Archive for Julio, 2008

CELSO

Celso es una de las personas más entrañables que he conocido. Tenía las rarezas propias de una persona mayor, pero eso, incluso con las desavenencias que pudimos tener, fruto de la falta de comunicación y de la magnificación de los malentendidos, no quita para el cariño sincero y el respeto profundo que siento por él.
 

Siempre decía aquello de “Dios nos libre del día de las alabanzas”; y ahora estoy aquí con las manos en el teclado, haciendo eso que a él tanto le disgustaba. Pero no puedo renunciar, ni quiero, al impulso de reconocer su gran valor personal al tiempo que elevo una oración hacia lo alto buscando su protección y alentando su recuerdo.
 

Lo conocí, como a Emilio y a Pepín, en la Granja Escuela “El Colmenar” de Huete, de la mano de Jesús Llorente, el Maño, cuando comenzaba, siendo sacerdote recién ordenado, la Prestación Social Sustitutoria para los objetores de conciencia al servicio militar obligatorio, allá por el año noventa y uno. Trabajamos juntos por un periodo de cinco o seis años, hasta que dejé de colaborar con el proyecto socio pedagógico “Escuelas para la Vida” que desarrolla el Colectivo Taller de Cultura y Educación Popular. Fueron unos años preciosos de mi vida, creo que de la vida de todos los que participamos en ello, en los que aprendí ¡tantas cosas! Y de los que disfruté tanto y tan plenamente, con tanta intensidad, que es muy difícil resumirlo ahora en unas pocas líneas.
 

Era un hombre profundamente religioso, de una fe recia, sin abalorios, ni espiritualidades difusas entontecedoras, un hombre creyente a carta cabal que recordaba la vivencia religiosa de su juventud y madurez en su pueblo natal de la provincia de Ávila y después de la emigración en Vallecas, Madrid, pero que concebía que aquello que hacíamos comprometiendo la vida entera con los chavales a los que atendíamos, presos de la dependencia de las drogas, en la Granja, era la manera efectiva de construir el Reino de Dios, optando de una manera radical por el Evangelio de Jesucristo. Recuerdo como más de un año en la fiesta del Corpus, me felicitaba con un abrazo y un beso, y nos decía: “Hoy es la fiesta del amor más grande”.
 

“Las cosas de Celso” muchas veces impedían trabajar de un modo más racional, u organizado, pero todos respetábamos sus manías, aunque a veces torciéramos el gesto. Sin embargo su fortaleza, su voluntad,  su dedicación, su constancia, su valentía y su coraje son el mejor regalo y la mejor herencia.
 

Me escribe Pepín, con inevitable e inmenso dolor, que sus restos, una vez incinerado, han sido esparcidos en la Granja, como era su expreso deseo. Sus cenizas serán semilla de humanidad nueva en aquella tierra que laboró con tanta ilusión, y se fundirán con las de su hijo Javi, fallecido víctima del sida, sepultadas bajo un olivo debajo de la sala de estudio.
 

Abuelo Celso, vuela incansable hacia el Padre y, desde su regazo, sigue impulsando nuestro ardor por vivir implicados en la tarea de construir, juntos y entre todos, el Reino de Dios que es Justicia, Amor y Paz: la Nueva Humanidad.
 

 

Comentarios

Y van diecinueve.

 


 

8 de julio de 2008. Y van diecinueve. 8 de julio de 2008.
 
Hoy, hace diecinueve años, fui ordenado sacerdote.
Me he levantado un poquito más temprano que estos días de retiro forzado para ducharme, afeitarme y estar listo a las 7,30 a.m., hora en qué quedé con las hermanas para celebrar la Eucaristía dando gracias a Dios por estos diecinueve años de vida sacerdotal.


He presidido sentado, con mi pierna enferma apoyada en una silla, para no permanecer de pie demasiado tiempo. La celebración ha sido sencilla, intima, muy enriquecedora con un evangelio del día muy apropiado “Rogad al dueño de la mies que envíe operarios a su mies”.
Después de desayunar con las hermanas en su comedor he regresado a mi cuarto donde he continuado en resto del día en cama y con la pierna en alto.


Pasado el mediodía han llegado Patricio, Ramón y Concepción con Mari Carmen y Elena, dos amigas también españolas; no han podido llegar antes porque unos resistoleros se han metido en la casa cural y no lograban sacarlos de allí (por lo visto iban dispuestos a saquear la bodega del contenedor) y hasta que no los han echado, entregándoles alguna cosa,  no se han podido venir hacia acá.


Después que ellos han tenido su tiempo de orar y compartir en la capilla, mientras yo seguía con mi pierna estirada, las hermanas han preparado el café de costumbre, pero no en el comedor, como hacen usualmente, sino en la puerta del cuarto que yo ocupo, debajo del porche.
Entonces han aparecido las hermanas con una tarta decorada con las letras “FELICIDADES PADRE ANTONIO” de merengue blanco con adornos en color azul celeste. Después de la misa ya me habían cantado las mañanitas, sin embargo apareció de nuevo sor María Auxiliadora con la guitarra y entonando “Que detalle Señor has tenido conmigo”. Estas monjas son tremendas.


Diecinueve años, como quien no quiere la cosa. Uffff, me da escalofríos pensarlo. No sé cómo has hecho conmigo, Señor, pero lo tengo claro: has sido Tú. Es cierto que yo me he dejado conducir, llevar, guiar por ti. Tal vez no siempre he sido lo dócil que se esperaba de mi, pero Tú sabes que en mi corazón siempre he querido vivir un total abandono en ti, ese abandono de que habla aquella oración de Charles de Foucauld que ya aprendí en el grupo de Renovación Carismática de la parroquia Santa Ana de Cuenca, mi ciudad natal, y que luego continué profundizando en el seminario “Padre, me pongo en tus manos, haz de mi lo que quieras (…).”


Así, mi vida no ha sido exactamente lo que yo quería, ni lo que yo pensaba o pretendía, pero me he ido dejando seducir por ti, como me quiero seguir dejando seducir y conducir ahora.
En estos tiempos de tribulación en los que mejor es no hacer mudanza. En estos tiempos en los que “quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”. En estos tiempos en que “muero porque no muero”. En estos tiempos, como los de siempre,  en los que el deseo de luchar por trabajar y construir una realidad distinta de la que me toca vivir está vivo, fresco, palpitante, como un corazón todavía prendido al resto de los órganos del cuerpo de que es motor, como un pez recién pescado tomando tierra, rabiando por regresar de nuevo al agua de que lo sacaron. Sigo sintiendo los mismos deseos de revolucionar, de re evolucionar hacía el corazón, hacia lo que siento y pienso en ese hilo invisible que une mi cerebro y mi corazón. Con esta fama de irreflexivo e impulsivo que tengo porque doy el golpe sin avisar, aunque haya estado meses, incluso años esperando que se dieran las condiciones que yo estimaba oportunas para lograrlo. Y pretendo continuar teniendo ese punto de adolescente locuelo, de enfant terrible, aunque quizá ya no lo soy, tan sólo en mi imaginación.


No puedo evitar mi disgusto con este mundo al que no pertenezco, en el que experimento un desarraigo radical, valga la redundancia, como no me siento de esta Iglesia, en la que me encuentro desubicado, con la que tantas veces, en especial la oficial, no me siento en  comunión; pero no sólo con la jerárquica, de la que por el hecho de ser sacerdote formo parte, sino con la iglesia común de los fieles con la que trabajé en España en las distintas parroquias en las que participé, como de la de Honduras, siempre conforme, esclavizada por el consumismo y el formalismo, siempre triunfalista, poco evangélica, aferrada a lo tradicional, a lo ritual y cultual, muy poco dispuesta a creer en el Evangelio de Jesucristo, en la Salvación anunciada a los pobres, pero permanentemente dispuesta a manifestarse para defender sus privilegios, y renuente a defender la dignidad de las personas marginadas y olvidadas por la sociedad en la que esa iglesia vive.


Por eso experimento casi milagroso el continuar siendo sacerdote y continuar trabajando en medio de tanta frustración, pero con tanta esperanza de que las cosas, al menos en el ámbito en el que yo me muevo, pueda cambiar, llegando a estar  más cerca de lo que muchos todavía soñamos. No sé muy bien si sigo trabajando y viviendo con ilusión o con resignación, tal y como está la situación sólo nos queda aquello de “ya que no puedo cambiar el mundo trataré de que el mundo no me cambie a mi”; yo lo refiero también a la Iglesia, ya que no la puedo cambiar, trataré firmemente de que ella no me cambie a mi.

 

 

Comentarios

Síndrome de Estocolmo

2  al 14 de julio de 2008.
  Para que me recupere de la tremenda contusión en mi pierna, agravada por no hacer el reposo necesario desde el primer momento (las necesidades obligan), complicada con una infección interna, me han traído como secuestrado a Casa San José, en Valle de Ángeles, una casa de retiro que cuidan las hermanas religiosas Oblatas al Divino Amor.
Aquí es donde todos los martes que podemos venimos a hacer unas horas de retiro y descanso Patricio, Ramón, Concepción, Francisco y yo; reflexionamos las lecturas del domingo siguiente, las comentamos, sirviéndonos esto para las capacitaciones de los jueves y la homilía de las misas del fin de semana, almorzamos con las hermanas, descansamos, y oramos, compartimos nuestra experiencia a lo largo de la semana, intentamos ayudarnos, y después de un café o un pequeño refrigerio, regresamos a Tegucigalpa.
 

El miércoles pasado, Laura Sánchez, amiga que dirige Casa Zulema (proyecto que atiende a personas con VIH), avisada por Ramón, pasó a recogerme por la casa cural de la Monterrey  para traerme aquí con el fin de que hiciese el necesario y conveniente reposo absoluto que necesita mi pierna para restablecerse totalmente.
 Después de los casi dos meses en que Patricio ha andado de gira por España, la verdad es que el cansancio y el agotamiento se notan bastante. Así, obligado para poder recuperar la salud y evitar males mayores, el Señor me está regalando estos días de descanso. 
 

Ha sido muy provechoso, por la paz que aquí se respira, el silencio a veces casi absoluto, no hay buses, ni carros, ni gritos, no hay gente llamando constantemente a la puerta, ni siquiera hay gallos o perros que alboroten por las noches. El canto de los pájaros y los grillos es lo único que rompe el aire, aunque en las noches del fin de semana llegan los rescoldos del reguetón de la aldea cercana.  
El reposo ha significado estar en cama con la pierna en alto, sin moverme excepto para ir al baño, lo que ha dado lugar a un extenso tiempo para dedicar a la lectura: ya concluí el “Diario de Monseñor Romero”, que comencé hace unos días, y prosigo con “Vicarios de Cristo” de González Faus, una lectura que voy haciendo poco a poco y de cuando en cuando pues hay que asimilarla, pero que en esta ocasión he terminado, aunque tengo el firme propósito de seguir estudiándola. Continuaré con “Las ínsulas extrañas” de Ernesto Cardenal, segunda entrega de sus memorias, su experiencia en Solentiname. También me han traído algunas películas que veo por la noche en la computadora, y lo mejor es que tengo tiempo para escribir.
 La comunidad está formada por cinco religiosas, sor Evangelina y sor Carla de El Salvador, sor Norma y sor María Auxiliadora de Honduras y sor Cheli (Adelaida) de Méjico.  Su cuidado es exquisito: sus constantes atenciones, su cariño, su deseo de agradar, su ternura; yo siempre les digo que me consienten demasiado, pero ahora están llegando a unos límites insospechados. Además de los tres tiempos de comida, a media mañana y a media tarde cafecito con pan dulce, o fresco o una fruta, se llevan la camiseta que visto cada día para traerla lavada y planchada, si vienen a visitarme algunos amigos los cuidan igual de bien, siempre una atención y una acogida impecables. También utilizan todos los medios a su alcance para cuidar mi salud: baños de barro (que trajeron de Copán) en la zona inflamada de la pierna, que sor Norma va embebiendo con manzanilla, compresas impregnadas en infusión de Chichipince, una hierba que sólo se encuentra en El Salvador que cocina sor Evangelina; trajeron a  una doctora que pasó aquí el fin de semana y me vino a visitar cada día, asegurándome la mejoría y lo acertado del tratamiento. Y con todo esto su tiempo para compartir conmigo recuerdos, experiencias, para contarles mis impresiones de lo que voy leyendo, para bromear y reírnos. No contentas con todo esto, hasta han traído una cama articulada para mi total comodidad. Lo mejor de todo es que todas las tardes me traen la comunión. Una completa delicia.
 

Las visitas también ayudan, y mucho, Emerson ha venido varios días y pasamos buenos ratos juntos, Yessenia llegó con catorce voluntarios españoles con los que estuvimos platicando sobre su colaboración en el proyecto Populorum y explicándoles las características de cada una de las casas y el perfil de los muchachos, la familia de Claudia Rodríguez, Laura Sánchez. Y también mis compañeros Concepción, Ramón y Patricio con dos amigas, Mari Carmen y Elena. Yessenia regresó con Javier, Patricia y José Ángel una noche para acompañarme viendo una película, y otra con Jonathan y Jaime, y también ha venido Porfirio.
 Tiempo y espacio no sólo para descansar y desconectar, para ser cuidado y querido, un tiempo para reflexionar y orar, para centrarme, pensar, recolocar las cosas en el lugar adecuado, replantear mi trabajo y mi vida desde la objetividad que aportan  la distancia y la serenidad.
 

Siento que estos días son un regalo del Señor, que me ha traído aquí para enamorarme una vez más, para decirme lo mucho que me ama y me cuida, lo preocupado que está porque yo esté bien, lo importante que soy para Él.
  “Yo conduciré a Israel, mi esposa infiel, al desierto y le hablaré al corazón. Ella me responderá allá como cuando era joven, como el día en que salió de Egipto. (…) Israel, yo te desposaré conmigo para siempre. Nos uniremos en la justicia y la rectitud, en el amor constante y  la ternura; yo te desposaré en la fidelidad y entonces tú conocerás al Señor” (Os 2, 16.21-22).
 

Me ha apartado del bullicio y el revuelo y el ir y venir cotidiano para darme sosiego y respiro, para consentirme y darme las fuerzas que necesito recuperar para continuar la tarea siempre dichosa de construir su Reino.
  “Vengan a mi todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 28-30).
 

Por eso experimento a las hermanas, que me están cuidando con tanto esmero, como un verdadero y auténtico sacramento del amor de Dios. Por eso estoy cada día más enamorado de Él, enamorado de mi raptor.
 
 

 

Comentarios

Ahora la realidad

27 de junio de 2008.
 

Ahora que estoy obligándome a hacer reposo por una contusión en la pierna derecha en la descarga de un contenedor proveniente de Canadá, aprovecho para leer un poco más. Entre otras cosas leo el diario de monseñor Romero, regalo de Concepción y sus hermanos que anduvieron estos días pasados por San Salvador. Veo lo importante que es escribir, o grabar como monseñor hacía, cada noche un poquito de lo vivido a lo largo de la jornada. La verdad es que muchos días ni tiempo ni ganas me quedan de escribir, sin embargo, en otras ocasiones, lo que impide escribir es la falta de asimilación de lo vivido. Tengo mucho tiempo, más de dos o tres meses de querer expresar muchos de los sentimientos, emociones, vivencias, pero me siento incapaz de expresar con precisión todo esto sin llevar alarma a quienes compartís estos escritos. Me siento responsable ante vosotros de dar una imagen distorsionada o tendenciosa de lo que pasa por aquí, y eso me paraliza; también el no tener todos los datos necesarios y ser consciente de que debería investigar más antes de caer en vaguedades u obviedades.
 

La realidad es que las cosas están mal, a todos los niveles y en todos los campos, y eso afecta mucho a todo el trabajo que realizamos porque afecta a las personas. Hay un grito, un clamor sordo que en algún momento se ha hecho oír, pero que después se ha frenado, cuando debiera haber continuado como una proclama multitudinaria y valerosa para defender los derechos de una población permanentemente maltratada y ofendida por las actitudes de la inmensa mayoría de sus dirigentes políticos. La huelga de hambre de siete fiscales, a los que luego se unieron más personas, protestando contra la corrupción del fiscal general del estado, que duró treinta y ocho días, fue como una bocanada de esperanza de que debajo del conformismo había un pueblo en marcha dispuesto a trabajar y dejarse la voz y la piel por evitar que los continúen pisoteando. La marcha por la vida del P. Tamayo también nos animaba a seguir unidos en la lucha por conseguir la defensa de los bosques evitando la destrucción de éstos por las grandes compañías madereras extranjeras. También hace más tiempo, ya el año pasado, las protestas contra la ley de minería actual y el proceso de renovación de dicha ley. Sin embargo, a la larga, pareciera que todo queda en nada.
 

La realidad de cada día es que los precios de los productos básicos continúan subiendo imparables y que la población en muchos casos, cada vez más numerosos y extendidos no tienen qué comer. ¿Cómo se puede luchar y contra qué o contra quiénes cuando no se tiene lo imprescindible para vivir?, ¿de dónde se sacan las fuerzas para luchar sino hay ni para moverse?,  ¿cómo no va a haber violencia si la población juvenil (y la adulta en muchos casos) está destinada al desamparo social y familiar, el desempleo y la inactividad?, ¿cómo se va a organizar la población si no hay líderes con las ideas claras y parece que unos y otros se movieran por intereses oscuros?, ¿que hacer cuando un niño de catorce años te confiesa fríamente que ya ha asaltado a más de diez personas con arma blanca porque está harto de ver la miseria que hay en su casa?.
 

Por su parte la Iglesia Católica lleva entre manos una campaña a nivel nacional contra la violencia, pero en la prédica parece que se analiza insuficientemente la realidad y que se quieren solucionar las consecuencias sin atender a las causas, porque la paz es fruto de la justicia, necesitamos luchar contra la injusticia para lograr la paz, no conformarnos con gritar:¡ no matarás!. No es que la jerarquía de la Iglesia no tenga esto claro, no me quejo de los obispos, pero la actitud general de la Iglesia hondureña, al menos de los sectores parroquiales en los que yo me muevo y en la actitud de los sacerdotes en general,  no parece de denuncia de la cruda realidad y de la situación de pobreza extrema que lleva a la tremenda violencia que existe en la sociedad hondureña, consecuencia de la actitud irresponsable de los políticos corruptos y de la reducida oligarquía nacional, insensibles ante el tremendo sufrimiento de este pueblo empobrecido que parece callado y conformista. Dios sabe cuántas humillaciones y abusos han sufrido a lo largo de los siglos, y continúan sufriendo, por parte de unos y otros.
 

No es que hasta ahora desde que llegué a Honduras hace dos años y medio, haya estado con los ojos vendados o vendidos, pero la dureza de la vida de los empobrecidos se me aparece ahora con mayor crudeza y desgarro, tanto que parece insoportable. No sé si estoy más  cansado y estresado por el trabajo, o que me siento con menos fuerzas, o que, como sospecho, es que la realidad es más sangrante cada día.
 

En medio de esta crudeza y de este dolor sólo la confianza en el Señor me da ánimos para seguir. Realmente esto no cambia si los que tienen los medios y los instrumentos para hacerlo no lo hacen, y ellos, evidentemente, no quieren hacerlo.
 

Danos, dame, Señor, la fuerza para poder ser capaz cada día de lograr poner el parche que me toca, como los de morfina para los enfermos terminales, para paliar en lo posible tanto dolor, tanto sufrimiento y tanta desesperación. Sé que no es suficiente, pero creo que es lo poco que yo puedo hacer. Cuantos más seamos los que trabajamos poniendo parches, si además lo hacemos de manera coordinada y conjunta, tal vez el remiendo nos dé para un vestido nuevo que vista de fiesta a esta Honduras que tanto amamos y tanto nos duele.
 

 

 

 

 

 

Comentarios