ÉL ES REY
(La última tentación).
Éste es el último domingo de este año litúrgico, y la Iglesia nos ayuda a reflexionar con este texto del evangelio de Lucas (23, 35-43).
“35Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo:
«A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido.» 36También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre 37y le decían:
«Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!»
38Había encima de él una inscripción:
«Este es el Rey de los judíos.»
39Uno de los malhechores colgados le insultaba:
«¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!»
40Pero el otro le respondió diciendo:
«¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?
41Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos;
en cambio, éste nada malo ha hecho.»
42Y decía:
«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.»
43Jesús le dijo:
«Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.»”
Hace pocos días, creo recordar que fue en esta semana, leía en el periódico un titular acerca de un futbolista que ha sufrido hace poco un infarto: “Si me ha salvado la ciencia, ¿por qué tengo que ser más religioso?”. Lo recuerdo en este momento porque me lo evoca el pasaje del evangelio que acabo de transcribir.
Situémoslo en un escenario y con una visión teatral, operística, tal vez inspirada en el teatro clásico greco latino (que me corrija mi hermano). En el centro de la escena Jesús en la cruz, acompañado por los dos malhechores, uno a su izquierda y otro a su derecha (podrían ser tenor, bajo y barítono, respectivamente); el protagonista no participará hasta el último momento.
Comienza la acción el coro situado en proscenio, dividido en dos grupos (los magistrados judíos y los soldados romanos) que se acompañan y se retroalimentan, en una progresión musical que desembocará en el diálogo de los malhechores y concluirá con la aseveración de Jesús. Lo que es claramente una tragedia, parece querer tomar tintes de comedia: el coro dirigiendo su mirada al protagonista ajusticiado se mofa de él y le reprende. La increpación continúa en boca de uno de los ladrones.
Centrémonos aquí. Las referencias a Jesús son por parte de los magistrados (que hacen muecas) “Cristo de Dios”, “Elegido”; por parte de los soldados romanos (se burlaban de él, le ofrecían vinagre) “Rey de los judíos”. Utilizan el modo condicional: si…, es decir no afirman, si no que ponen en duda el mesianismo y la realeza de Jesús. Lo mismo hará uno de los ladrones, que le llama “Cristo”.
¿Qué piden a Jesús en medio de sus chanzas, burlas y muecas? Que demuestre su realeza una vez más, que sea el dios que nosotros queremos, no el Verbo encarnado, sino el dios conseguidor, ramplón, a la medida de nuestras necesidades superficiales, el diosecillo que no nos cuestiona nuestras actitudes, ni nuestras decisiones, el dios que no se mete en nuestra vida y al que recordamos sólo cuando necesitamos algo de él. En las peticiones hay también una progresión: “si a otros salvó que se salve a sí mismo”, “¡sálvate!” (imperativo), ya no es una condición para creer o no en él, es una orden. Si eres rey debes hacer lo que nosotros queremos, y si no haces lo que nosotros te ordenamos, sencillamente, no eres nada.
La siguiente escena, en la que aparece el malhechor, es más dura todavía; no se burla, lo insulta, lo desprecia, lo anula, y ya no le pide sólo que se salve él, sino que exige: “sálvate a ti mismo y a nosotros”. Si eres Cristo, si eres Señor, sálvanos a nosotros. Es la última tentación, es la primera en realidad: líbranos de la responsabilidad de nuestros actos y danos todo hecho, danos autonomía sin responsabilidad, soluciona tú los problemas, Tú, que nos has traído aquí y nos has hecho a tu imagen y semejanza, no nos hagas cargar con el muerto de la responsabilidad, la responsabilidad es tuya que nos has creado, nosotros no pedimos aparecer aquí. Si nos has creado atente a las consecuencias. Es la negación de la esencia y la dignidad del ser humano, de la humanidad en su totalidad. Ante el horror de lo que nosotros mismos hemos destruido con nuestras propias manos, con nuestro desquiciamiento, nuestra agresividad y nuestra violencia y nuestro egoísmo, con nuestras injusticias y nuestra despreocupación por nuestros hermanos que sufren a causa de la injusticia que nosotros hemos sembrado, en vez de asumir la responsabilidad, increpamos a Dios, y nos negamos a creer en la humanidad de Jesús. No queremos un Dios encarnado, no queremos un Dios que lleve el amor hasta las últimas consecuencias, no queremos un Dios que nos de lecciones de humanismo, no queremos un Dios que ponga la pelota en nuestro tejado, no queremos un Dios que nos pida colaborar con Él para salvar al hombre.
La escena es la misma, pero los ojos y el corazón que contemplan son distintos. El “otro” (el que está enfrente, el que reclama nuestra atención, el hermano al que tengo que cuidar y del que me tengo que preocupar), ese sí comprende realmente lo que está sucediendo; no está mirando a alguien que tenga que demostrar nada, sino al que ya ha demostrado todo, porque ya lo ha dado todo, hasta el final: “en cambio, éste nada malo ha hecho”; nosotros sí, qué acertada la expresión del evangelista, “nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos”, qué lucidez la del buen ladrón, corriendo la misma suerte, estando en la misma condena, nosotros sí somos responsables, sin embargo Él todo lo ha hecho bien, nada malo ha hecho, no ha faltado en nada, Éste pasó haciendo el bien. Asume su propia miseria, su limitación y la confronta a la grandeza del amor de Dios manifestada en Cristo crucificado. Y por eso, porque ha entendido en qué consiste el Reinado de Dios se atreve a pedir: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”.
La respuesta de Jesús no son premios de lotería, ni euros, ni condecoraciones, ni títulos nobiliarios, ni reconocimiento social, sino el paraíso hoy. Estar junto al pobre, al pequeño, al humilde, al que sufre, al injustamente tratado, al que es causa de risa, burla, al que es insultado y maldecido, es la recompensa, es estar en la comunión con Dios, porque Él está en el pequeño y en el pobre.
La gran tentación es apartarnos del amor de Dios pensando en cien mil estupideces, eludiendo nuestra responsabilidad personal y social como seres humanos ante la injusticia y los conflictos; darlo todo para estar cerca de quien lo pasa mal, acompañarlo en sus sufrimiento para conseguir su liberación, es participar con Dios en la salvación del género humano, es estar hoy con él en el paraíso.