Flipante Dios

Diciembre 31, 2010

EL PARTO

Guardado en: LoVi — Lovi @ 9:27 am

Sucedió como ya todos sabíamos, en medio de la noche, de la soledad acompañada, de la admiración, del susto, del estruendo del silencio, de apariciones y presencias alentadoras. Fue como todos temíamos que fuera, sin sorpresas, pero pillándonos siempre desprevenidos. Preparados y dispuestos, pero no del todo, porque siempre se nos escapa algo.

Como a María y a José y a los ángeles y a los pastores, nos sobrecoge tanta luz, tanta humanidad, tanta verdad, tanta vida a raudales, rebosante de amor y de cercanía, tanta grandeza en tanta pequeñez.

Misa de la media noche: Lc 2, 1-14.
Misa del día: Jn 1, 1-18.

ES NAVIDAD.

Algunos se lo pierden, muchos ni se enteran; se conforman con reunirse a celebrar algo que no celebran, sólo en la cáscara, en la superficie, y ni tan siquiera.
Hoy, como antes, pasa desapercibido en medio de tanto espectáculo lo realmente importante, escapa al interés de tantas personas que verdaderamente lo necesitan. Incluso hubo quien se alarmó de ver tanta fiesta y tanta alegría auténticas –no las de la publicidad ni el reclamo comercial-, en quien está dispuesto y atento, alerta. Y siguen sin entender…
Siguen los Herodes que utilizan a inocentes para maquinar sus mentiras, sus proyectos falaces y sus corruptelas, los que todo lo calculan a través de sus ganancias y de su interés particular o de clase; continúan los que no tiene espacio, ni tiempo, ni sensibilidad, a veces ni razonamiento, para darse cuenta de que la vida nos sorprende a cada paso y nos doblega.
Y no me refiero a la Navidad de cena familiar insufrible, Misa del Gallo aburrida, o con espectáculo infantil, y pandereta y zambomba, no. Pienso en todos los que no dejan en sus existencias un resquicio a la Vida, los que impiden que nazca cualquier cosa que ellos no hayan previsto, los que se niegan a sí mismos y a los demás la feliz oportunidad de crecer desde el corazón y sentirse dichosos por ello.

Porque cada vez que haces algo por alguien sin esperar una recompensa, cada oportunidad que aprovechas de ayudar a quien realmente te necesita, cada vez que contemplas embelesado a la persona que amas, cada vez que acaricias, o que besas desde el corazón, cada abrazo fuerte y generoso de amistad que regalas, cada vez que renuncias a ti o a tus intereses particulares en beneficio de otros, cada vez que te replanteas seriamente tu vida para no perder el norte y no dejarte llevar por la corriente, cada vez que plantas cara a esta sociedad consumista y absurda, cada vez que colocas a otra persona delante de ti y evitas tapar a nadie para destacar tú, cada vez que en tu corazón y en tu vida es más importante el tú, el vosotros y el nosotros que el yo, Dios se hace presente, nace y es Navidad.

YO YA HE PARIDO,
ya he dado a luz, porque soy consciente de que ha llegado a nosotros una vez más, ha nacido de nosotros, de nuestros buenos deseos, de nuestra voluntad sincera de mejorar, y está ahí, en medio de la calle, al alcance de la mano de cualquiera; parece que no ha cambiado nada y sin embargo lo ha cambiado todo: ha logrado reconciliaciones, entregas generosas, propósitos sinceros de transformación, renovación de empresas necesarias, ha traído sonrisas, abrazos, calor, ternura, alegría, pellizcos en el corazón, satisfacción, experiencias de amor genuinas.

He dado a luz y quiero permanecer absorto y en silencio ante el misterio, quiero contemplar la pura belleza de quien no tiene nada más que dar que a sí mismo, quiero postrarme en reconocimiento a la grandeza de su pequeñez, tanto más divino cuanto más humano. Quiero seguir profundizando en la comprensión del “Dios con nosotros”, quiero esforzarme cada día por no perder de vista la realidad cotidiana de los más empobrecidos, ni desentenderme de ella, sino hacer todo lo que esté en mi mano para que pueda desaparecer la injusticia de nuestro mundo.

Y aspiro a continuar naciendo cada día, a no desfallecer en el intento permanente de empezar de nuevo cada vez que sea necesario, a no sucumbir a la fuerte tentación de postergarlo todo para otro momento más apropiado y agarrar el ahora de cada instante, luchando incansablemente para no perder mis ideales ni mis principios.

Experimento el gozo profundo de poder permanecer mirando sin pestañear el milagro del Verbo encarnado, de la Luz en medio de la tiniebla, del Creador empequeñecido en criatura, quiero sostenerlo en mi regazo y seguir amamantándolo, cuidándolo, ayudándole a crecer dentro de mi y en los demás todo lo que pueda; quiero que me forme y me eduque y me comprometa en su creatividad y en su gratuidad.

Quiero estar siempre a tu lado y “no permitas que nunca me separe de Ti”.

Diciembre 25, 2010

EN EL HUECO DE TUS MANOS

Guardado en: LoVi — Lovi @ 1:24 am

“Entre tus manos está mi vida, Señor,
entre tus manos confío mi ser.”

Hace unos días releía la felicitación navideña del pasado año (“Chinéame”) y me sorprendía ver que los años se van sucediendo en dificultades cada vez más llamativas. Yo creía que éste, el 2010, había superado todas las cotas imaginables de inconveniencia, pero un gran amigo que ha compartido conmigo las últimas lides, me confirmó: “No, el año pasado fue mucho peor”.

No supe si sentirme alarmado, animado o aliviado, pero sí respiré profundamente pensando: “En definitiva, un bache más que he pasado, he superado y aquí estoy”. Aquí estoy tratando de seguir adelante lo mejor que puedo con toda la confianza puesta en ti, pues sé que Tú vas tejiendo poco a poco mi vida, siempre que te dejo y, a menudo, incluso a pesar de mis resistencias.

Tal vez era necesario el mazazo sufrido en mayo que me obligaba a quedarme en España para cuidar mi salud y hacerme consciente de que mi riñón necesita atención urgente –dice el doctor que no tiene más de veinte años de vida útil- .Quien sabe si de haber regresado en junio a Honduras, como yo deseaba, no se hubiesen complicado después más las cosas cuando ya no hubieran tenido solución.

Por eso me siento entre tus manos, no ya chineado, sino transportado en el hueco de tus manos, protegido, cuidado, con el más delicado y solícito esmero. Lo experimento en el cariño sincero de mi familia, mis amigos, mi gente. Siempre he querido, y he tratado de vivir como mi verdadera vocación, cuidar a las personas que Tú vas colocando en mi vida; ahora que lo necesitaba he gozado de esa misma protección amorosa que Tú me regalas a través de todas las personas que se preocupan, se encargan, se hacen cargo y cargan conmigo.

Por eso quiero haceros llegar esta felicitación navideña, porque cuidándonos unos a otros es como hacemos presente, real y tangible en nuestro mundo el amor que Dios nos tiene, un amor tan grande que le ha llevado a hacerse un niño pequeño, tan pequeño que puede ser sostenido entre nuestras manos.

Mi deseo en esta Navidad, para este año y esta década que comienza, para usted y para todos los tuyos, es que estén dispuestos a hacerse cargo de la vida de aquellas personas que viven en situaciones menos favorables que las suyas, y que encuentren siempre personas que sean familia, que estén dispuestos a llevarles, como Dios nos lleva, en el hueco de sus manos.

¡Feliz Navidad!
¡Feliz año nuevo 2011!
¡Feliz década!

Antonio López Villar.

Diciembre 23, 2010

EL PADRE DE LA CRIATURA

Guardado en: LoVi — Lovi @ 4:14 am

Era verdad, estábamos preñados y va llegando el momento de dar a luz; pero, a todo esto… ¿quién es el padre?
Estamos en la última etapa de este tiempo de adviento, el cuarto domingo. La liturgia de la Iglesia nos regala el evangelio de Mateo (1, 18-24).

“18bSu madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. 19Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.
20Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:
‘José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer
porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo.
21Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús,
porque él salvará a su pueblo de sus pecados’.
22Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta:
‘23Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo,
y le pondrán por nombre Emmanuel,
que traducido significa: ‘Dios con nosotros’.
Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer.”

El evangelista nos repite por dos veces que quien engendra a María es el Espíritu Santo; ella, la llena de gracia, la llena del Espíritu, se ha colmado de tal manera que el Señor ha tomado carne en sus entrañas y comienza a entretejerse en su anatomía de mujer fecundada. Es el Espíritu de Dios quien está creciendo en su seno, formándose como una personita, no ya aleteando por encima de las aguas como en el Principio, sino buceando dentro de las aguas fértiles del vientre de María.

Si nosotros estamos preñados, y repito (a pesar de sonar redundante) que todos lo estamos, ¿de quién lo estamos?, ¿quién o qué llena nuestra vida?, ¿qué se está fraguando dentro de nosotros?, ¿qué está creciendo en nuestro seno? ¿Es el Espíritu del Señor?, ¿la bondad, la dulzura, el deseo de mejorar en nuestra vida, de ser más humanos, de ser más hermanos? ¿Qué colma nuestro ser?, ¿qué deseamos, al menos, que sea el centro de nuestra vida, de nuestra existencia, de nuestro ser y estar aquí?, ¿quién es el centro de nuestra vida?

Demasiadas preguntas ¿verdad?, sí, ya sé que me estoy poniendo un poquito pesado con tanta reflexión, pero no os las hago sólo a vosotros, me las hago yo mismo para poder compartirlas con todos vosotros.

El evangelio nos muestra como, aún cuando María “se encontró encinta por obra del Espíritu Santo”, el Señor quiere contar con José, su esposo. Dios nos fecunda, pero quiere que nosotros aparezcamos como padres de la criatura, quiere que le pongamos nombre, quiere que le ayudemos a crecer, quiere que hagamos nuestro lo que Él crea en nosotros, y que vivamos para que esa Vida que Él nos da, nosotros la potenciemos colaborando en su expansión. Cada uno de nosotros somos María porque hemos sido fecundados y somos José porque asumimos la responsabilidad de acompañar personalmente ese proceso de crecimiento para que todo lo que Dios nos ha dado lo llevemos a plenitud. Esta misión paternal no es una carga insoportable, al contario, es lo que nos hace cada día más humanos si apostamos por la nueva humanidad que trabaja y se esfuerza para que la justicia y la paz y la dignidad de las personas y su libertad, no sean un quejido lastimero, sino la compenetración de todas nuestras fuerzas para alcanzar el objetivo que anhelamos.

José podría haber rechazado la proposición de Dios, podría haber despreciado, repudiado, los planes de Dios; sin embargo José, “como era justo”, “hizo como el Ángel del Señor le había mandado”, como quería y creía en la Justicia de Dios, como quería y creía en la profundidad y la inmensidad de su amor, escogió asumir su proyecto de salvación (arriesgándose a que le llamasen cornudo).

No sé ustedes, pero yo sí, estoy preñado y quiero ser el padre de la criatura, quiero asumir la responsabilidad que me corresponde y poner todo de mi parte para que la empresa sea un éxito rotundo.

No sé ustedes, pero yo estoy deseando dar a luz.

Diciembre 17, 2010

TRANSPARENCIA.

Guardado en: LoVi — Lovi @ 5:46 am

En este embarazo del adviento, ahora que estamos a mitad, más o menos, vamos a hacer una ecografía para ver qué es lo que tenemos dentro de la pancita.

El texto que nos propone la liturgia este domingo está tomado del Evangelio de Mateo (11, 2 – 11).

“2Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: 3‘¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?’
4Jesús les respondió:
‘Id y contad a Juan lo que oís y veis:
5los ciegos ven y los cojos andan,
los leprosos quedan limpios y los sordos oyen,
los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva;
6¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!’
Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente
7b‘¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?
8¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido?
¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes.
9Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta?
Sí, os digo, y más que un profeta.
10Este es de quien está escrito:
«He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti,
que preparará por delante tu camino».
En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él”.

De nuevo hemos de replantearnos el Reino, nos invita a repensar ¿qué queremos, qué anhelamos, qué esperamos?

ES ADVIENTO.

Esperamos la venida del Señor, pero ¿de qué Señor? Nos preparamos a la Navidad, pero ¿qué Navidad queremos vivir y celebrar este año? ¿Queremos más de lo mismo o estamos dispuestos a intensificar nuestra espera para que lo que viene sea más positivo, más humano, más fraterno? Si nos fijamos en lo que hay a nuestro alrededor seguro nos agarra la depresión; considero que la pregunta que nos debemos hacer, o mejor, que yo os invito a haceros es ¿Cómo me encuentro yo y cómo me enfrento a la realidad que me circunda, qué postura tomo ante ella, cómo me cuestiona y cómo la abordo para dar una respuesta desde mi fe en el Evangelio de Jesús (o desde mi no fe)?

Jesús responde a los discípulos de Juan que lo hacen partícipe de la inquietud de aquel que estaba en el calabozo, pareciera que las noticias que le llegaban de Jesús no eran las que Juan esperaba del Mesías, sin embargo Jesús les responde con las palabras del profeta Isaías que describen el modo de obrar de quien venía a salvar al pueblo de Israel.

Nosotros, yo ¿qué veo y qué oigo que me anuncia la salvación, la próxima liberación personal y social, comunitaria?, ¿qué buenas noticias tengo para dar? Hay más que guerras, destrucción, enfermedades, catástrofes, delincuencia, egoísmo, manipulación, intereses creados. Está claro que todo eso está ahí y que no lo debemos obviar ni dejar a un lado como si no existiera, pero también hay mucha gente dejándose la piel y la vida por los demás, construyendo el mundo nuevo no sólo posible, sino necesario, hay muchas buenas noticias que no salen en los periódicos ni en los diarios televisados o radiados. Nosotros, los que creemos en la Buena Noticia que viene a traernos Jesús, tenemos la responsabilidad ante nuestra sociedad de dar también las buenas noticias, de anunciar el Reino que está ahí en medio de la gente y que muchas veces no sabemos, o no nos esforzamos en ver.

Y ¿por qué dice Jesús “¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!”? Es muy probable que Juan enviase sus discípulos a preguntar a Jesús porque su idea del Mesías era distinta de lo que escuchaba que Jesús estaba haciendo. A nosotros nos puede suceder lo mismo, que pensemos que el Reino de Dios no se construye con mansedumbre, con misericordia, con perdón; es posible que estemos convencidos de que Dios debía actuar de otra manera, que nos debiera solucionar el terrible problema del mal en el mundo, que debería desvelarnos el misterio de la muerte que nos aterra. Pero el Reino se realiza en las cosas pequeñas cotidianas en que cada uno de nosotros nos involucramos para hacerlo presente, para desvelarlo a quien no puede o no quiere verlo, incluso a nosotros mismos. No escandalizarse de Jesús es dejar a Dios ser Dios, es cumplir con nuestro compromiso insignificante que sumado a todos los demás puede ser una revolución, pero en la que todos, absolutamente todos, somos necesarios.

Somos mensajeros de esperanza, de gozo, por eso este domingo pasado es el Gaudete, de la alegría; la alegría contenida del Señor que llega para mostrarnos el camino de nuestra propia liberación, de la nuestra y la de los demás.
Al hacer la ecografía y ver cómo llevamos el embarazo estamos siendo invitados a revisar cómo somos nosotros testigos de esperanza y de ilusión para nuestro mundo, al mismo tiempo que denunciamos las injusticias y las frivolidades de nuestro tiempo. Porque una cosa no está reñida con la otra. Precisamente la llamada del adviento es a vivir esa tensión, denunciar lo negativo sin dejar de anunciar lo positivo, y es un todo que va junto, no son partes, no son periodos unos antes y otros después, es una unidad en equilibrio, la de Jesús, la que nos da el amor de Dios al enviarnos como mensajeros de su reinado.

Jesús pregunta a los presentes “¿Qué salisteis a ver?” Alguien que llamaba la atención, alguien que preparaba lo que está para suceder pero cuya presencia ya era parte de lo que se anunciaba. No buscamos el lujo, ni las veleidades de nuestro tiempo, ni andamos en la búsqueda morbosa de algo que nos deslumbre. Buscamos el Reino con todas sus consecuencias, conscientes de lo difícil y lo arriesgado que es dejarse seducir por Dios, por la radical novedad del Evangelio; pero ahí es donde encontramos la fuerza para seguir adelante: precisamente porque hay tantas cosas que están mal nos sentimos llamados a colaborar para transformarlas, precisamente porque vemos tanta injusticia nos sentimos convocados a denunciarla y a trabajar por la justicia, precisamente porque somos conscientes de la violencia que nos rodea en todos los ámbitos nos sabemos constructores de paz, ese es el reto que Dios nos invita a aceptar.

Sin embargo el Reino no se construye de un día para otro, por eso nos recordaba Santiago en la segunda lectura “Tened paciencia”, y eso no significa que nos podemos tumbar a la bartola, sino que nos hacemos conscientes de que todo no depende de nosotros aún cuando asumimos toda nuestra responsabilidad en la edificación, renovación y transformación de nuestro mundo y nuestra sociedad.

Porque hay tanto negativo estamos obligados a vivir en positivo. Un embarazo es siempre promesa de vida nueva y es esperanza; no lo matemos antes de que nazca.

Diciembre 9, 2010

DISCURSO

Guardado en: LoVi — Lovi @ 6:12 pm

No me resisto a reproducir, íntegro, el discurso de Mario Vargas Llosa al recibir el premio Nobel de literatura de este año. A pesar de no compartir algunas de sus afirmaciones, sí coincido con él en la necesidad básica de la literatura. Espero que lo disfrutéis tanto como yo lo he hecho. invitándoos también a escucharlo en alguna de las grabaciones existentes en internet. Los subrrayados son mios (si los reproduce esta tipografía que siempre aparece como le da la gana a pesar de mis esfuerzos por dastacar o diferenciar palabras o frases escogidas, incluso de mis propios textos).

 

© FUNDACIÓN NOBEL 2010
Se concede permiso general para la publicación
en periódicos en cualquier lengua desde el 7 de
diciembre de 2010, a las 17:30 (hora sueca).
La publicación en revistas o libros requiere,
a no ser que se trate de versiones resumidas,
el consentimiento de la Fundación.
En todas las publicaciones de la conferencia
en su totalidad o en su mayor parte es obligatoria
la aparición del copyright subrayado arriba.
 

 

 

Mario Vargas Llosa
 

Elogio de la literatura y la ficción
 

Discurso Nobel, 7 diciembre de 2010
 

 


 

1

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.


 

2

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana.


 

3

Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.


 

4

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.


 

5

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas pseudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia.


 

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Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo.


 

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Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.


 

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Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí.


 

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Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz.  


 

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Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas.


 

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La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.


 

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Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

 

 

Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.

 

 

Diciembre 8, 2010

VOZ

Guardado en: LoVi — Lovi @ 6:10 pm

(PALABRA).

Sí, sí, estoy preñado, ¿qué pasa?, ¿os asustáis? Todos vosotros y vosotras también estáis preñados, aunque alguna o alguno quiera decir “¡A mi, qué me registren!”. Sí, preñados de la Voz de Dios que vive dentro de nosotros.

Este domingo, segundo de adviento, se nos proponía la lectura y la reflexión del evangelio de Mateo 3, 1-12.

(1) La entrada en escena del Profeta del Desierto (3,1-3)
(2) La vida de profeta y el ministerio bautismal de Juan (3,4-6)
(3) La predicación del juicio inminente y la llegada del Mesías (3,7-12)

“1Por aquellos días comparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea:
2‘Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos’
3Éste es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice:
‘Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas’.
Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre.
Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán.
Y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.
7Pero viendo él venir muchos fariseos y saduceos al bautismo, les dijo:
‘Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente?
8Dad, pues, fruto digno de conversión,
9y no creáis que basta con decir en vuestro interior:
«Tenemos por padre a Abraham»;
porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham.
10Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles;
y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.
11Yo os bautizo en agua para conversión;
pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo,
y no soy digno de llevarle las sandalias.
El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
12En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era:
recogerá su trigo en el granero,
pero la paja la quemará con fuego que no se apaga.”

Somos la voz de Dios en medio de el desierto que es nuestra ciudad, nuestro pueblo, nuestro lugar de trabajo, nuestra familia (nuestro matrimonio, nuestra comunidad), nuestro país; desierto porque éste es un lugar para la escucha. Ya sé que opinamos que nuestro mundo no quiere escuchar, yo pienso que, por el contrario, está ahíto de oír el ruido a que nos tienen acostumbrados, pero sí deseosos de escuchar Voz de Dios auténtica, verdadera, creíble, insisto en esto que me parece lo más importante: C, R, E, Í, B, L, E. Digno de creer, de ser tenido en cuenta, digno de ser considerado seriamente como una posibilidad real; no es una cosa más, no puede sonar a más de lo mismo, porque es una novedad. Nuestra sociedad no necesita más “flatus vocis”, más voces vacías, sin contenido, porque está saturada de ellas; la mujer y el hombre de hoy necesitan escuchar el testimonio creíble de quienes decimos creer en la verdad y bondad del amor de Dios: un amor que puede transformar la realidad de nuestro ser, y por consiguiente de nuestro mundo, en aquel que esperamos y Dios sueña para el ser humano. Insisto en esto de nuevo.

ES ADVIENTO.

Y somos voz, como lo fue Juan el Bautista: vivía de un modo austero, y se atrevía a denunciar las liviandades de los poderosos (lo que al fin le costó la cabeza), y sobre todo: vivía aquello que proclamaba: “está cerca el Reinado, el Señorío de Dios”, no el gobierno de uno de estos reyezuelos a los que, por desgracia estaban y estamos acostumbrados, no hablaba de ningún elegido por la voluntad de las urnas para meterse luego la soberanía popular en salva sea la parte, ni de un presidente en zapatillas metido a dictador mediante sucesivas reelecciones, no hablaba de chupatintas, ni de mamarrachos, ni de vocingleros y vendedores de huecos, ni de truhanes y corruptos sanguijuelas decididos a chuparle la sangre al país, y al continente, cayese quien cayese (“Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente?”), Juan sabía quién era Herodes, y quién era el Emperador, y toda su cohorte de aduladores. ¡No!, Juan hablaba de dejar a Dios reinar en el interior de cada uno de quienes le escuchaban, y por eso les invitaba a algo común en su tiempo y en su momento: un bautismo de conversión que él sabía que no era definitivo, porque venía quien iba a bautizar en “Espíritu Santo y fuego” (¿qué otra cosa es el Espíritu sino fuego? De sobra lo sabemos quienes lo hemos experimentado en nuestras propias carnes).

¡Y dale con el fuego, qué afán! Sí, porque lo que no sirve para nada se hecha al fuego, lo que no tiene valor se quema (hay tanto en nuestras existencias que no le sirve a nadie, ni siquiera a nosotros mismos y que deberíamos echar al fuego): nuestra “conversión” significa precisamente eso, ser personas valiosas por nuestro servicio desinteresado, gratuito, amoroso, a los demás, a quienes más nos necesitan, a los que están olvidados por todos, a los más injustamente empobrecidos, haciendo que nuestra vida sea voz, una voz fuerte, sonora, timbrada, llamativa por su belleza, por su esplendor, una voz que remite a quien es Palabra: Jesucristo que ya llega, que ya está viniendo. Pero todavía no.

Nuestra voz, nuestra llamada de atención, no puede ser disonante, destemplada, desafinada, por eso no se trata de salir corriendo a la calle dando gritos como una loca, como un descerebrado, a lo que salga con muy buena voluntad y ya está, dicho y hecho. Nuestra palabra tiene que ser gestada, está criándose en nuestro interior, para que cuando aflore, para que cuando sea dada la luz, para que cuando sea pronunciada se escuche en todas partes y lleve a todos a poner su oído y su mirada, no en nosotros (sólo somos voceros), si no en Jesús, que es quien viene a salvarnos. Nosotros somos, como Juan, meros intermediarios, indignos de “llevarle las sandalias”, pero nuestra misión requiere una grave responsabilidad. Nuestra vida, nuestro modo de amar a los demás es la voz que gestamos en nuestro interior, como María; así, llenos de gracia, igual que ella, aguardamos la venida del Señor, despojándonos de todo lo que es inútil en nuestra vida y en nada contribuye al beneficio de ninguna persona cercana o lejana.

También hemos proclamado en el salmo, haciéndonos eco del profeta Isaías, “¡Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna!”; vivamos contribuyendo, cada una y cada uno de nosotros, a gestar la justicia que nuestro mundo necesita y la paz (que es fruto de la justicia), hasta que falte la luna…

Diciembre 2, 2010

EMBARAZO

Guardado en: LoVi — Lovi @ 2:23 am

Estoy preñado. Preñado de amor, de gracia, de ilusión, de entusiasmo; estamos preñados de deseos de contribuir a conseguir con nuestro esfuerzo que nuestro mundo sea mejor, ese otro mundo que sabemos y creemos posible.

ES ADVIENTO.

Dios que vino en carne, Dios que viene a nosotros en cada persona y en cada acontecimiento, Dios que se nos desvela en los signos de los tiempos, Dios que viene a salvarnos de todo aquello que nos impide vivir nuestra esencia de seres amantes y amados, Dios, viene a traernos la plenitud del amor.

“37Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre.
38Porque como en los días que precedieron al diluvio,
comían, bebían, tomaban mujer o marido,
hasta el día en que entró Noé en el arca,
39y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio
y los arrastró a todos,
así será también la venida del Hijo del hombre.
40Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado;
41dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada.
42Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
43Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese
a qué hora de la noche iba a venir el ladrón,
estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa.
44Por eso, también vosotros estad preparados,
porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre.”
(Mt 24, 37 – 44).

De la misma manera que el Espíritu Santo embarazó a María, la llenó de vida y de gracia, así también a nosotros. Y nos ha preñado para que demos a luz la vida en nuestro mundo, para que demos a luz la salud, la salvación. Él ha querido necesitar de nosotros, nos elegido colaboradoras y colaboradores suyos para que trabajemos a su lado codo con codo en la tarea de hacer posible que su sueño de fraternidad universal sea una realidad. Ya sé que ante tanto desastre de todo tipo lo más razonable sería decepcionarse, sucumbir al pesimismo, y no venir con soflamas de una situación que nunca se dará. Sin embargo el proyecto de Dios, la felicidad del ser humano en equilibrio con toda la creación, está ahí y no hay más que poner manos a la obra.
Por eso no nos podemos dormir, no nos podemos dejar embaucar, no nos podemos dejar deslumbrar por nada ni nadie que no sea nuestra misión de mensajeros del amor de Dios. Y tenemos que cuidarnos de todo lo que nos impide hacer presente, o favorecer, la presencia del Reino de Dios. Por eso el evangelista Mateo nos advierte de la necesidad de estar en vela, de estar preparados; no porque tengamos miedo de que nos pille despistados y nos eche un rapapolvo, sino porque necesitamos estar alerta, vigilantes porque puede suceder que pase a nuestro lado (y pasa) y nosotros no nos enteremos, no nos demos cuenta de que está ahí y necesita de nosotros.

Vivir el adviento es celebrar el gozo de saber que estamos salvados, pero que también nosotros tenemos que hacer un esfuerzo para que esa salvación llegue a plenitud, que se haga realidad, que de verdad cada uno de nosotras y nosotros experimentemos en nuestra vida cotidiana que no nos dejamos llevar de los recelos, los prejuicios, los odios, las envidias, las enemistades, la pereza, la indiferencia, sino que vivimos ardientemente el deseo de transformar nuestra entorno en unas condiciones de vida digna y justa para todos, que nos esforzamos cada día en ser hombres y mujeres nuevos, libres y responsables que trabajan por la justicia.

En este mundo y en esta sociedad nuestra, de engaños, extorsiones, zancadillas, pisotones, empujones, agresiones continuas, en medio de tanta mentira y de tanta violencia, nosotros optamos decididamente por la verdad y la paz: sinceros con nosotros mismos, honestos con los demás, pacíficos y pacificadores; y es necesario estar en vela, estar muy atentos, porque sino nos pasa como en tiempos de Noe, que se despistaron, no se dieron cuenta, se dejaron llevar y se los tragó el diluvio.
¡Nosotros no! Nosotros permanecemos en vela, alerta, vigilantes, porque queremos ser hombres y mujeres de adviento, que en este embarazo nos preparamos porque sabemos que cuidar una vida en nuestro interior no es fácil, y no queremos abortar. Estamos dispuestos a cuidar la vida que Dios nos ha regalado, las semillas que Él ha puesto en nuestro interior y queremos darlo a conocer, queremos manifestarlo, mostrarlo, pregonarlo…; pero todavía no.
Es momento de tener en cuenta todos los cuidados que nos diga el doctor, de prestar atención, y hacer todos los ejercicios, para que cuando llegue a María el momento del parto, estemos ahí a su lado tomándola de la mano, respirando con ella, y empujando en el momento oportuno, haciendo fuerza, para que nazca el Verbo de Dios, su pensamiento, su Palabra hecha carne en un niño chico… Pero todavía no.
Es un momento de preparación y por tanto de tensión, de espera activa para lograr que el sueño de Dios sea el nuestro y juntos lo hagamos realidad, y no quimera.

Ahora es tiempo de Adviento, momento de espera confiada para poder llegar a dar a luz lo que más necesita nuestra sociedad y nuestro mundo: la misericordia entrañable de Dios.

¡CASA DE JACOB, VEN. CAMINEMOS A LA LUZ DEL SEÑOR!

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