TSUNAMI
Los acontecimientos acaecidos en Japón y cómo se van desarrollando las consecuencias de la posible amenaza nuclear es una oportunidad, nada despreciable, para caer en la cuenta de lo débiles que somos, de lo frágiles y de lo equivocados que estamos en el uso que hemos hecho con los medios que nos ofrece la naturaleza.
La situación de Libia nos hace ver, una vez más, que no hemos entendido todavía que la paz no se consigue con la guerra, que la violencia no se frena con más violencia, sino que genera más odio, más rencor, más resentimiento, pero nunca paz. El antiguo adagio “Si vis pacem, para bellum” [si quieres la paz, prepara (prepárate para) la guerra] no es válido. Si vis pacem, para pacem: si quieres la paz, prepara la paz.
De aquellos polvos, estos lodos. Todos los que bombardean hoy a Gadafi, lo alabaron, lo adularon y le entregaron las llaves de las capitales de los países que regentan.
Jesús en el texto del evangelio de este segundo domingo de cuaresma, la transfiguración (Mt 17, 1-9), nos prepara, no solo para la paz, sino para la victoria; una victoria que conseguirá enfrentándose al mal a fuerza, y a base, de bien. Es el modo en que Jesús hace las cosas, no plantea una batalla cruenta en contra del enemigo, sino que se entrega y se doblega para no enfrentarse, aparentemente lo pierde todo, pero con su aparente fracaso consigue lo más precioso, lo más valioso: la Resurrección.
¿Qué perderíamos si dejáramos de depender del petróleo (causa última de la lucha en Libia) y si dejáramos de depender de la energía atómica (el miedo mortal al que ahora mismo se enfrenta Japón)? Perderíamos comodidades, perderíamos tecnología, perderíamos determinados adelantos, es cierto. Pero quizá no nos hemos hecho la pregunta adecuada: ¿seríamos más felices? Es posible que todos los adelantos de la humanidad no nos hayan alcanzado mayor felicidad, es posible que el engranaje de la sociedad capitalista, del liberalismo económico y del consumismo nos haya conseguido mayores comodidades y adelantos útiles, sin duda, pero también es cierto que nos ha proporcionado infinidad de enfrentamientos y guerras fratricidas, que ha causado que el abismo entre ricos y pobres sea cada día más inmenso; nos genera día a día, estrés, preocupación, desasosiego, la sensación de que no llegamos, de que corremos en una carrera en la que por más que nos esforcemos no alcanzamos la meta, todo el día corriendo, sofocados, con la lengua fuera para llegar a ninguna parte.
Ya sé que parece un análisis simplista, es más no es un análisis, es más que nada una sensación que me incomoda. No se trata de un lamento oportunista y pesimista, milenarista y apocalíptico. Es ratificar la sensación que tengo de que nos han engañado, de que continúan engañándonos y nosotros continuamos tragando. No es un sermoncillo de curita pseudo progre que va de guay, es el compartir de una inquietud que me hierve en la sangre.
Jesús se transfigura delante de nosotros y nos muestra el camino hacia la Pascua, eso sí es la verdadera felicidad, la plenitud de la persona, de la humanidad completa.
A nosotros, como a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, nos puede el miedo: “Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo” (17, 6). Han visto a Jesús resplandeciente, les ha mostrado su verdadero rostro, y han escuchado la voz desde la nube “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle” (17,5). Cuando Jesús nos muestra su rostro nos está mostrando aquello que nosotros somos cuando damos lo mejor de nosotros mismos, cuando no dejamos resquicio al egoísmo y nos dejamos seducir por la voz de Dios, cuando escuchamos a Jesús y ponemos por obra su palabra, cuando hacemos realidad en nuestra vida cotidiana la voluntad de Dios, lo que Él quiere y espera de nosotros. Y aunque nos lo neguemos a nosotros mismos, somos capaces de hacerlo, también nosotros podemos resplandecer, y de hecho lo hacemos, pero tenemos miedo de nuestra propia capacidad de amar. Si el domingo pasado decíamos que nos asusta un Dios tentado, yo creo que nos asusta todavía más el hombre glorificado, aquel que nos muestra la grandeza del ser humano, que nos pone delante de los ojos, para que no quede lugar a dudas, nuestra enorme capacidad, no sólo de trabajo, de esfuerzo, sino, por encima de todo, nuestra capacidad de amar, de vivir la compasión, de ser misericordiosos, de sanar nuestras propias heridas. Por eso, quizá encumbramos a los santos a lugares tan altos, los alejamos, cuando son hombres y mujeres de la misma carne y sangre que nosotros, de la misma materia perecedera, y a la vez, eterna. Nos aterran nuestra propia capacidad de hacer el bien y preferimos ceñirnos a lo que conocemos aunque nos disguste. En esto consiste el engaño de esta sociedad, en que niega al hombre su capacidad de ser reduciéndolo a la importancia del tener y del aparentar. Ese ha sido, ni más ni menos el declive de la economía que ha causado esta crisis mundial que padecemos, todo se han inflado artificialmente por encima de su valor real haciéndonos creer que no valemos por nosotros mismos, sino por aquello que nos sirve de adorno, y se han infravalorado las capacidades de las personas atendiendo a cánones de clase social, poder económico, titulación académica, raza, cultura, procedencia, color de piel, sexo, etcétera, etcétera. Por eso, como no se cansa de anunciar José Luis Sampedro y tantos otros pensadores, la crisis que nos afecta no es sólo económica, es una crisis de estructuras sociales, es la crisis del mismo sistema organizativo, basado exclusivamente en la economía, de todo el entramado social. Por eso las pocas civilizaciones que todavía son autónomas y no han sucumbido a la feroz dictadura del dios dinero, se mantienen incólumes.
Por eso es más significativa la actitud de Jesús hacia sus asustados discípulos: “Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: ‘Levantaos, no tengáis miedo’” (17,7).
Jesús se acerca, te toca y te dice: Levántate, no tengas miedo, sal adelante, da lo mejor de ti en servicio a los demás y entonces podrás entender que eres capaz de muchas más cosas de las que ni siquiera tú mismo has imaginado. Vente arriba, supérate cada día, no para oprimir, no para esclavizar, sino para amar, para atreverte a ser quien tú eres realmente, para sacar a la luz todo lo que está en tu interior luchando por surgir y que tú con tu miedo y tu zozobra constantemente sofocas; ánimo, atrévete a amar, a no calcular lo que das, a vivir la gratuidad, a no buscar compensaciones en todo lo que haces, vive por el puro gusto de vivir y de darte a quienes la vida te ha puesto alrededor, incluso a los que están más lejos y que desconoces y que nunca podrán agradecerte personalmente lo que has sido capaz de hacer por ellos.
Es por eso que Jesús sube a una montaña alta, a una cumbre, para que veamos lo grandes que podemos llegar a ser cuando nos mostramos pequeños; Él nos encumbra, nos enaltece, nos infunde ese valor para seguir adelante. La capacidad del hombre para superarse la hemos contemplado en numerosas ocasiones y vamos a volver a contemplarla en este pueblo de Japón que resurgirá del desastre y se hará más fuerte, es capaz de esto porque hemos visto que no ha gritado, no ha vociferado (no se han dado saqueos, ni actos de vandalismo, ni robos, no ha habido reclamos vacíos buscando ausentes culpables), simplemente desde el primer momento ha asumido la realidad que tenía delante y se ha dispuesto a transformarla.
Dios es un tsunami que nos revuelca el corazón, que derriba todas nuestras falsas seguridades y que nos invita a crecer desde nuestra nada verdaderamente poderosa, para que reafirmemos la fe en nosotros mismos y en nuestra capacidad de amar y con ella logremos la superación de ésta y de todas las crisis personales y sociales.
Esa es la transfiguración que podemos realizar en nuestro mundo y en nuestras propias personas, la transformación que resume la ley y los profetas, la revolución del amor.