Flipante Dios

Diciembre 23, 2011

V CENTENARIO DEL SERMÓN DE FRAY ANTON DE MONTESINO (21 de diciembre de 1511).

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En diciembre de 1511, el cuarto domingo de Adviento, subía al púlpito de la iglesia de los dominicos en La Española (Santo Domingo) fray Antón Montesino para pronunciar un memorable sermón, que se convertiría en una de las primeras y más radicales denuncias de los abusos de la conquista española en Abya-Yala y en un antecedente del pensamiento latinoamericano liberador. Ha llegado hasta nosotros gracias a la profética e incisiva pluma de fray Bartolomé de Las Casas, que recoge lo sustancial de la prédica y las reacciones a la misma en el tercer libro de su Historia de las Indias (tomo II, M. Aguilar Editor, Madrid, s/f, páginas 385-395).

El sermón fue preparado por todos los miembros de la comunidad de Santo Domingo, quienes lo firmaron de su puño y letra para dejar constancia de la autoría colectiva y de la relevancia de tan decisiva pieza oratoria. Los dominicos lo habían preparado a conciencia a partir de sus propias averiguaciones sobre el “crudelísimo y aspérrimo cautiverio” al que los encomenderos españoles sometían a los indios en las minas de oro y otras granjerías, y tras escuchar numerosos testimonios sobre la “tiránica injusticia” y las “execrables crueldades” contra los nativos, tratados como animales “sin compasión ni blandura”, y “sin piedad ni misericordia”, según la descripción de De Las Casas. Tras tan concienzudo análisis de la realidad acordaron denunciar desde el púlpito el régimen de la encomienda por considerarlo contrario “a la ley divina, natural y humana”.

El vicario Pedro de Córdoba encargó pronunciar el sermón a fray Antón Montesino, uno de los primeros dominicos en llegar a la isla, afamado predicador, hombre de letras, muy animoso, “aspérrimo en reprender vicios”, “muy colérico en sus palabras” y “eficacísimo en sus frutos”. El templo estaba a rebosar. Ocupaban los primeros puestos las principales autoridades coloniales, entre ellas el almirante Diego de Colón, hijo del conquistador. También estaba presente el clérigo Bartolomé de Las Casas, en su calidad de encomendero. Ante un público tan cualificado, el predicador no tuvo pelos en la lengua y habló de esta guisa:

Marcó el comienzo del cristianismo liberador con el reconocimiento de la dignidad de los indios

“Voz del que clama en el desierto.
Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes.
Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios?
¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido?
¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día?
¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y conozcan a su Dios y creador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos?
¿Estos, no son hombres?
¿No tienen ánimas racionales?
¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos?
¿Esto no entendéis, esto no sentís?
¿Cómo estáis en tanta profundidad, de sueño tan letárgico, dormidos?
Tened por cierto, que en el estado que estáis, no os podéis más salvar, que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe en Jesucristo”.

Terminada la misa, Diego de Colón y los oficiales reales se dirigieron al convento de los dominicos para reprender al predicador por el escándalo sembrado en la ciudad, acusarlo de “deservicio” al Rey y exigirle que se retractase en público el domingo siguiente. Siete días después, fray Antón Montesino volvió a subir al púlpito y, lejos de desdecirse, se ratificó en las denuncias y afirmó que los encomenderos no podían salvarse si no dejaban libres a los indios y que irían todos al infierno si persistían en su actitud explotadora. El sermón provocó todavía mayor alboroto que el del domingo anterior, y los oficiales reales enviaron al rey cartas de protesta contra los frailes.

Fray Antón Montesino fue enviado a España para dar cuenta y razón de su sermón al rey. Tras muchos impedimentos, logró entrevistarse con el anciano monarca, a quien expuso un largo memorial de los agravios de los conquistadores contra los indios: hacer la guerra a gente pacífica y mansa, entrar en sus casas y tomar a sus mujeres, hijas, hijos y haciendas, cortarles por medio, hacer apuestas sobre quién les cortaba la cabeza de un tajo, quemarlos vivos, imponerles trabajos forzados en las minas, etcétera.

Aquel sermón no cayó en saco roto. Marcó el comienzo del cristianismo liberador, del reconocimiento de la dignidad de los indios y del respeto a la diversidad cultural y religiosa en Amerindia. Fue, asimismo, el germen de la teología de la liberación. Tres años después, Bartolomé de Las Casas renunciaba a su función de encomendero, se convertía en el defensor de los derechos de los indios y, según Fernández Buey, en el iniciador de la variante latina de la filosofía europea de la alteridad y de la tolerancia.

Juan José Tamayo (EL PAÍS, 21 - XII - 2011).

HONDURAS, UNA IGLESIA Y UN PAÍS IMAGINADOS.

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DEFENSA DE LA MEMORIA DE LICENCIATURA.

Mario Vargas Llosa, en su discurso con motivo de la concesión del premio Nobel de Literatura el pasado año, decía:

Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo.
Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza (1).

Personalmente no estoy totalmente de acuerdo en que la responsabilidad sea exclusivamente de los latinoamericanos -todos los que continúan esforzándose en que sean dependientes tienen algo que hacer o, mejor dicho, dejar de hacer-; pero sí lo estoy con que es un oprobio y una vergüenza que todavía tantos países de América y de África, incluso de Asia, continúen dependiendo de sus antiguas metrópolis o de otras nuevas que, con máscara de mercado y multinacionales, han sustituido a aquellas para continuar el expolio. Y también estoy de acuerdo en que es hora de que se deje que los protagonistas de esta independencia sean quienes deben ser: sus propios pobladores.

Esta es la razón y la pretensión de este trabajo de investigación para mi memoria de licenciatura: dar aliento y una respuesta llena de esperanza a la situación que vive actualmente el pueblo hondureño y, con él, su Iglesia. Por eso, titulo este trabajo “Honduras. Una Iglesia y un país imaginados”. Hablo de imaginar no como de una ensoñación o de un deseo inalcanzable, sino en el sentido estrictamente utópico (algo que se va consiguiendo a medida que nos vamos acercando a lo previsto y que a medida que avanza nos propone nuevos objetivos y nuevos horizontes); y lo hago desde el convencimiento de que Honduras puede y debe llegar a ser un pueblo y una Iglesia de hombres y mujeres “imagen de Dios”, que se respetan a sí mismos y cuyos derechos, dignidad, integridad y libertad son celosamente salvaguardados, un pueblo y una Iglesia que sean Icono: imagen del Dios vivo.

Me motiva el trabajo pastoral durante más de diecisiete años en España, en mi diócesis de Cuenca, siempre en relación con Cáritas (juventud y drogas, personas sin techo, población gitana, personas mayores en el medio rural, sensibilización y formación de voluntariado,…), y, últimamente, los cuatro años y medio en la Arquidiócesis de Tegucigalpa y en otras zonas del país. Primero, como sacerdote adscrito a la parroquia San José Obrero en la zona periférica sur de la capital -de 150,000 habitantes- al mismo tiempo que participaba con la Asociación Colaboración y Esfuerzo como responsable del proyecto “Populorum Progressio” para jóvenes estudiantes de escasos recursos de zonas rurales e indígenas. Más tarde, como párroco de Nª Sª del Rosario de Sabanagrande –de 40,000 habitantes- que forman los municipios de Nueva Armenia, Venta del Sur y Sabanagrande. Esta experiencia en tierras hondureñas me ha cuestionado acerca de la necesidad que existe en las parroquias de comenzar a trabajar con un modelo de Cáritas que dinamice la vida de la comunidad cristiana y que lleve a los fieles a descubrir la necesidad de trabajar juntos. Lo exigen las graves necesidades a que se ven expuestas las comunidades donde compartimos la fe. Esta situación de desamparo de los miembros más frágiles de la población hondureña se ha visto acrecentada después de los sucesos políticos del 28 de junio de 2009.

Honduras no es un país pobre; es un país rico donde la riqueza ha sido injustamente distribuida. Es, eso sí, un país empobrecido y lo ha sido a lo largo de toda su historia. El pueblo hondureño encierra un enorme potencial que todavía está por descubrir. Si hasta ahora no se ha hecho, quizá sea porque no se le han dado todas las oportunidades que necesita. También ha influido que siempre se ha esperado la ayuda del exterior para alcanzar el deseado desarrollo.

En este trabajo de investigación de teología pastoral he tratado de descubrir como Dios actúa salvíficamente a través de la realidad que vive el pueblo hondureño. Para ello, me he apoyado en los estudios sociológicos e históricos a mi alcance y también los escriturísticos, magisteriales y teológicos. He utilizado el método inductivo que Juan XXIII propugnó en la “Mater et magistra” (1961): partir de la realidad como lugar teológico, para iluminarla después desde la fe y tratar de transformarla según el sueño de Dios. Es lo que conocemos como el método del “ver, juzgar y actuar” (2) que tiene mucho que ver con lo que la Constitución “Gaudium et Spes” del Concilio Vaticano II llama interpretación de los signos de los tiempos.
La realidad que vive el pueblo hondureño es lugar teológico a partir del que intentamos descubrir la voluntad de Dios (3).

Para ello, en el capítulo primero (Ver – ¡Vaya pues!) analizo sistemática y detalladamente la situación en que se encuentra Honduras. Lo hago desde cuatro perspectivas:

a) Un enfoque sociológico que nos hace tomar conciencia de la situación real de empobrecimiento que vive el pueblo hondureño y de las circunstancias a las que se enfrenta día a día. Quizá parezca demasiado exhaustivo, pero he considerado conveniente hacerlo así, ya que Honduras es un país casi invisible en los medios de comunicación social y del que generalmente se tiene escaso conocimiento (hasta el desastre que supuso el huracán Mitch, Honduras era prácticamente inexistente para Europa).
68% de la población está por debajo del índice de pobreza (43% pobreza extrema).
20% de población analfabeta.
Viviendas rurales: 95% sin agua, 40% sin energía eléctrica.
88% de la población sin seguro sanitaria (público o privado).
28% de los pobres centroamericanos son hondureños.

b) Un enfoque histórico, pues considero muy importante determinar cuál ha sido el proceso que se ha seguido para llegar a la situación actual, y cómo ésta es fruto de una serie de opciones y estrategias; es decir, no es fruto del destino ni de un azar irremediable, sino de las decisiones políticas, sociales y económicas adoptadas a lo largo de su historia.
Escasa importancia de Honduras durante la conquista y colonización.
Endeudamiento en el periodo de la Independencia.
Agresión de las compañías frutícolas.
Dependencia de EEUU en la Guerra fría.
División de la población después del golpe de Estado/sucesión constitucional 28-06-09.

c) El tercer enfoque se centra en la Iglesia católica y el proceso histórico de evangelización. Considero muy importante saber cómo se ha llegado a la situación actual de la Iglesia y qué circunstancias históricas han influido en las decisiones y planes de acción que actualmente se diseñan.
Dificultades y enfrentamientos con la corona y la población española y criolla en las primeras etapas del proceso de evangelización.
Defensa de los derechos de los indígenas.
Cooperación al sentimiento de Identidad nacional y al proceso cultural del país (imprenta, escolaridad, universidad).
Colaboración y contribución al movimiento social en el campesinado.
Trascendencia de los Delegados de la Palabra de Dios.
Cautela política después de la matanza de los Horcones (junio de 1975).
Negación a reconocer la situación de persecución y las víctimas de ésta, y postura a favor de los intereses de la oligarquía por parte de la CEH en sus comunicados.

d) Por último analizo lo que está haciendo Cáritas a nivel nacional, diocesano y parroquial, en la Arquidiócesis a la que me estoy refiriendo, y cuál ha sido el proceso de implantación en Honduras y en la Arquidiócesis.
Cáritas asistencialista (paternalista).
Cáritas promotora (formulación de proyectos de desarrollo).
Cáritas gestora de desarrollo (personas como agentes de cambio y liberación).
Cáritas técnica (especialización y competencia técnica de escasa denuncia).
Pastoral Social – Cáritas acompañante (gestoras de procesos de pastoral social).
Ser el rostro, las manos y los pies, de las Comunidades Samaritanas que pide Aparecida.

En el segundo capítulo (Juzgar – A ver qué dice Dios), valoro la situación del pueblo y la Iglesia hondureños a la luz de la Palabra de Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

Del Antiguo, después de una aproximación general al concepto de “ser humano” y de pobres y pobreza en la Escritura (los anawín, los pobres de Yhwh), me centro en las figuras de Abraham y Moisés (evocando la realidad de la emigración y las condiciones de esclavitud) para detenerme en los profetas y su denuncia de la injusticia que sufre el pueblo de Israel, identificándola con la realidad hondureña (campesinos sin tierra, delincuentes exterminados por la policía o el ejército, injusticia social, explotación forestal y minera a manos de compañías extranjeras, condiciones de insalubridad en las invasiones y hacinamientos de la periferia de las grandes ciudades del país, sucesos como la matanza de los Horcones, sometimiento de los más pobres desde las instituciones del Estado y el ejercicio de la justicia,…).

Del Nuevo Testamento me centro en la visión que se tiene de los pobres, como destinatarios del Reino de Dios, en los Evangelios Sinópticos (en especial las bienaventuranzas, los milagros y las parábolas) y del libro de los Hechos de los Apóstoles. Tomo conciencia del trato que los pobres reciben por parte de Jesús y observo como la Iglesia en Honduras, una Iglesia pobre y de los pobres, les acompaña en sus procesos de liberación.

A continuación me apoyo en el análisis de la realidad que la Iglesia Latinoamericana y del Caribe ha hecho en sus cinco conferencias generales (Río de Janeiro-1995, Medellín-1968, Puebla-1979, Santo Domingo-1992 y Aparecida-2007), dejándome iluminar por sus conclusiones. Compruebo cómo desde la segunda mitad del siglo XX hasta el momento actual la Iglesia Latinoamericana ha ido acompañando los procesos sociales en un constante cuidado y vigilancia en pro de la defensa de los derechos de los más empobrecidos, y cómo ha denunciado las estructuras que provocan estas situaciones de injusticia. Del mismo modo alienta los movimientos eclesiales de base y se preocupa por construir el Reino de Dios optando por los más pobres, proponiendo acciones que ayuden a continuar anunciando el mensaje del Evangelio.

También estudio otros documentos eclesiales de la Doctrina Social de la Iglesia (especialmente Sollicitudo rei socialis-1987 y Caritas in Veritate-2009). He acudido a la enseñanza del Cardenal Rodríguez Maradiaga, Arzobispo de Tegucigalpa, Presidente de la Conferencia Episcopal de Honduras y Presidente de Cáritas Internacionalis. Se puede denominar su discurso como social, atento a las desigualdades e injusticias que sufren los más débiles y firme en la denuncia de los poderosos y de los organismos internacionales, políticos y financieros, causantes de las estructuras que desencadenan la pobreza.

En el tercer capítulo (Actuar – Primero Dios) apoyándome en la documentación de Cáritas de Honduras y Cáritas Arquidiocesana de Tegucigalpa y sus materiales pastorales de uso local, así como en la reflexión y el estudio de teólogos y pastoralistas, determino lo más oportuno para reafirmar los proyectos ya existentes en la Iglesia y la Cáritas Arquidiocesana, insistiendo en aquellos aspectos que considero más necesarios como conclusión de lo analizado en el primer capítulo y estudiado en el segundo.

Me he detenido en la Pastoral de conjunto, en la parroquia como el espacio donde vivir la comunión y la corresponsabilidad, en la concreción de la Pastoral Social – Cáritas dentro de la parroquia y en la figura y el perfil de los agentes pastorales protagonistas de este ministerio comunitario, así como el modo en que el equipo de Cáritas debe trabajar y actuar en el entorno en que vive la comunidad parroquial, en comunión y coordinación con el resto de grupos apostólicos y movimientos que la conforman.

Por último he analizado los ejes estratégicos que actualmente dirigen el trabajo de Cáritas Arquidiocesana de Tegucigalpa; a saber:
Fortalecimiento de la Pastoral Social – Cáritas con una clara opción por la vida.
Construcción de ciudadanía para el fortalecimiento de la sociedad y para consolidar la gobernabilidad.
Fomentar la Cultura de la solidaridad.
Vulnerabilidad social – ambiental.

Estos cuatro ejes estratégicos, con todos los proyectos y acciones que conllevan, son el diseño del trabajo que se pretende ir desarrollando por Cáritas Arquidiocesana. Sin embargo, no en todas las parroquias se pueden efectuar al mismo nivel, ni se dan las mismas necesidades. El primer paso a dar en la mayoría de las parroquias sería desarrollar el primer eje estratégico y, cuando las Cáritas parroquiales estén consolidadas, habría que ir asumiendo proyectos según las necesidades y la realidad de cada Cáritas.

La propuesta de este trabajo y de esta reflexión es ayudar a descubrir que Cáritas es la acción de la Iglesia en la ayuda a los más necesitados y en la labor de denuncia de la injusticia que genera la pobreza (4). Las comunidades parroquiales deben sentirse solidarias entre ellas, descubriendo su capacidad de actuar en favor de los hermanos que están atravesando una situación similar, o incluso más compleja, que la suya (5). Deben descubrir a Jesús ante la realidad y cómo actuar para ser sujetos de su propia historia; el paternalismo desencadena dependencia y convierte la pobreza en un círculo vicioso.

Hay que trabajar esforzadamente para que los fieles, y en especial los más pobres, sean conscientes de que ellos pueden hacer algo por su comunidad y por otras comunidades, y que pueden superar las necesidades más graves. Eso significa confiar en ellos y despertar la pasión por darse a los demás desde su pobreza (6). De la misma manera que los documentos del CELAM invocan este dinamismo para la acción misionera (7), lo incorporo al ministerio de la caridad. Ser pobre no significa ser incapaz; quien no cree en el pobre es porque en realidad quiere que las cosas sigan como están y que no se generen movimientos de responsabilidad.

El pueblo hondureño es especialmente sensible a esto porque durante siglos ha sido expoliado, rechazado, anulado y no ha sido tenido en cuenta. Cuando se proponen planes de acción es más fácil y menos comprometido llevar las soluciones programadas. Cáritas tiene que ser el instrumento para que los más empobrecidos aprendan a amarse y a confiar en sí mismos, para tomar las riendas de su historia personal, comunitaria y social y dar un giro a la realidad.

El pueblo hondureño es creativo y alegre, no se deja hundir y tiene gran capacidad de resistencia y superación ante las adversidades. Es hora de reconocer los frutos de su acción, de toda la fuerza que hay en ellos, en especial en las poblaciones indígenas y rurales, y de manera muy destacada en las mujeres.

Son ya más de cincuenta años los que Cáritas lleva interviniendo en la realidad hondureña; los logros conseguidos en graves problemas del país, secundados siempre por la acción popular, son el estímulo adecuado para que los hondureños y las hondureñas más empobrecidos tomen las riendas y se decidan a ser sujetos de su propia historia (8).

Después de experimentar el reconocimiento a sus valores y sus cualidades podremos empezar a descubrir con ellos que también tienen capacidad para transformar estructuras injustas, que merecen un país mejor gobernado y con menos desigualdad y que pueden adquirir conocimientos y formación para saber detectar los errores que se han ido cometiendo a lo largo del tiempo y han perpetuado la actual situación de marginación y empobrecimiento.

Por eso, la formación para la ciudadanía es fundamental, el conocimiento de nuestros derechos como personas y de nuestra responsabilidad como ciudadanos que contribuyen al bien común. Así se logrará consolidar el sistema democrático y avanzar en el progreso de la sociedad hondureña. Como decía Monseñor Romero:

La dimensión política de la fe no es otra cosa que la respuesta de la Iglesia a las exigencias del mundo real socio político en que vive la Iglesia.(…) Se trata de algo más profundo y evangélico; se trata de la verdadera opción por los pobres, de encarnarse en su mundo, de anunciarles una buena noticia, de darles una esperanza, de animarles a una praxis liberadora, de defender su causa y participar en su destino (9).

Estoy convencido de que la salvación que Dios nos ofrece consiste en una liberación integral que incluye el aquí y ahora de la historia y de que el compromiso en la trasformación de las situaciones injustas es una exigencia que brota de nuestra fe en la Buena Nueva del Reino de Dios anunciada y hecha presente en la persona de Jesús. En particular, descubro en las Cáritas, como parte integrante de la misión evangelizadora de la Iglesia, el instrumento preciso para descubrir las potencialidades y la capacidad de mejorar la realidad que viven los hondureños, exigiendo a sus representantes políticos y gobernantes una implicación real en la transformación del país y la renuncia al aprovechamiento ilícito de sus recursos.

De este modo, los cristianos hondureños, especialmente los más pobres, serán testigos de esperanza para todos sus hermanos y compatriotas y sacramento de salvación.

Invoco la responsabilidad de los pastores -y de todos los agentes de pastoral, en especial los Delegados y Delegadas de la Palabra de Dios que tan significativos son en la pastoral hondureña-, para que crean en el pueblo que Dios ha encomendado a su cuidado. Les invito a que les ayuden a formarse y a ser sensibles de las necesidades de sus hermanos para que desarrollen los múltiples dones que han recibido del Señor y consigan que las Cáritas parroquiales en la Arquidiócesis de Tegucigalpa, y en toda Honduras, sean un signo del poder liberador y salvador del amor de Dios.

… deseamos convertir a nuestras parroquias en un semillero de testigos que expresen su fe en el compromiso con el otro, en una espiritualidad profunda y encarnada, con experiencias concretas de fraternidad, solidaridad y alegría, que contagien a otros con la riqueza de la fe en Jesús y a pesar de la dura realidad en la que vivimos, se lancen a caminar y trabajar juntos en la construcción del Reino de la Vida (10).

Sólo me resta poner de manifiesto la esperanza de que este trabajo de investigación, que deseo continuar en un futuro inmediato, sirva de provecho a todos los agentes de pastoral de la Iglesia que está en Honduras y sea de ayuda para las próximas planificaciones pastorales de las parroquias de la Arquidiócesis de Tegucigalpa.

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1. M. Vargas Llosa. Elogio de la literatura y la ficción. Discurso Nobel (Estocolmo, 7 de diciembre de 2010).
2. Mater et magistra, 236. http://www.papagiovanni.com/espanol/download/mater_et_magistra.pdf (Consulta 30.10.11).
3. L. González-Carvajal, La fuerza del amor inteligente. Un comentario a la encíclica “Caritas in veritate, de Benedicto XVI (Sal
Terrae, Santander 2009), 19.
4. J. Bestard.
5. V. Altaba Gargallo.
6. J. Lois.
7. Aparecida, 173.
8. Juan Pablo II, Mensaje para la XXXIII Jornada Mundial de la Paz 2000, 14.
http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/messages/peace/documents/hf_jp-ii_mes_08121999_xxxiii-world-day-for-
peace_sp.html (Consulta 29.10.11).
9. O. A. Romero.
10. XXV Asamblea Nacional de Pastoral de Honduras.

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