SIN MIEDO (Y SIN VIOLENCIA).
El fin de semana de Pentecostés lo he vivido en el gozo profundo de compartir con mi amiga Ana la celebración de su matrimonio con Mario. Ha sido emotivo, intenso, con un nivel de consciencia de lo vivido y disfrutado difícil de expresar. Me sigue llamando poderosamente la atención lo impactante de las relaciones humanas cuando dejamos que éstas nos atrapen el corazón y nos dejamos arrebatar por la fuerza de la amistad y del amor. Todo es agradecimiento. Todo es voluntad de continuar adelante porque el amor recibido sigue siendo mucho y éste expresado profusamente. Todo es compromiso con quienes la vida me ha dado la oportunidad de encontrar y han querido participar conmigo de lo que soy y lo que tengo. Todo es oportunidad de mejorar aquello que se puede superar para acercarnos cada día más a lo que Dios quiere de nosotros, lo que Dios ama en nosotros, todo aquello que, si no dejamos de trabajar, podemos llegar a ser, la imagen que Dios tiene de nosotros mismos y en la que nos reconoce.
Cuando amamos, cuando vivimos la amistad o/y el amor intensamente, nos hacemos conscientes de la sublimidad del ser humano, nos acercamos a nuestra esencia, arrebatadoramente gratificante, de ser hijos e hijas de Dios (y eso que “aún no se ha manifestado lo que seremos”).
Pentecostés es la plenitud de la Pascua, la consumación absoluta del misterio de amor de Dios por la humanidad. Pentecostés es “mi” fiesta. Y no sólo porque hace treinta años, en Nohales, en una convivencia de jóvenes de Renovación Carismática Católica de la Parroquia Santa Ana de Cuenca, Dios quisiera que yo me dejase seducir por Él comenzando a ser consciente de su amor por mi, sino porque es el despertar de quienes han puesto su confianza en Dios y se atreven a proclamarlo si ningún tipo de rubor. Pentecostés es el salto al vacío de los seguidores de Jesús ante una sociedad, una cultura y una religión dispuesta a devorarlos.
Este año tenemos una razón más para celebrar con una alegría desbordante esta fiesta, porque el mundo entero está viviendo una eclosión donde se ha perdido el temor a las instituciones represivas y las personas de todo tipo y condición tienen el coraje de salir a la calle para manifestar su negativa a continuar siendo consideradas numéricamente, exigiendo el reconocimiento que merecen en su dignidad y su libertad.
Todo lo que hay de bueno, de bello, de justo en el mundo es obra del Espíritu; nadie puede decir Jesús es Señor, si no es por obra del Espíritu (I Cor 12, 3b), el mismo Espíritu obra todo en todos (I Cor 12, 6). La totalidad de la plenitud, un subidón.
Por eso en cada persona amiga, en cada gesto, en cada reconocimiento, en cada corrección, en cada caricia, en cada beso, en cada abrazo, en cada sonrisa, en cada regalo, en cada esfuerzo por dar lo mejor de cada uno de nosotros está presente el Espíritu; es Él quien está actuando en nosotros, a través nuestro, nos dejamos ser en el Espíritu para que sea Él quien venga y haga y esté presente. Es el Espíritu quien nos da la capacidad de dejarnos llevar, de abandonar el control y las seguridades mezquinas de nuestra vida, para que sea Él quien entre a custodiar, a guardar y a recrear en nosotros. Él lo hace todo. El Espíritu nos libera del miedo que nos impone atrincherarnos, obligandonos a reducir nuestra capacidad de amar, de comprometernos, de luchar, de servir, de dar la vida por los demás. Todo aquello que hacemos sin pensar exclusivamente en nuestro propio provecho es obra del Espíritu. Tomar los barrios es obra del Espíritu, salir a la calle es obra del Espíritu.
Hoy he leído una tira de humor gráfico que dice así:
¡Increíble! Más de dos millones de jóvenes y un montón de obispos se juntan en agosto en Madrid.
¿Te das cuenta? Son una gran fuerza de presión ¿Vienen a pedir en nombre de la Iglesia la erradicación de la pobreza?
Bueno…, no exactamente, vienen a ver al Papa.
Por eso ¡Qué mejor momento! Porque, piénsalo, lo uno no está reñido con lo otro.
Sí, la verdad espero que así sea.
¡Claro que sí! ¡Ya verás!
¡Dios te oiga!
(Burr y Buey. Revista Jesuitas nº 109 – Verano 2011).
Si cada oportunidad que el Espíritu nos da la aprovecháramos para dar testimonio real, verdadero y creíble de nuestra confianza en Dios, de que nos sabemos sus instrumentos para ser testigos de su amor, si nuestro compromiso con la justicia y la paz se fortaleciera en cada circunstancia, otro gallo nos cantaría. Necesitamos estar atentos para que no nos cuelen los goles, para perder el miedo, para fortalecer nuestro compromiso real por un nuevo sistema económico, político y social que haga posible la erradicación de la pobreza, porque éste que tenemos ahora y gobierna el mundo entero, que quieren mantener a toda costa quienes se siguen privilegiando y enriqueciendo a costa de otros, no sirve, no da más de sí.
Hasta ahora han salido a la calle quienes podían, quienes han tenido la capacidad de entender que habían llegado al límite de su aguante, han venido de fuera los que tenían posibilidades y se lo podían permitir; pero si, como ya está pasando, las dos terceras partes de la humanidad se dan finalmente cuenta de que ellos son las víctimas de nuestro “bienestar” y deciden revelarse para tomar su parte del beneficio ¿qué va a pasar? Ya que los políticos y los economistas no son capaces de actuar por cordura y por solidaridad humana, al menos deberían retomar sus posturas por prudencia y para evitar que se desboque la que se avecina…
Entre otros gobiernos el “gobierno” de la Iglesia -¿qué hace la Santa Sede siendo todavía un estado?-, debería alzar su voz de un modo definitivo, pero no en un ángelus, ni una homilía, ni una encíclica, sino utilizando ese magisterio que le hace infalible para que todos los católicos del mundo despertásemos definitivamente y pusiésemos manos a la obra en la revolución del amor, con todos los medios que tenemos a nuestra disposición. Eso sí sería una verdadera revolución, un verdadero Pentecostés. Sin miedo.
En los últimos días por todas partes aparecen los altercados con aquellas personas que, amparándose en el anonimato del grupo y del movimiento 15M, han ejercido la violencia física y verbal en contra de otros ciudadanos. Casi me atrevería a decir que son infiltrados en el movimiento de otros sectores en desacuerdo con nuestra reivindicación social, pero para no armar más lío me basta con decir que rechazo todo tipo de violencia sea del tipo que sea, que el movimiento que surgió del 15M se ha caracterizado por su civismo y su respeto a todas las personas, que desalojada la plaza ya no queda escusa para recriminarnos y que deseamos continuar en la lucha que se ha iniciado, lenta y concienzudamente, paciente y tenazmente, hasta lograr alcanzar el objetivo final que es el cambio de modelo social que, si no elimine totalmente (eso sería ser ilusos y desconocedores de la condición humana) el empobrecimiento de muchos a costa del enriquecimiento abusivo de unos pocos, al menos favorezca la justicia para todos los ciudadanos del mundo y la posibilidad de que todos, aún con diferencias, vivamos en condiciones dignas; que todos los hombres y mujeres que habitan el planeta tierra tengamos la oportunidad y la posibilidad de desarrollar nuestras capacidades en beneficio propio y de la comunidad.
El Espíritu es el orden sobre el caos, quienes ejercen el desbarajuste y el enfrentamiento brutal de manera gratuita, no son del Espíritu. El Espíritu aleteaba por encima de las aguas antes del ordenamiento del cosmos (Gen 1,2) y en Pentecostés regenera la confusión de lenguas de Babel (Gen 11, 1-9) en orden a la comunicación de todos los seres humanos, sean de la nación que sean, mediante el lenguaje del amor (Hch 2, 1-11). La obra del Espíritu es construir en positivo con esfuerzo y dedicación, con abnegación, para el bien de los otros, para la edificación del Reino de Dios que es justicia, paz y amor.
Por eso proclamo mi confianza en el Señor y en su Espíritu de Vida, que alienta sobre la Iglesia y sobre toda la humanidad para que la felicidad de todos los seres humanos no siga siendo ilusoria ni una utopía inalcanzable sino aquello que, sin miedo y sin violencia, vamos formando cada día con el esfuerzo de todos y cada uno de nosotros.
Sin miedo (Rosana Arbelo).
Sin miedo (…)
haciendo a cada paso lo mejor de lo vivido,
mejor vivir sin miedo.
(…)
Sin miedo, lo malo se nos va volviendo bueno
(…)
y nos hacemos aves, sobrevolando el suelo, así.
Sin miedo, (…)
no hay sueños imposibles ni tan lejos
si somos como niños
sin miedo a la locura, sin miedo a sonreír.
Sin miedo, (…)
si alzamos bien las yemas de los dedos
podemos de puntillas tocar el universo, sí.
Sin miedo, las manos se nos llenan de deseos
que no son imposibles ni están lejos.
Si somos como niños
sin miedo a la ternura, sin miedo a ser feliz.
http://www.youtube.com/watch?v=yuOciTdYCl4