EL RICO ANÓNIMO Y EL POBRE LÁZARO
Ante la lectura y la reflexión y contemplación del evangelio de Lucas capítulo 16, versículos 19 al 31, la parábola que conocemos como del rico Epulón (es una redundancia) y del pobre Lázaro, propongo dos textos de los Santos Padres que nos ayudan en nuestro cometido.
1. San Gregorio: Sobre el nombre de Lázaro y el rico sin nombre
“Conviene prestar atención también al modo de narrar usado por la Verdad, cuando indica que el rico es soberbio y que el pobre es humilde. Dice, en efecto: ‘Había un hombre rico’; y luego añade: ‘Y había un pobre llamado Lázaro’. Es sabido que entre el pueblo son más conocidos los nombres de los ricos que los de los pobres. ¿Por qué será que el Señor, hablando del rico y del pobre, expresa el nombre del pobre y no del rico? Esto significa que Dios reconoce y aprueba a los humildes e ignora a los soberbios. Por eso en el juicio final, a algunos que se ensoberbecen por los milagros realizados, el Juez divino les dirá: ‘No os conozco: apartaos de mi, vosotros que cometisteis la iniquidad’ (Mateo 7,23). En contrapartida, a Moisés Dios le dice: ‘Te conozco por tu nombre’ (Éxodo 33,12). Del rico, por tanto, dice el Señor: ‘Un cierto hombre’; del pobre, al contrario dice: ‘Un pobre llamado Lázaro’. Es como si proclamase abiertamente: Conozco al pobre, al humilde; desconozco al rico, al soberbio. Conozco y apruebo al primero; no conozco al segundo y por eso lo condeno en mi juicio”
(San Gregorio Magno, Homilía 40,2)
2. San Ambrosio: Siembren en la tierra del amor
“Ustedes, oh ricos, son esclavos: esclavos de aquél pecado que es la codicia, la avaricia insaciable. Se parecen al agua estancada que de prisa se pudre y se llena de gusanos. ¡Que el tesoro de Ustedes no se quede estancado!
Se parecen al incendio que acabará por destruirlos, si no lo combaten dándole las riquezas a los pobres.
Sí, Ustedes ya están en una hoguera ardiente –que es el ansia de poseer- y sus voces se confunden con las del rico epulón: “¡Padre Abrahán, envía a Lázaro para que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua!”.
Siembren en la tierra del amor, y el amor germinará en el cielo.
Planten su amor en el corazón del pobre, y se convertirá en una gran planta que llegará hasta Dios.
Pero que quede claro: no se trata de distribuirles a los pobres los bienes de Ustedes, sino que le restituyan a los pobres sus bienes. Porque Ustedes monopolizan aquello que Dios dio para el uso de todos. La tierra no le pertenece a la casta de los ricos, sino a todo el género humano.
Por eso lo que se les pide no es que hagan gratuitamente un acto de beneficencia: lo que se les pide es que paguen su deuda”
(San Ambrosio de Milán, en De Nabuthae Historia)
Que a todos nos sea de provecho.