PASA LO QUE PASA.
Pasa Jesús por Galilea, por Judea, pasa por Cafarnaúm, por Samaría, por Betania, pasa por Jerusalén. Pasa por nuestra vida. Jesús pasa, pero su paso no es pasivo, ni pasajero, ni pasional. Lo pasivo es aquello que no tiene protagonismo, lo pasajero fugaz, lo pasional lo que no tiene entidad ni consistencia. Por eso Jesús pasa para quedarse. Su Pasión no es algo efímero, sino definitivo; no es voluble sino esencial. Jesús ha pasado por la historia de la humanidad y no ha sido indiferente, sino determinante. Jesús ha pasado por nuestra vida y nos ha marcado, Jesús sella su amor por la humanidad en cada uno de los hombres y mujeres que nos hemos arriesgado a conocerlo y nos transforma de tal modo que nuestra existencia deja de ser lo que era: nos cauteriza.
Así pasó por la vida de aquellos que lo rodearon y quisieron ser próximos a Él. Muchos, la mayoría, por no decir todos, no entendían los gestos de Jesús, no eran capaces de comprender el alcance de sus palabras y sus acciones, y se quedaban en la cáscara, en la superficie. Algunos intuyeron que era especial, algo nuevo que encandilaba y se escapaba a los esquemas tradicionales tanto religiosos como sociales y personales. Jesús era otra cosa, otra persona, ¿cómo no pensar que era el Hijo de Dios, el Mesías esperado?
Hoy, para ti y para mi, Jesús es el Señor si creemos en Él, pero por desgracia, y a pesar de que jugamos con ventaja y que sabemos que resucitó, y además creemos en Él como el crucificado resucitado, seguimos quedándonos en la cáscara. Quizá sea por eso por lo que la Iglesia, sabia y maestra, nos invita cada año a atravesar con Jesús su pasión, su muerte y su resurrección, para avivar en nosotros el rescoldo, que se apaga y se enfría, que queda del fuego que brotó en nuestro interior cuando fuimos conscientes por primera vez de lo que significaba eso de ser cristiano.
Proclamamos su pasión, además, dos veces en ocho días; se nos hace largo, y seguimos sin acabar de entender…Y hasta en ocasiones nos preguntamos ¿para qué repetir tanto?, ¿no es un aburrimiento? Por eso agradezco al Señor que me haya regalado esa capacidad para entender su palabra y no cansarme de leerla y releerla, meditarla y reflexionar con ella una y otra vez descubriendo en cada ocasión una riqueza nueva y un aprendizaje que debo comenzar a realizar en mi vida.
En la lectura de la Pasión del Evangelio de Mateo que proclamamos en la celebración del domingo de Ramos (Mt 26, 14- 27, 66) me he centrado en esa capacidad de Jesús de asumir lo que está sucediéndole sin rechazar nada, al contrario confesando su deseo expreso de aceptarlo y hacerlo suyo. En Getsemaní, en casa de Caifás, en el pretorio, en el Calvario, la traición, la negación, el juicio, el interrogatorio, la condena, la ejecución. Jesús hace parte de Él todo esto, se lo apropia y carga con ello. Pero no lo hace de una manera pesimista ni fatalista, sino que consciente de su libertad y de la posibilidad de dejar todo aquello de lado y escapar, decide seguir adelante porque eso tan trágico, tan doloroso que vive es la consecuencia del Reino que ha anunciado. Cuando Jesús se encarna acoge en sí toda la miseria del hombre, toda su pereza para amar y descubrir en el otro un ser igual a él. El hecho de que Jesús cargue con la cruz significa que hace suya la debilidad intrínseca del hombre para mostrarle que siguiendo hasta el final, que asumiendo nuestros actos hasta las últimas consecuencias, es cuando somos verdaderamente libres, es cuando no nos dejamos condicionar y por lo tanto cuando, siendo nosotros mismos, no nos compramos ni nos vendemos, no nos dejamos corromper y por eso, precisamente es por lo que pervivimos. Jesús en su pasión nos muestra que el ser humano, que las personas, podemos amar hasta el extremo y que ese amor extremo es lo nos ensalza como personas, lo que nos da la grandeza de ser hijos e hijas de Dios.
Así Juan, en el cuarto evangelio que proclamamos en la tarde del jueves santo, en la celebración de la Cena del Señor (Jn 13, 1-15), sustituye el acto de la entrega sacramental de su cuerpo y su sangre por el gesto de lavar los pies. Jesús se pone a los pies de la humanidad para servirla, Jesús entrega su vida, no para demostrarnos que se puede sufrir todavía más, sino para hacernos conscientes de que en el servicio está la real dignidad del ser humano, y que merece la pena hacerlo porque es eso lo que da sentido a nuestra vida, a nuestra existencia. Y también Jesús nos insta a aceptar que sea Él quien nos lave los pies, sin avergonzarnos, sin cuestionarnos. Muchas veces y de muchas maneras sufrimos lo indecible en nuestras vidas porque el orgullo, que no es humano, nos impide ser amados, renunciamos voluntariamente a dejarnos amar por otros para no padecer, pero con ello renunciamos también a ser personas. Dejarse amar por Jesús, dejar que nos lave, permitir y consentir que dé la vida por nosotros, es lo que nos ayuda a vislumbrar, no sólo que también nosotros podemos dar la vida por los demás, sino que también nosotros podemos gozar de la dicha de ser amados.
La pasión de Jesús deja de ser algo sangriento y reprobable cuando percibimos su generosidad y su amor y no nos culpabilizamos por ello. Aceptar que otra persona quiere hacer entrega de algo en su vida por mí, es aceptar también y asumir que yo también puedo renunciar por amor a otros. Ahí Jesús nos descubre la grandeza de la dignidad del ser humano, en la entrega, en la generosidad, en la donación de uno mismo por amor.
Por eso también el viernes santo adoramos la cruz, besamos la imagen del cuerpo yerto de Jesús agradecidos por el regalo de su vida y su amor, asumiendo las consecuencias que eso tiene en nuestra vida: que también nosotros debemos regalarnos generosamente a los demás para evitar que los hombres y mujeres de nuestro mundo sean insignificantes, no cuenten, no se les tenga en cuenta, se les anule, se les arrebaten sus derechos y no se les reconozca su dignidad. Besar la cruz de Cristo es asumir con valentía y coraje la indignación que provoca un mundo injusto como el nuestro, no para lamentarnos, sino para tomar partido y, del lado de los más débiles, protagonizar la revolución del amor.
Ante nuestro mundo corrupto y demenciado no pasamos de largo sino que, conscientes de que pasa lo que pasa, asumimos la “tarea de hacer de todo el mundo la nueva humanidad”.