Flipante Dios

Mayo 23, 2011

EL SOL ENTRA POR LA PUERTA.

Guardado en: LoVi — Lovi @ 4:35 pm

Cuando cada día trasbordo de la linea tres a la uno de la red de metro de Madrid en la estación de Sol, de mi casa a la iglesia de las Esclavas donde celebro cada día, ida y vuelta, nada de lo que veo u oigo me hace notar lo que sucede unos metros más arriba, en la superficie.

A mi nadie me quita de la cabeza que esto ha sido cosa de San Isidro ¿por qué, si no, la primera manifestación el día quince de mayo? Pues eso, que San Isidro Labrador se sintió alagado y dijo: “Por celebrar vuestra procesión laica de protesta en mi día, Madrid, la ciudad en la que viví y me honra como protector, va a dar nombre en todo el mundo”. Nada mejor que una causa justa para alegrar el corazón de un santo.

“En la noción de exasperación, hay que comprender la violencia como una lamentable conclusión de situaciones inaceptables para aquellos que las sufren.(…) No deberíamos exasperarnos, deberíamos esperanzarnos. La exasperación es una negación de la esperanza. Es algo comprensible, casi diría que natural, pero precisamente por eso no es aceptable. Porque no permite obtener los resultados que puede eventualmente producir la esperanza” (Stéphane Hessel, Indignaos).

Para mi que todo este movimiento de indignación generalizada, que comparto y de la que vengo escribiendo desde hace tiempo, es cosa de Dios. Sí, sí, ya sé que entre las reivindicaciones del movimiento está la eliminación de los privilegios que reporta a la Iglesia Católica el traído y llevado concordato del estado español con la santa sede; a pesar de eso, o precisamente y también por eso, entiendo que todo este movimiento nos alumbra de esperanza y nos anima a continuar luchando y trabajando de manera pacífica para erradicar la injusticia de nuestra sociedad y que, por consiguiente, es cosa de Dios.
Acusaban a los jóvenes de que eran pasotas: ya se están moviendo; de que habían perdido las utopías: ahí están, utópicos hasta las cachas; de que estaban amuermados y sin horizonte: ahí los tenemos abriendo avenidas, poblando las plazas -que se peatonalizaron para uso y disfrute de la ciudadanía-, colmándolas de vida, ilusión y alegría, organizados y en paz.

Para mi lo más hermoso de Sol es que todo convive en armonía: hombres y mujeres -aunque también he visto perros- de cualquier nacionalidad, raza, color de piel, procedencia social, edad, estado laboral, creencias, ideologías, todo cabe si se está de acuerdo en unos mínimos que se van consensuando de modo asambleario y por votación popular. Y en todo hay una ejemplar organización. La vida bajo las lonas alrededor de la estatua ecuestre de Carlos III -el mejor alcalde de Madrid- es simple y ordenada, para cada aspecto un mínimo espacio y una comisión, cada una de ellas con un buzón de sugerencias para que todos puedan opinar: acción, guardería, alimentación, comunicación, legal, infraestructuras, información, cuidados y limpieza, coordinación interna,.. Es una pequeña ciudad en el centro de la gran ciudad, poblada por ciudadanos responsables y comprometidos que han optado por darlo todo hasta ser capaces de encontrar una respuesta creíble a sus aspiraciones.

Me emociona, se me eriza el vello, pasear por los estrechos callejones bajo las lonas que resguardan del sol – casi tanto como me emocionó participar en Honduras en las concentraciones de los bajos del Congreso en apoyo a los fiscales que permanecían en huelga de hambre como protesta a la manipulación y la corrupción del poder judicial del país-, ver los entresijos de este pueblo naciente, comprobar la serenidad con que son capaces de conversar personas de distintas edades y posturas ideológicas, sin alterarse, en cuestiones verdaderamente espinosas, participar de la educación y el respeto con que se transita, se da y se recibe, se sonríe, se percibe la generosidad y la entrega, la donación desinteresada, el agradecimiento.
¿Será la ciudad de Dios? Porque yo no tengo duda de que Él está presente, a pesar de que quienes se mantienen allí desde el pasado lunes no sean plenamente conscientes de todo lo que están moviendo y de quien los está moviendo. Yo estoy convencido de que este despertar es algo imparable y no sólo para la población española, sino para la de todos los países del mundo. Los jóvenes y adultos que han despertado están haciendo despertar y harán despertar a muchos otros y, aunque ellos no lo quieran constatar, hará espabilar a quienes sean elegidos en estos comicios electorales de hoy en municipios y comunidades autonómicas y forales españolas.

Una parte considerable de la población ha decidido no permanecer en silencio por más tiempo ante la infamia de la injusticia, la corrupción y la manipulación de que somos objeto, y eso se tiene que notar. Una vez que hemos despertado no podemos regresar a la oscuridad ni a la somnolencia.

Se ha comenzado a recorrer un camino que tiene mucho que ver con el evangelio y a mi esto me llena de esperanza. Vengo mucho tiempo compartiendo que la crisis actual no es sólo política o económica, sino una crisis de la estructura, obsoleta, que sostiene la sociedad capitalista que no sirve porque es injusta ya que está basada en la explotación de una inmensa mayoría para que unos pocos disfrutemos de el denominado “estado de bienestar”. Debemos comprender que si creemos que todas las personas somos iguales en dignidad todos debemos tener acceso a los mismos beneficios y servicios y las mismas oportunidades para crecer, sin excluir a nadie, esté lejos o cerca.

Por eso me cuestiona que sea este domingo precisamente el que Jesús nos diga, por medio del evangelio de Juan: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida”. Todos los textos de este domingo me ensanchan el corazón y me inundan de un gozo sereno: la vida en el servicio a los más débiles e indefensos sin distinciones de procedencia desde los primeros momentos de la comunidad cristiana (Hch 6, 1-7), el empuje de las palabras de Pedro anunciando a Jesús como piedra de tropiezo para quienes son incapaces de descubrir en su persona la liberación que Dios nos ofrece (I P 2, 4-9), la indignación de Jesús ante la incomprensión de lo que significa el Reino por parte de sus discípulos -Tomas y Felipe- y su anuncio de que Él es el camino para poder alcanzar la comunión plena de vida y amor con Dios Padre y Madre (Jn 14, 1-12) y la plegaria confiada del salmista “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti” (Sal 32).

A esta oración recurro ahora que me dispongo a salir de casa para concentrarme en la Puerta del Sol y gritar, a todos los que nos quieran escuchar, con el silencio.
Aunque sean las doce de la noche vamos a abrirle la puerta al sol.

Mayo 7, 2011

PREGÓN PASCUAL DE JON SOBRINO.

Guardado en: LoVi — Lovi @ 5:24 pm

VIVIMOS EN TIERRA EXTRAÑA, PERO SEGUIMOS CANTANDO.
Pregón pascual en El Salvador 2011.
JON SOBRINO, SANTA TECLA (EL SALVADOR).

I

ECLESALIA, 05/05/11.- Es bueno, Señor, cantar con alegría ante este cirio. Nos hace presente a Jesús, tu Hijo y nuestro hermano. Pasó haciendo el bien porque tú estabas con él.
Con todos fue honrado y a todos dijo la verdad. Con los pequeños actuó con compasión, y con los poderosos entró en conflicto. Por defender a pobres y víctimas lo arriesgó todo, su tranquilidad, su buen nombre, su vida. Estorbó a los poderosos y por eso lo mataron. No hubo ningún macabro designio. Bien lo entendemos los salvadoreños. Así sucedió con Rutilio y con Monseñor, con Rufina la superviviente de El Mozote, asesinada en sus hijos pequeños, y con nuestras hermanas norteamericanas.

Jesús no murió consumados largos años como el padre Abraham, sino joven. Ni murió pacíficamente como la tradición narra la muerte de su madre María, sino con crueldad. La cruz de los campanarios, la cruz bordada en estolas y mitras, la cruz de coronas imperiales y de joyas costosas, nada tienen que ver con los dos palos y los tres clavos de la cruz en que murió Jesús. Los ciudadanos y nobles romanos morían ejecutados a espada, muerte con dignidad. Los sediciosos y esclavos insumisos morían crucificados, muerte cruel y con oprobio.

Nada de esto hay que olvidar, Señor, aunque abruma el recordarlo. Esta noche, sin embargo, desde dentro nos sale cantar, y cantamos. No es fácil encontrar palabras para formular lo que ocurrió, pero desde el principio y a lo largo de los siglos permanece la convicción: la cruz no tuvo la última palabra. Pedro lo proclamó muy pronto: “Ustedes lo mataron, pero a este Jesús Dios lo resucitó”. Leonardo Boff escribe bellamente: “La grama no creció sobre su tumba”. Y nosotros decimos: “El verdugo no triunfó sobre la víctima”. Te alegras, Señor, con la vida de Jesús y le das la razón. Jesús es el ser humano cabal. Es tu Hijo amado.

Por ello, sin trivializar la cruz en modo alguno, podemos cantar: Jesús resucitado nos trae una luz que vence la oscuridad de nuestra mente y nos contagia un calor que triunfa sobre el frío y la tristeza que a menudo invade nuestro corazón.

Esto es lo que significa este cirio en este templo de El Carmen. El templo es sencillo, pero aporta luz y calor a la celebración. Está aseado con cariño y diligentemente por gente sencilla y pobre. Y está decorado con modestia. Sin pompa ni solemnidad, hay mucho amor en él. Y por ello este templo de lámina acoge al resucitado mejor que palacios suntuosos.
Para cantar con alegría, y también con honradez, digamos unas palabras, en primer lugar sobre lo que no se suele tener muy en cuenta, y después sobre lo fundamental.

II

Una dificultad. “¿Cómo cantar a Jahvé en tierra extraña?”, se preguntaban, desconsolados, los israelitas en el exilio de Babilonia. También nosotros vivimos hoy en tierra extraña y cruel, en una tierra enemiga de los pobres y que produce víctimas sin cuento.
Hace unos días, en Siria, país fronterizo con la tierra de Jesús, fueron asesinadas 72 personas, y siguen los asesinatos. Aquí, en la tierra de Monseñor Romero, la prensa, que llena portadas con veleidades, muchas veces insultantes, no puede esconder totalmente la verdad. En lo que va de año más de 1300 personas han sido asesinadas, y han ido en aumento los asesinatos de mujeres. Los asesinatos se cometen muchas veces con gran crueldad, y aparecen cadáveres troceados, tirados en bolsas. Ayer, víspera de sábado santo, apareció el cadáver de un niño de seis años, degollado junto con su mamá de 35 años.

Señor, ¿es posible cantar? Monseñor creyó en la resurrección de Jesús y en la suya propia. Cantó al resucitado, aunque no le era fácil, pues no cantaba irresponsablemente. “Yo vivo en un hospital [para enfermos de cáncer incurable] y siento de veras de cerca el dolor, los quejidos del sufrimiento en la noche, la tristeza del que llega teniendo que dejar su familia”. Y vivió en medio de la cruda represión. “Esta semana se me horrorizó el corazón cuando vi a la esposa con sus nueve niñitos pequeños que venía a informarme. Al marido lo encontraron con señales de tortura y muerto”. Monseñor cantaba en tierra extraña y cruel.

Sólo cuando no es fácil cantar porque no cerramos los ojos ante la infamia y la barbarie, como no lo hizo Monseñor, tenemos el derecho de cantar al resucitado. Y sólo entonces podemos cantar en verdad.

Yendo hasta el fondo, no se puede cantar al resucitado sin defender a los crucificados. “Sólo puede cantar gregoriano, decía un gran cristiano en tiempos del nazismo, quien defiende a los judíos”, y murió ejecutado. Monseñor sí podía cantar gregoriano.

Una tentación. “No se queden mirando al cielo”. En la ascensión Jesús nos lo prohíbe. Y en las apariciones nos intima: “vayan al mundo”. El resucitado no aprueba ningún tipo de evasión, salirnos de esta historia difícil y costosa para elevarnos a otra maravillosa, aunque en ella ocurran milagros y apariciones.

Jesús no resucitó para eso. Resucitó para darnos vida a nosotros, y para que nosotros, insertos en nuestra sociedad, demos vida a otros -como él lo hizo inserto en la suya. El resucitado nos aparta de sí, nos envía y nos dice a qué y para qué: “Vayan a anunciar la buena noticia a los pobres. Sean libres y liberen a los oprimidos. Llévense unos a otros, perdónense y reconcíliense. No tengan miedo y quiten el miedo a los demás. Tengan paz y trabajen por la paz. Sean justos y trabajen por la justicia. Den de comer a las masas hambrientas. Y bajen de la cruz a los crucificados”.

Tampoco se aparece Jesús para que nos quedemos extasiados viéndole subir entre nubes. El resucitado no es egocéntrico, no vive para sí. No nos pide ojos abiertos para mejor verle a él, sino ojos bien abiertos, y no cerrados, para ver a los que siguen crucificados -y así verle mejor a él. No le interesan homenajes a su persona -no está obsesionado consigo mismo como lo solemos estar nosotros-, sino que quiere vida, liberación y dignidad para los crucificados de hoy. En ellos está, aunque eso no aparezca en muchas estampas y cantos piadosos.

Una exigencia. “Mete tu mano en mi costado”. Jesús se apareció, y se nos aparece. Tomás le dice “Señor mío y Dios mío”. Pero bien visto, Jesús no ofrece un espectáculo que deja boquiabiertos, ni ofrece una medicina milagrosa. Se dejó ver y oír, pero pidió que le tocásemos. Y al tocarle, vemos con asombro que sigue siendo un crucificado, en lo que insiste el evangelio de Juan. Tocarle ofrece algo de sosiego a las dudas -lo que busca la apologética. Pero exige sobre todo honradez para mantener el escándalo: Jesús muestra a sus discípulos manos y costado con las heridas de los clavos y de la lanza.

Este, y no otro, es el resucitado que se apareció a las mujeres y a los discípulos. Y aceptado como es, el escándalo se torna en bienaventuranza. Entonces Jesús se deja ver, oír y tocar como la fuerza de la vida, con palabras de paz que superan el miedo, con el encargo de perdonar, lo que supera el abatimiento, como dice el mismo Juan.

El resucitado es el crucificado. “Sea la suya, nos dice Jesús, una espiritualidad del sábado santo. Siempre con un pie en la pasión del viernes y siempre con el otro pie en la resurrección del domingo”. Desde la resurrección, recuerda lo que prometió en vida. “El que pierde su vida por el Evangelio, la gana”.

III

La verdad. “Dios ha resucitado a Jesús”. La resurrección manifiesta la verdad de Jesús. Fue el ser humano cabal y por ello víctima de quienes son seres inhumanos. Dios no podía dejarle morir, y lo devolvió a la vida. No lo des-humanizó “haciéndolo poderoso”, sino que lo humanizó en plenitud, “poniendo en sus manos Espíritu”, energía y fuerza de vida, de compasión, de justicia, de verdad. Así Jesús se mostró afín al Padre. Es el Hijo amado.

Y la resurrección confirma cuanto Jesús había dicho de Dios y de nosotros, sensata y escandalosamente. Lo acaba de recordar otro gran cristiano, de nombre José Antonio Pagola.
Jesús confió en el Padre, y tras su resurrección sabemos que Dios es un Padre fiel y digno de toda confianza. Un Dios que nos ama más allá de la muerte. Y en quien siempre podemos confiar.

Jesús tuvo pasión por una vida más sana, justa y dichosa de los pobres. Tras su resurrección sabemos que Dios es amigo de la vida, y que nosotros debemos ser amigos de los pobres.
Jesús defendió de sus victimarios a las víctimas inocentes, a los débiles y vulnerables, a los maltratados por la sociedad y a los olvidados y despreciados por la religión. En la resurrección Dios le dio la razón, y sabemos que es un Dios de la justicia. A nosotros nos toca luchar contra la muerte en favor de la vida, contra la mentira en favor de la verdad, contra la arrogancia en favor de la sencillez, contra el odio en favor del amor.

El resucitado proclama la gran verdad y buena noticia: Dios se identifica con los crucificados, nunca con los verdugos.

La alegría. “Le reconocieron al partir el pan”. Cuando caminaba por Galilea, Jesús se preocupó del pan: “denles de comer”. Y muchas veces celebró lo humano y lo divino alrededor de una mesa. También el resucitado se apareció alrededor de mesas y alimentos. Y nos dejó su testamento: “Coman juntos y acuérdense de mí”.

Comer es hoy el anhelo de millones de hambrientos. Comer juntos, todos y todas, es la esperanza de que ya no seremos lobos unos para otros, de que no habrá hombres y mujeres, ancianos y niños sin hogar, que no habrá caínes ni muertes prematuras.

En el pan de la solidaridad, en el vino de la alegría, en las manos juntas, el resucitado se nos hace presente y trae alegría. Recordamos a Jesús. Y celebramos al resucitado.

La esperanza. “Resucitó como el primogénito de muchos hermanos”. Jesús fue el primero, pero no el único en resucitar. Es el hermano “mayor”. Pero no quiere vivir en soledad, como único héroe elegido y separado de la humanidad.

En vida fue el hermano mayor en la fe, viviéndola en plenitud, poniendo su confianza en el Padre Abba, y manteniéndose siempre disponible ante el misterioso Dios. Y en la resurrección sigue siendo el hermano mayor. A la suya seguirá la nuestra, la de todos y la de todas. La familia humana, toda ella, desde el inicio de los tiempos, llegará a ser una realidad. Sin forzarla mecánicamente, la resurrección de Jesús posibilita esa esperanza.

Pero la esperanza tiene otras raíces, además de la resurrección de Jesús. “No toda vida es ocasión de esperanza, pero sí la de quien, por amor, carga con la cruz”, dice un teólogo alemán que vino a rezar al jardín de rosas de la UCA donde mataron a los jesuitas.

Ojalá tengamos ambas esperanzas. De las dos, una con fundamento en el futuro de la utopía, otra con fundamento en el amor hasta el extremo, tenemos que vivir y esperar. “Al final Dios será todo en todos”.

IV

¿Creemos en la resurrección de Jesús?, nos preguntamos para terminar. No es cosa de cantar y rezar. En definitiva todo se decide -aun con muchas cosas en contra- en la propia vida, en la experiencia de una presencia que no muere, que nos atrae y nos impele hacia adelante. Nunca la poseemos, pero puede suceder que nos sintamos poseídos por ella. Así lo hemos formulado.
“En la historia se puede vivir con resignación o desesperación, pero se puede vivir también atraídos por una presencia que es promesa de justicia y reconciliación. Quien es poseído por la esperanza de que las víctimas tengan vida, a quien no le convence la resignación, ni le sosiega el carpe diem, ni el pragmatismo de que las víctimas ya sirvieron para algo, ése podrá tener una esperanza como la de quienes creyeron en el resucitado. Quien tiene amor y libertad para dar su propia vida, quien celebra lo que hay ya de plenitud, quizás no verá la historia como absurda o banal, ni como repetición de lo mismo. Podrá ver el futuro como promesa de un “más” que nos atañe y atrae sin poderlo remediar”. Y eso ocurre.

Qué nombre poner a ese “más”, si y cómo personalizarlo, es cosa personal e indelegable. Lo podemos llamar “el Dios de la esperanza”, lo que remite a la trascendencia. Esta noche cantamos a “Jesús resucitado” que, en parte, sigue remitiendo a la historia. Pero mientras la esperanza no ponga límites al caminar, quizás se pueda aceptar que tampoco hay límites en el motor de esa esperanza. El “más” es siempre “más”. Es el misterio de Dios que se ha desbordado en su Hijo.

Hay cristianos que, en cuanto uno puede juzgar, se dejan llevar por ese “misterio”. Y ellos mismos son presencia del misterio. Monseñor Romero juró en palabras muy históricas estar siempre con su pueblo. “Quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio exige”. Así vivió. Y se cumplió lo que predijo en términos de resurrección: “Resucitaré en mi pueblo”. Su presencia histórica y actual se ha convertido en reserva inagotable de esperanza.

Con la esperanza que muchos han generado, con Monseñor, a la cabeza, seguimos esperando. Y esta noche, con una esperanza especial, la que genera Jesús crucificado y resucitado. Con esa esperanza terminamos este pregón pascual. Y cantamos:

“Alégrese, comunidad de El Carmen. Alégrense todos, hombres y mujeres de buena voluntad en todas partes del mundo, de todas las religiones, mayas, budistas, del Islam, de todas las Iglesias cristianas, de todas las comunidades evangélicas. Alégrense todos los que aman la verdad y buscan humanidad… Y alégrense ustedes, los pobres, a quienes la vida les es ingrata. Dios y su Hijo resucitado están con ustedes”.

Señor, en El Salvador hemos visto muchas semillas del “misterio” de la resurrección de Jesús. Por eso, aunque seguimos viviendo en tierra extraña, cantamos.

Mayo 6, 2011

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE.

Guardado en: LoVi — Lovi @ 12:01 am

Ser protagonistas de la revolución del amor es nuestro reto, “hacer de todo el mundo la nueva humanidad”, nuestra misión, y sabemos que somos capaces de hacerlo porque Jesús se ha anticipado y ya lo ha hecho por nosotros al entregar su vida, por eso Dios lo resucitó (Mt 28, 1-10; Jn 20, 1-9).

Celebrar la victoria de Jesús sobre el mal, sobre la muerte, es celebrar nuestra propia victoria, es descubrir que también nosotros podemos vencer. Y me atrevo aún a más: no sólo podemos, sino que debemos comprometernos para que la victoria de Jesucristo siga siendo una realidad en cada momento de nuestra vida personal, comunitaria y social. Cada uno de nosotras y nosotros debemos asumir la parte que nos toca en la transformación de nuestro mundo. Celebrar la Resurrección de Jesús nos ayuda a considerar seriamente que somos capaces que podemos y debemos ser continuadores y colaboradores de la obra sanadora y liberadora de Jesucristo para toda la humanidad.

Si el viernes santo veíamos a Jesús cargando y asumiendo lo más ruin de la condición humana, al resucitar nos muestra que puede ser superado, que tú y yo, que todas las personas estamos capacitados para superar todo aquello que nos distrae de nuestro cometido en esta vida. Creer en Jesús resucitado es aceptar su mensaje evangélico como una opción posible y necesaria de vida, no considerarlo una utopía irrealizable, sino descubrir en él el camino necesario para alcanzar una verdadera victoria sobre el mal y todo aquello que elimina la capacidad de amar y construir del ser humano. Creer en el crucificado resucitado es sabernos capaces de encauzar la vida de la Iglesia y de cada una de nuestras comunidades cristianas por la senda que Jesús nos marca en el Evangelio: al lado de los más empobrecidos, dispuestos a trabajar con ellos y por ellos para la superación de toda esclavitud, de toda opresión, de toda negación de sus derechos fundamentales y de toda falta de libertad.

Celebrar la Resurrección de Jesús no es sólo celebrar que nos da parte en su victoria sobre el pecado y la muerte y que después de morir también nosotros resucitaremos con Él, es recordar (volver a traer al corazón y a la voluntad) que tenemos las aptitudes y las cualidades necesarias para, superándonos a nosotros mismos y ayudando a superarse a los demás, vencer todo el mal que nos rodea, la indiferencia, el pasotismo, la negación a intervenir para procurar un futuro mejor para los hombres y mujeres del mañana. Celebrar la Resurrección de Jesús es confirmar la victoria final de las víctimas de nuestro tiempo y de toda la historia porque su sufrimiento, si logramos superar las lacras de la humanidad, no habrá sido en vano. Vivir en clave de Resurrección es tomar conciencia de nuestra responsabilidad ante el mundo y la historia de que podemos vencer el mal y la muerte dejando atrás un modelo social que niega al hombre su dignidad y su libertad, pues nos convierte en instrumentos del mercado, en peones del enriquecimiento ilícito de unos pocos a costa de todos los demás. Creer en la Resurrección es creer en la posibilidad real de transformar una cultura de muerte y del triunfo de los más poderosos, en una cultura de la vida y del amor.

Pongamos manos a la obra, no nos consideremos por más tiempo incapaces y agotados y, confiando en el amor de Dios y en la fuerza del Espíritu, llenos de alegría y sin temor ni complejos, seamos protagonistas de la transformación de nuestra realidad personal y social al lado de los más débiles, pues nuestra victoria será la suya y viceversa.
Esto provocará, necesariamente la transformación de la Iglesia, Iglesia de los pobres según el modelo que Jesús nos propone en el Evangelio.

¡HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

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