DESPUÉS DE UNOS DÍAS DE RETIRO ESPIRITUAL EN LA CASA DE EJERCICIOS RAFAELA MARÍA EN MADRID, QUE DIRIGEN LAS ESCLAVAS DEL SAGRADO CORAZÓN (ACI), CON QUIENES CELEBRO CADA DÍA, RESUMO ASÍ LA EXPERIENCIA VIVIDA.
Estoy desnudo, acostado sobre la tierra húmeda, después de la lluvia, con los brazos abiertos y mirando al cielo con los ojos cerrados, recibiendo la tibia calidez del sol de la mañana.
Es tu calor el que me conforta y me fortalece, es tu luz la que me ciega y me ayuda a ver con claridad; es tu amor quien me inunda y me colma.
Estoy solo, acostado sobre la tierra mojada por mis lágrimas y mis lamentos, y es la firmeza de tu llamada la que me levanta de mi postración y me anima a seguir, a continuar el camino en pos de Ti.
Estoy desnudo y solo, acostado sobre la tierra, con los brazos abiertos en cruz, como Tú, Señor de la vida, para poder abrazarte a ti en todos los humanos, para poder acogerte a ti en todos mis hermanos.
Estoy solo y desnudo con los brazos en cruz mirando al cielo abierto esperando que vengas a buscarme y dispuesto a salir a tu encuentro en cada persona y en cada acontecimiento.
Estoy junto a ti, Tú me das la mano, me miras con afecto y me hablas, me levantas y me llamas por mi nombre.
Estoy a tu lado y tu ternura me fortalece, tu sonrisa me embarga y me llena de paz. Estoy sentado en ti, contemplo tu mirada transparente y se me alegra el alma.
Estoy entre tus brazos y tu calor, la fuerza de tu abrazo, tu amor compasivo y misericordioso, me aprieta contra tu pecho y escucho el latido de tu corazón infinito, rebosante de razones para amar.
He vuelto de lejos, vuelvo cada día del extremo de la tierra, y sales corriendo, al borde del infarto, para abrazarme en cada despertar y regalarme la fiesta de la vida, de la dignidad de ser tu hijo, de la paz de permanecer en tu casa, en nuestro hogar.
Vuelvo de lejos, después de cada noche, y me cubres de besos, me llevas en tus palmas, me tatúas en tu corazón, me cubres bajo tus alas y me dices: “No tengas miedo”.
He vuelto de lejos y no veo rostros malhumorados, sino amigos solícitos, hermanos admirados y dichosos por mi regreso dispuestos a cantar y danzar y hacer fiesta porque habito en la casa paterna y materna.
Vengo y vivo y permanezco y hay sol y luz y flores y colores y una parra en la puerta que sale al huerto que da sombra fresca y uvas dulces y jugosas; y hay también una higuera, y un olivo y una palmera, y un ciprés y un alegre surtidor de agua cantarina. Hay niños y niñas que corren y juegan, y hay hombres y mujeres de todas las edades que sonríen y se felicitan porque estamos aquí. Algunos, los que saben, tocan instrumentos y cantamos alegres, porque estamos aquí, en tu casa, en nuestra casa, en nuestro hogar.
En el horno, junto a la puerta, bajo un sombrajo de hojas de palma, se cuece el pan.
Y hay una mesa grande, con sitio para todos, y Tú nos vas sirviendo con una dicha incomparable. Nosotros llegamos los últimos, primero vinieron los que habían sido paralíticos, cojos, ciegos, leprosos, mudos, mancos, pero ya no lo son; los que habían estado encarcelados, oprimidos, esclavizados, pero ya no lo están; los que andaban mendigando vagabundos, los tirados a la orilla de los caminos, pero ya no yerran. Nosotros, los que a veces nos creímos mejores que otros, llegamos después.
Y en la casa hay espacio suficiente para todos, la casa no aumenta ni se agranda; y por muchos que lleguen cabemos todos: todos somos acogidos, todos a tu lado, todos junto a ti.
Esta es la morada de Dios con los hombres, Él habita con ellos; ellos son su pueblo y Dios mismo mora con ellos.
“TODO LO HAGO NUEVO”.