Se subió a un sicomoro…
Leamos atentamente el texto del Evangelio que nos propone la liturgia para este domingo 30 de octubre, el pasaje de Lucas 19,1-10:
19,1Habiendo entrado en Jericó,
atravesaba la ciudad.
2Había un hombre llamado Zaqueo,
que era jefe de publicanos, y rico.
3Trataba de ver quién era Jesús,
pero no podía a causa de la gente,
porque era de pequeña estatura.
4Se adelantó corriendo
y se subió a un sicomoro para verle,
pues iba a pasar por allí.
5Y cuando Jesús llegó a aquel sitio,
alzando la vista, le dijo:
«Zaqueo, baja pronto;
porque conviene que hoy me quede yo en tu casa.»
6Se apresuró a bajar y le recibió con alegría.
7Al verlo, todos murmuraban diciendo:
«Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador.»
8Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor:
«Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres;
y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo.»
9Jesús le dijo:
«Hoy ha llegado la salvación a esta casa,
porque también éste es hijo de Abraham,
10pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.»
Jesús ha entrado en la ciudad, está en medio de nosotros, a escasa distancia; nos enteramos de que anda por ahí, hemos escuchado hablar de Él, alguien nos vino con el chisme de que se aproxima. Pero no se ha quedado en las puertas, no, la atraviesa, pasa por el medio, se introduce hasta el centro. Jesús viene al centro de mi vida, a mi quehacer cotidiano (“Entre los pucheros anda el Señor” que decía Santa Teresa).
Zaqueo era jefe y rico, todo lo que nosotros muchas veces soñamos, o deseamos ser, aunque tal vez nos avergüence reconocerlo.
Trataba de ver a Jesús, lo buscaba, quería encontrarse con Él, pero no podía, por la gente y porque era pequeño, sin embargo no se desanima y se esfuerza por hacer lo que está en su mano para superar los obstáculos, y se sube a un sicomoro.
¿Soy pequeño? ¿he experimentado en mi vida la pequeñez, el saberme poca cosa ante Dios? ¿descubro y reconozco su grandeza? ¿sé en qué consiste? En hacerse igual a mi, en tratarme como lo que soy: su hija, su hijo, con toda la dignidad que eso conlleva. ¿Pienso, por el contrario, como Zaqueo, que soy “jefe” y “rico”, es decir que ya no necesito nada?, ¿que me basto a mi mismo?, ¿me acerco a Jesús sólo por curiosidad, por costumbre, a ver qué pasa?, o ¿verdaderamente quiero encontrarme con Él arriesgándome a que pueda transformar mi interior y, por consiguiente, cambiar mi modo de vivir en el que, a pesar de las dificultades precisas, me siento cómodo?
Jesús llega hasta ese lugar, alza la vista y le dice; no quiere que todo lo ponga yo, no me deja sola o solo, llega hasta donde yo estoy, lo que yo no he podido lograr, los obstáculos y las contrariedades que yo no he sido capaz de superar, con mi esfuerzo, con mi voluntad, lo hace Él, y levanta la vista para mirarme, se dirige a mi, no cabe confusión, ni equivocación, no es a otro es a mi a quien habla y me llama por mi nombre: Zaqueo, Marta, Noemí, Paco, Antonio, Jorge, Pilar.
“Conviene que hoy me quede en tu casa”. ¿He experimentado la conveniencia de que Jesús me visite?, ¿que esté dentro de mi casa, de mi hogar, de mi vida íntima?, o ¿lo dejo fuera? ¿vivo la fe en Jesús de puertas para fuera nada más, o le he dejado entrar hasta lo más profundo de mi corazón? ¿deseo encontrarme con Él en lo más profundo de tu ser? Una vez más ¿estoy dispuesto a correr el riesgo de que Jesús me sane y me libere de todo aquello que me impide amar, que me impide reconciliarme conmigo y con los demás?, ¿tengo la valentía de dejarme seducir por Él de tal modo que pueda entrar a saco y dar la vuelta a lo que yo sé que me impide ser y conducirme como realmente desearía hacerlo, pero la rutina, los convencionalismos, las costumbres, la moda, la comodidad, la pereza, me lo impiden?, ¿estoy dispuesto a que Jesús me salve de todo lo que me frena para ser quien realmente soy, y no la apariencia que actualmente me mantiene secuestrado?.
“Hoy ha llegado la salvación a esta casa”. Si Zaqueo pudo cambiar radicalmente y deshacerse de todo aquello que le impedía vivir como hijo de Dios -vivir en plenitud su ser persona, libre, creado a su imagen y semejanza-, también yo puedo. Si Zaqueo pudo comprometerse a ser sujeto de caridad (a hacer efectivo el amor) también yo puedo multiplicar mi compartir con quienes son menos afortunados que yo, y si pudo rectificar sus errores y devolver el cuádruple de lo que defraudó, también yo puedo. Los malos modos, las palabras y las expresiones desafortunadas, los gestos de rechazo, de indiferencia, incluso los ataques y las heridas abiertas, se pueden reparar y restaurar. Puedo ser una mujer, un hombre nuevo digno de amar y ser amado, amable y amante.
“El hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido”, ha venido para que me encuentre conmigo mismo y con los demás ha venido para que cuando yo no sepa hacia donde encaminar mis pasos Él me pueda poner la brújula en las manos (su Evangelio) y señalarme dónde está el norte. Cuando estoy perdido, confundido, Jesús es el camino; cuando no sé nada y me debato en una lucha desesperanzada conmigo mismo y con todo lo que me rodea, Jesús es la verdad; cuando no veo nada a mi alrededor, cuando vivo sumergido en la oscuridad, Jesús es la luz; cuando todo lo que me rodea está muerto, cuando veo la violencia de la sociedad embistiendo sobre todo a los más débiles, Jesús el la vida. Jesús me salva porque me ayuda a advertir que siguiéndole en la vivencia del Evangelio puedo cooperar en la consecución de una sociedad más solidaria donde no seamos lobos, sino hermanos para el hombre. Puedo dejarme amar por Jesús, y puedo consentir que su amor me renueve, me haga una mujer, un hombre nuevo, capaz de luchar por una sociedad más justa y más equitativa, donde todos los hombres y mujeres tengamos la oportunidad de vivir en dignidad y libertad, en justicia y en paz.