MISERERE
21 de julio de 2008.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, porque no te puedes negar a ti mismo, que eres siempre fiel, siempre amor, que acompañas al humano en su debilidad radical,
por tu inmensa compasión borra mi culpa, porque eres compasivo creo en ti, porque te hiciste humano y comprendes y has asumido nuestra limitación, nuestra pobreza.
lava del todo mi delito, purifica, renueva, sana, transforma, recrea, redime,
limpia mi pecado. Hasta lo más oscuro de mi vida, lo que ni siquiera yo mismo quiero reconocer, lo que mi subconsciente ha olvidado. Limpia mi vida de la infamia, de la deslealtad, del abuso de autoridad, del permisivismo y la idolatría a la comodidad, a la vida fácil y a la despreocupación.
Pues yo reconozco mi culpa, pues he conocido tu amor por los empobrecidos, los desheredados de la tierra y sé que mi vida es construir tu Reino
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad que aborreces. Tú aborreces al que obra el mal, al que no se compadece del pobre, al que mira a otro lado, al que se muestra indiferente ante el sufrimiento de sus hermanos, al que no lucha por la justicia.
En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente. Eres el justo inocente, el ajusticiado injustamente, el que ha entregado su vida hasta el final, el cordero llevado al matadero para beneficiar los intereses de los dirigentes políticos y religiosos, el expuesto para escarnio e irrisión de sus enemigos.
Mira en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre. No sé de dónde me viene este mal que me atormenta, esta inclinación nefasta a hacer mi vida y buscar mi provecho despreocupándome de mucho de lo que sucede a mi alrededor.
Te gusta un corazón sincero
y en mi interior me inculcas sabiduría. Gracias, al menos por esta lucidez que me atormenta, por poder reconocer mis equivocaciones, mi desvío de la senda que tú me marcas, encontrando, casi siempre, el camino de vuelta.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve. Tú eres el único que puede cambiar mi corazón, que me puede hacer descubrir el error de pretender hacer caso omiso de los problemas y las preocupaciones de mis hermanos. Tú el único que me haga plenamente consciente de que ya no puedo demorar más mi compromiso radical y efectivo con el Evangelio.
Hazme oír el gozo y la alegría
que se alegren los huesos quebrantados. Hazme descubrir que la verdadera alegría, que la felicidad está en entregar la vida y en darla del todo.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mi toda culpa. Sana mi corazón burgués, regálame tener un corazón que me haga optar por los más abandonados.
Oh Dios, crea en mi un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme; renueva y transforma mi vida, libérame de la resistencia y la oposición que muestro ante tu gracia liberadora.
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. No me dejes de tu mano, a pesar de que una vez y otra y otra caiga en la tentación del consumo y la indiferencia. Sin ti nada puedo. No me niegues la gracia de poder volver a ti siempre, por graves y dolorosas que sean mis equivocaciones.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso: quiero continuar caminando a la luz de tu palabra, que desvela las sombras de mi vida y las destruye proporcionándome la paz que procede de ti.
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. Si yo no soy coherente con lo digo, pienso y siento, ¿cómo seré fiel a mi vocación de profeta? Mi anuncio liberador, sanador, redentor, deberá ser mi vuelta constante a ti, sin dejarme llevar de la falsa ignorancia, o la pretendida ingenuidad.
Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío, líbrame de manchar mis manos con la sangre de los pobres, con la sangre de los inocentes. Sálvame de confundirme y participar y mancharme con la corrupción, con la mentira, con el engaño, la mediocridad de la indiferencia.
y cantará mi lengua tu justicia. Quiero poder vivir en la verdad, construir tu Reino de justicia para favorecer la verdadera paz, que no es sólo la ausencia de violencia, sino la actitud positiva de trabajar incansablemente para conseguir el bien común.
Señor, me abrirás los labios
y mi boca proclamará tu alabanza. Que este sea mi canto, mi alabanza, tu glorificación, porque la Gloria de Dios, tu gloria, es que el hombre viva, que el pobre viva y viva en dignidad siendo respetados todos su derechos y capacitado para cumplir con sus responsabilidades.
Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. ¿De qué sirve un gesto vacío, religiosa o socialmente correcto, si yo luego voy a continuar con mi vida insensible, sin hacer todo lo que está en mi mano para cambiar la situación de injusticia estructural que tiene consecuencias nefastas para más de dos terceras partes de la población mundial?
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias. “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído”; “andad y aprended qué significa misericordia quiero y no sacrificios”. La revolución que transformará las estructuras de pecado de nuestro mundo, es la revolución del corazón, la conversión de los corazones de los individuos y las comunidades, conscientes de que ser cristiano y ciudadano implica necesariamente denunciar todo tipo de injusticia que tiene como consecuencia la opresión y el dolor de los hermanos y trabajar incansablemente hasta verla superada.
Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén: reconstruye nuestro mundo ruinoso, reconstruye una Iglesia que está llamada a ser sacramento de salvación, una Iglesia que tiene su lugar al lado de los empobrecidos o pierde su credibilidad, una Iglesia que se despreocupe definitivamente de luchar por defender sus privilegios para comprometerse radicalmente y en todos sus estratos, con uñas y dientes, la dignidad y los derechos de todos los hombres y mujeres empobrecidos de la tierra.
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos. Entonces la Iglesia será una, y será verdadera y creíblemente la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia de los pobres, de los pequeños, de los insignificantes. Y no habrá sacrificio más agradable a Dios que la felicidad de todos sus hijos e hijas.