o, a lo sumo, para resguardar el carro de las inclemencias del tiempo, Daniel nos ha ofrecido su primer concierto a algunos de los que, tarde a tarde, nos sentamos en el sofá de la segunda a escucharle ensayar mientras, a veces charlamos, consultamos, o alguien lee o estudia; él permanece impávido frente a la pared concentrado en su tarea que va dando fruto, desgranando las notas de su instrumento de estudio.
Daniel ama la música y, a pesar de que su obsesiva dedicación no le deja tiempo para apenas nada más, apoyamos su opción y le animamos a que continúe en el camino que ha elegido y en el que se le ve tan ilusionado y satisfecho. Ver a Daniel y la falta de recursos de todo tipo que cualquier joven (que no pertenezca a una familia adinerada) encuentra aquí para estudiar y formarse me traslada a las “charlas” que en Landete, Frederic, Belén, Jorge y yo, teníamos con Olivia, mi sobrina de doce años, cuando no hacía el esfuerzo por estudiar con su violín un rato cada día para reforzar las clases que cada sábado recibe en una escuela privada en Valencia.
No son dos mundos distintos, no son dos sociedades, es uno y el mismo injusto y desigual que entre todos propiciamos si no lo combatimos.
Y tú, Señor, templa mis cuerdas, afíname, se tú el interprete y yo tu instrumento, para que mi vida sea el sonido de la música.
LOS HIJOS QUE NO TUVIMOS
“Hoy, veintiocho de abril de dos mil seis, en Tegucigalpa, distrito municipal central, la empresa estudiantil Tortillería La Hondureña queda constituida legalmente.”
Así, protocolariamente, quedaba constituida la empresa de la que forma parte uno de los muchachos con quienes compartimos casa y vida en la Monterrey, del proyecto Populorum Progressio, Denis Gámez , en un evento organizado por el instituto en que está cursando sus estudios de Bachillerato de Comercio.
Ese mismo día, unas horas antes, comenzaba la celebración del matrimonio de Marco Antonio y Alejandra Liena en el Cristo de El Picacho. Marco Antonio fue uno de los jóvenes que, con ayuda de Patricio, comenzaron el proyecto de ayuda a jóvenes estudiantes de comunidades, Populorum.
En ambas celebraciones actué como testigo; en la de Marco Antonio y Liena como concelebrante, junto a Patricio, de la Eucaristía; en la de Denis como padrino y mentor de la empresa.
En ambas sentí la profunda emoción y el agradecimiento, a ellos y al Señor, de permitirme compartir momentos cruciales de su vida.
Así es la cosa, los hijos que no tuvimos nos crecen por docenas, multiplicando la responsabilidad y el amor que ello conlleva; dentro de unos meses llegarán las graduaciones y rodarán las lágrimas al contemplar orgulloso y satisfecho a la familia que Dios me ha regalado.
Merece la pena todo el trabajo y el esfuerzo y la dedicación prestada, también regalo de Dios, ellos son el mejor regalo, contemplar como salen adelante, como, aunque hayan dejado el proyecto, continúan cerca y participan de este estilo de vida; como siguen trabajando por sus comunidades y gestionan y dirigen proyectos de desarrollo para ellas, como persisten en su formación personal de un modo solidario, descubrir su sensibilidad ante los problemas de quienes les rodean, la búsqueda incansable por colaborar y participar del mismo proyecto de vida, el esfuerzo por construir una Honduras más justa, menos agresiva, más equitativa, menos dolorosa, más desarrollada, menos turbulenta.
Decía Luis Eduardo Aute: “Los hijos que no tuvimos descienden por las cloacas”; yo reescribo y canto: “ Los hijos que no tuvimos florecen y fructifican, bendito el Dios de la Vida que agiganta el corazón.”
Ahora, cuando acabo de escribir esta página estamos en noviembre, y aquí en Honduras es época de exámenes finales, de graduaciones y de recogida de frutos de todo lo invertido en muchos años, con bastante esfuerzo, unos con más ahínco que otros. El próximo miércoles veintidós se gradúa Porfirio(!) en la universidad, es la única gaduación a la que podré asistir, no así a la de Dany, ni a la de Manuel, ni a la de Dennis, ni a la de Amparo, porque ya estaré en España pasando unos días. Me libro, por lo tanto de torrentes de lágrimas, recordando también a Alfredo que ya se ha graduado en la Jerusalén del Cielo, viendo a los hijos que me ha dado la historia crecer y superarse. A todos ellos, y en especial al primero, dedico estas letras, con todo mi afecto.
(!)Porfirio no participa en el proyecto populorum, es uno de los jóvenes voluntarios de la parroquia que han alternado sus estudios con las máximas responsabilidades en el trabajo que aquí desarrollamos, en lo que llamamos CCJ, Centro de Capacitación Juvenil, anexo a la casa Cural.
La canción del agua
Hace ya unos días que han comenzado las lluvias. No sé por qué exactamente, pero tenía muchas ganas de que llegaran. Hasta ahora ha habido alguna que otra tormenta con gran cantidad de agua, aisladas, no este llover continuo de ahora. No sé si es nostalgia de lo que no viví pero soñé en el cine o reportajes de televisión, en la literatura hispanoamericana, o en mi propia imaginación, añoraba este caer agua incansable que por momentos redobla o triplica sus fuerzas, anega las calles convirtiéndolas en ríos, transforma las cuestas en torrentes y quebradas, deja lagos y pozas en los cráteres que impiden el tráfico en las calles y dignifica los cauces que impetuosos y poderosos se alegran y avanzan orgullosos por sus cuencas. Si en algún momento luce el sol toda la naturaleza se muestra exuberante y magnífica en el verdor brillante y portentoso de los árboles y arbustos, en la limpieza del aire, en el resplandor del cielo azul, luminoso.
En la celebración de la eucaristía en el sector parroquial de la Peña por bajo, escuchaba la canción del agua. El agua golpea en distintos ritmos y secuencias las planchas de zinc del tejado del pequeño templo construido con maderas pintadas de color blanco crudo y malva, los bordes de las canaletas de las planchas dejan caer recias madejas de agua que persisten en el interior del alero en gruesas gotas que finalmente se estampan contra el suelo de tierra y arena que rodea la iglesia, el agua se descuelga del cielo en breves bramidos aplaudiendo sobre los charcos y la hierba destinada a agostarse que recupera súbitamente su verdor, los hilos de agua llovida acariciaos por los dedos del viento interpreta su melodía en esta peculiar arpa. Desde casa escucho silbar el aire entre la lluvia y caer decididamente golpeando la plancha termoacústica (así llaman aquí a una especie de onduline) del tejado e introduciéndose en el patio a través de la gran reja que llena de luz el pasillo y, en el atardecer, de luz dorada.
Para mí escuchar la lluvia es como escuchar una canción, me pregunto cómo lo escucharán mis vecinos cuya vivienda, si así se puede llamar, son unas maderas y unas chapas de barriles alisados y trozos de metal o cartones; cómo para aquellos a los que deja incomunicados durante días en las comunidades que visitábamos días atrás; cómo a los que tienen que hacer resurgir sus casas de entre el lodo de un derrumbamiento a causa de las lluvias; cómo a los que en esta época del año todavía recuerdan con pavor el Mitch que nunca han podido ni podrán olvidar; cómo a los que se han asentado en las riveras de los ríos y rezarán, en medio de la noche, para que en la mañana su nivel no haya subido demasiado y todavía se encuentren donde están ahora y no llevados por la corriente.
El sonido es el mismo, pero qué distinta suena la canción del agua.