Ha sido la primera Semana Santa vivida en Sabanagrande, y la cuarta que vivo en Honduras. ¿La diferencia? Que en la parroquia de San José Obrero en Tegucigalpa estaba trabajando como adscrito y colaboraba en lo que me pedían y yo podía abarcar, sin más preocupaciones.
Este año ha sido distinto, había que programar, planificar, preparar, estar al tanto de un montón de cosas, claro que la ayuda de mi compañero el P. Jorge que ya lleva dos años y medio en la parroquia y de todos los responsables de grupos y movimientos ha sido muy grande. Digno de destacar y agradecer: la presencia de un centenar de jóvenes misioneros del Movimiento Juvenil Salesiano, Parroquia Mª Auxiliadora de Tegucigalpa, Apóstoles del la Palabra y Juventud de O. M. P., repartidos por distintas comunidades de toda la parroquia Eso me ha dado la oportunidad de participar, en parte, como espectador.
Nos ha ayudado mucho la presencia de Monseñor Raúl Carriveau , obispo emérito de Choluteca y Director de las Obras Misionales Pontificias en Honduras, en el centro de La Venta del Sur, y mientras Jorge se quedó desde el jueves al domingo en Nueva Armenia, yo la he vivido completa en el casco urbano de Sabanagrande. Han vuelto así a mi memoria todos los trabajos disfrutados cada Semana Santa en las parroquias de los distintos pueblos de Cuenca en los que trabajé. Las tradiciones y las costumbres religiosas son similares, y las virtudes y los vicios contraídos también. Siempre tira más lo popular que lo litúrgico, pero la vivencia ha sido hermosa e intensa, como siempre.
La procesión y misa del domingo de Ramos, en la que un delegado de la Palabra de Dios de la comunidad de Los Limones, de los más mayores de la parroquia, de los primeros que fueron a la formación enviados por Monseñor Evelio, montando un burrito, representaba a Jesús vestido con un alba y un manto rojo; las celebraciones penitenciales, que se desarrollaron durante toda la cuaresma, pero que en Sabanagrande y La Venta tuvimos martes y miércoles santo con la ayuda de monseñor Raúl; la misa Crismal en el santuario de Suyapa con la renovación de nuestro compromiso sacerdotal, el cariño y el afecto de la gente que llenaba ese templo inmenso, la cercanía y el cariño sincero del Cardenal; el lavatorio de pies en la celebración de la Cena del Señor, sin ayuda de acólitos, besando con devoción el pie de cada uno y cada una de los que representaban a toda la comunidad, para que experimentaran el deseo de Jesús de lavarnos y nuestro compromiso de lavarnos los pies unos a otros como Él lo hizo; la celebración de la Pasión, abrazándome con fuerza a la cruz que el pueblo venera, queriendo fundirme con ella y recibir al Cristo bajado de la cruz en mis brazos para introducirlo en la urna para la celebración del Santo Entierro, besando su frente llagada, antes de que su cabeza reposara en el almohadón, rodeado de flores blancas, moradas y amarillas. Y el triunfo del Resucitado, la Vigilia Pascual, la misa del domingo de Pascua: ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!, tratando de transmitir el proceso liberador que Dios va haciendo en cada uno de nosotros para participar de la victoria de Jesús sobre la injusticia y la muerte.
Me alegra profundamente y me emociona hasta las lágrimas la posibilidad de renovar el compromiso de servir a los otros que Dios ha puesto en mi corazón y que yo trato de seguir torpemente, y con muchos fallos y mezquindades; me hago consciente de mis grandes debilidades y, al estar más cerca de los más pequeños y empobrecidos, me digo a mí mismo:
“Es a éstos a los que tienes que servir, de los que tienes que estar más cerca, de aquellos que tantos desprecian y explotan, de los son colocados a un lado y no son tenidos en cuenta; acércate, dales tu brazo, tu beso, tu cariño, tu escucha, tenlos siempre en tu oración, acógelos y quiérelos, comparte con ellos todo lo que puedas, retribúyelos en justicia, porque ellos son quienes verdaderamente te necesitan”.
Y sigo adelante con un gozo inmenso que no cabe dentro y me acongoja.
Así continúo, tratando de hacer que mi vida sea verdadera Pascua: paso liberador del Señor por la vida de todos los que están a mi lado oprimidos por el mal, mostrándoles así el inmenso amor que Dios siente por ellos y que quiere expresarles a través de mi pobre persona.